Brújula de libertad

PAULA RANCHAL GARCÍA
(Estudiante 4º ESO) 


Me he dado cuenta de que el miedo es el objeto de prácticas del odio.

A lo largo de la historia se ha hablado de diablos, demonios, una serpiente… se ha hablado de corazones rotos. Todos alimentados por odio, hechos de odio. ¿Por qué el miedo atrae al odio? ¿Por qué nos atrae a nosotros también? ¿Por qué el miedo a no conseguir las cosas nos frena? ¿Por qué el miedo a amar nos rompe el corazón? ¿Por qué toma tanta importancia si sólo y exclusivamente es miedo?

Fácil.

Empecemos definiéndolo. Según la RAE, se precisa como: “Sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario”, y desde mi punto de vista, además, es impotencia, aunque, siendo realistas, le damos mucho poder a esa impotencia, demasiado diría yo. Esta sensación coloca en cada uno una señal de STOP ante el quiero, puedo y lo hago que veo tan importante. Llega un momento en el que toma decisiones por uno mismo, decisiones que cierran puertas y abren salidas, decisiones menos acertadas, poco auténticas. Para algunos se convierte en compañero de vida. Algunos que no ven el mundo porque aquel engreído está delante, algunos que se dejan llevar, que lo dejan pasar, llamados cobardes.

Al ser humano le cuesta dejar atrás el pensar que está hecho de una masa débil y destructible, que siempre será vulnerable a algo, que no todo serán momentos de felicidad. Aun así, es capaz de comprender que no lleva a ningún lado vivir cargando con peso de más voluntariamente, con un muro tapándole la cara a todas horas. Unos más que otros, ven fuerza en el miedo, ven retos, metas alcanzables que superar, utopías posibles. Ahí está la clave.

No existiría diablo si no hubiese miedo a la acción repentina del mal, ni demonios sin la aburrida repercusión de las cosas bien hechas, ni serpiente sin la inquietud de Eva, ni corazones rotos sin miedo a amar y a sufrir por amor. El miedo ha cimentado proezas, cierto.

Por otro lado están los llamados valientes, o para mí, disimuladores de miedos. Tienen miedo, claro que sí, y miedos, pero han sabido no hacerle(s) caso de la mejor forma posible, siendo este uno de los ejemplos de por qué el conformismo no es del todo malo.

Bendita ignorancia.

Gracias a estas prudentes personas, estamos todos hoy aquí, podemos conocer cuánto hay y así descubrir cómo el mundo nos llena el bolsillo de oportunidades nuevas cada día, aprovechablemente maravillosas, en las que estará nuestro querido camarada para decirnos: ‘’siempre será más seguro no hacer nada’’, ‘’para, será lo mejor’’, o, el que más me gusta, ‘’¿Y si sale mal?’’.

Después de mucho y mucho darle vueltas a esta excéntrica cabeza de adolescente me he dado cuenta de que el miedo tiene respuesta para todo excepto para una muy simple pregunta...

¿Y por qué no? 


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