Modas literarias

FÉLIX ÁNGEL MORENO RUIZ


La literatura, como cualquier expresión artística, está sujeta a los vaivenes de los gustos y apetencias que los consumidores (en este caso los lectores) tienen en cada momento y que, muy frecuentemente, están dirigidos desde instancias superiores por cráneos privilegiados (como diría Valle-Inclán), que deciden qué es lo que se va a leer en cada momento. Hace ya varios lustros, siguiendo la estela de El código Da Vinci de Dan Brown, brotaron como espárragos en el campo tras un día de lluvia incontables novelas en las que la trama se basaba en un manuscrito cuyo descubrimiento iba a suponer un cambio radical en el devenir de la humanidad. Historias sobre cátaros y templarios, sobre el santo grial y la sábana santa, sobre conspiraciones de logias masónicas y de illuminati que pretendían dominar el mundo, sobre un supuesto linaje que provenía directamente de la Virgen María llenaban las estanterías de grandes almacenes y librerías de medio mundo. Pasaron los años, se desinfló la burbuja literaria y ya nadie se acuerda de aquellos lares ni de aquellos penates. En la sección de oportunidades de El corte inglés, es posible encontrar todavía, por dos o tres euros, tochos de seiscientas páginas con tapa dura y sobrecubierta que habrían ardido magníficamente en la chimenea de Pepe Carbalho, el añorado detective de Vázquez Montalbán, si aún siguiera con nosotros.

El relevo en los éxitos de ventas vino de la mano de la fusta y de la lencería fina. Con Cincuenta sombras de Grey de E. L. James, se abrió la veda de la novela pseudoerótica (o pseudopornográfica, según los gustos) y de un sinfín de títulos de temática masoquista. Pasada la moda, podíamos preguntarnos qué fue de ellos (Ubi sunt?, como dirían los romanos). Parafraseando el célebre verso gongorino, tanto satén y tanta máscara quedaron “en humo, en polvo, en sombra, en nada”.

Y ahora, ¿qué es lo que se lleva? Si echamos un vistazo a esas mismas estanterías, las veremos ocupadas en su mayoría por novelas negras. Desde que el pobre Stieg Larsson triunfara (una vez muerto, por esa morbosa y fetichista tendencia humana a encumbrar al artista que fallece pobre y miserable) con la trilogía Millennium y, de paso, se pusiera de moda la novela nórdica, el género policíaco no ha parado de crecer y de crecer. Salen (o salimos) escritores de novela negra como setas (para no volver a repetirme con los espárragos) en el campo tras un día de lluvia, los cazadores de superventas se apuntan al éxito seguro y hasta los literatos de pedigrí (esos que anhelan ver su nombre con letras doradas en los libros de historia de la literatura) introducen un pequeño misterio, un crimen o una trama detectivesca en sus sesudas obras cuando no hacía nada lo despreciaban por considerarlo un género menor.

No hay que ser un lumbreras ni poseer una bola de cristal ni llamarse Rappel para predecir lo que ocurrirá dentro de unos años: tendrá lugar un tsunami de dimensiones apocalípticas que barrerá de los anaqueles historias de policías alcohólicos y corruptos, de asesinos a sueldo y en serie, de psicópatas y sociópatas varios. Se producirán, como siempre ocurre en estos casos, desagradables daños colaterales: los escritores insignificantes (entre los que se incluye quien escribe estas líneas), que tenían grandes dificultades para poder publicar en pequeñas editoriales, lo tendrán ahora del todo imposible y serán barridos de la faz de la tierra literaria. Pero, como en toda crisis, como en todo proceso traumático, no habrá mal o bien que por bien o mal no venga: los cazadores de fortuna y los oportunistas, ávidos siempre del éxito inmediato, se apuntarán a la nueva moda que surja (¿Serán, tal vez, las historias de ciencia ficción? Eso, ni la bola de cristal ni Rappel lo saben, solo los cráneos privilegiados que dirigen las grandes editoriales) y los escritores con mayúsculas (los que anhelan ver su nombre con letras doradas en los libros de historia de la literatura) ambientarán ahora sus sesudas obras en una nave espacial o en Marte para no desentonar con la nueva época que les tocará vivir (y también, aunque no quieran reconocerlo, para que alguien les compre sus libros).

Entonces, la novela negra, cual ave fénix, resurgirá de las cenizas y volverá a sus orígenes, a lo que siempre ha sido: un género popular con sus fieles lectores. 


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