Cabrillas y sabañones

ARTURO LUNA BRICEÑO


Llegan los días fríos de otoño y los encinares recobran la anual vitalidad de las montaneras. Los olivares aguardan a los aceituneros, que ya no van en faneguerías, sino como pueden o Dios les da a entender. Ahora  tienden  redes de plástico por debajo de los  olivos para que las aceitunas reboten en ellas y no se vayan rodando colina abajo. Unos varean el olivar a la antigua usanza, como decía la copla: “con la vara larga, con la vara corta”. Aunque lo que los tiempos imponen es aplicarle un artilugio al tronco del olivo y darle unas vibraciones, al estilo del “tío calambres”, hasta que la última aceituna se caiga.

Arturo, de escolar.


A mi estos días me devuelven a mi infancia. A esos tiempos  de escuela y frío en que los sabañones se instalaban en los píes y en las orejas. Y para combatir el frío que los hacía florecer con sus picores, los alumnos  de las Escuelas Nacionales acudían a culturizarse con su cuaderno de escribir, la cartilla para leer y una pizarra de piedra enmarcada en madera de haya para hacer la cuentas. Los menos pudientes anotaban los números rayando la pizarra con un pizarrín de piedra. Los más afortunados lo sustituían por uno de manteca, que escribía más suave y se borraba con un trapo. Todo un lujo. Y además de estas cosas de aprender llevaban en la mano, pendiente de un alambre, un calderillo  hecho con la parte baja de una lata de carne membrillo. 

Arturo, aplicado.


De aquellas que en la tapa llevaban impresas todo el repertorio santoral del pintor Murillo. Era este recipiente un brasero en el que las madres le echaban ascuas de la candela y un poco picón. Fue la calefacción que los aplicados escolares disfrutaban en la escuela. La alojaban debajo de la banca entre el reposa píes y el asiento, y como todos íbamos vestidos con pantalones cortos, el calorcillo del brasero, al estar tan cerca de las piernas, dilataba las venas provocando  pequeños derrames morados, a los  que le decían “cabrillas”. Los sabañones, a pesar del intento del calderillo del membrillo, seguían igual de colorados y picantes. Así que a pesar del esfuerzo lo único que conseguíamos  era un tatuaje  “javao” de manchas moradas en los frontales de las piernas.  

Clase.


Y me viene la nostalgia porque estos días, cuando otro miembro de la familia numerosa que éramos nos ha dejado, ando poniendo en orden los libros, trabajos y cosas de las escuelas que regentaron mis padres. En una nota firmada por Repiso en 1935 leo que la escuela de niños nº 4 y la de niñas nº 5, que se han construido en la Calle Santa Ana, pasen a ser atendidas por Don Manuel Luna y Doña Petra Briceño, es decir, mis padres. Y ante mí aparecen los libros en los que aprendí a leer y algunos cuadernos en los que comencé a juntar letras, porque de lo de aprender a escribir todavía estoy en ello. Y reconozco que hace ya setenta y dos años que yo vine al mundo en esas escuelas, por eso me gusta decir que yo nunca fui a la escuela... vivía en ella.

Mi madre y su escuela.


Y mis padres tuvieron mucho interés en dejar constancia de este  hecho y del alumno precoz que fui. Lo de aplicado es harina de otro costal. Nací a primeros de junio de 1944 y en la primavera de 1946 ya tenía mi primera foto oficial de alumno. Estoy sentado delante del mapa de España, con un libro y a un lado la Purísima Concepción que mi madre tenía en su escuela. La foto delata que a esa edad iba a la escuela de mi madre y no a la de mi padre. 

En otra foto estamos todos los alumnos en el patio de la escuela de mi padre con él sentado para dar fe de que era nuestro maestro. Esta foto es de invierno porque vamos todos con ropa de abrigo y los pantalones cortos de  rigor. Pero a pesar de la inclemencia y frio que se palpa en el documento gráfico, se nos ve bastante felices. En la foto que aparece mi madre con sus alumnas, en el patio de las gallinas y las higueras, se aprecia que era primavera.

Excursión a San Antonio. 



Una de las actividades que más nos gustaba era la de ir de campo a comernos la merienda. Casi siempre la excursión era a la Ermita de San Antonio. Íbamos las dos clases juntas y así lo certifica esa bonita foto en Las Piedras del Ermitaño, que era un montículo que se encontraba junto a la Cruz del Molino del Viento. Foto de 1950 en la que yo reconozco a algunos de mi familia y de mis amigos de niñez. Creo que Pozoblanco en ese Museo de Tradiciones que quieren montar debe de dedicar una sala a las Escuelas Nacionales que tanto bien hicieron a unas pocas generaciones de niños que pasaron los inviernos marcados por las cabrillas y los sabañones. 




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