Renoir vuelve a casa

JUAN ANDRÉS MOLINERO MERCHÁN
(Doctor por la Universidad de Salamanca)


Siempre es grato tener entre nosotros a los genios universales de la pintura. Actualmente podemos disfrutar de una buena muestra de la obra (setenta cuadros, de procedencia varia) del maestro impresionista en el Museo Thyssen Bornemisza (18 de octubre de 2016 al 22 de enero de 2017). Es la segunda vez, después del primer monográfico de El Prado (2011), que tenemos la oportunidad de calibrar los pinceles del genio francés. 




Pierre Auguste Renoir (1841-1919) representa muy bien las esencias del Impresionismo como figura central, presente desde la fundación del movimiento (1874) junto a los colosos de la luz y el color (Monet, Fantin Latour, Degas, Pisarro, Manet…), hasta virar hacia nuevos aires. Se trata de una personalidad pictórica muy definida en rasgos, a pesar de participar de las experiencias técnicas de sus colegas y ejercer con ellos muy de cerca –como hace con Claude Monet, Alfed Sisley o Frédéric Bazille– en infinidad de excursiones al aire libre (en Fontenaibleau, Argenteuil, Cagnes-sur-Mer, etc.); abriendo horizontes a nuevas fórmulas pictóricas, donde la luz y el color se amalgaman en creaciones novedosas. 

Los aprendizajes de Renoir, no obstante, son abultados desde múltiples ópticas: pues su experiencia parte como pintor artesanal ceramista (Obrador de los Levy), copista de clásicos en École des Beaux-Arts (1862) y apabullante observador de los grandes maestros franceses del s. XVIII (Fragonat, Greuze …) –con quien tanto se le relaciona–, así como pintores universales de Italia (Venecia, Roma…), Holanda (Rubens..), España (Velázquez, Goya…) e Inglaterra (Ingres..) .

Con todo este bagaje es capaz de abordar con sus insignes coetáneos las experiencias más brillantes del nuevo estilo de pincelada suelta, color y luz fulgurante al aire libre; con técnicas y códigos pictóricos innovadores. Sin embargo, más allá de todo eso, el Renoir que prevalece en nuestra retina, el más personal y definitorio en rasgos, es el de escenas y ambientes alegres y dinámicas (ríos, campos, jardines, flores), con fuertes particularidades. 

La quintaesencia de su pintura impresionista reside, claro está, en representaciones coloristas que le definen, con cromatismos cálidos y suaves, abultada presencia de jóvenes sembradas de sensualidad, alegría de vivir y felicidad; modelos femeninos entre la niñez y la adolescencia. 

El toque más singular lo da ese personalismo de los pinceles con manchurrones pastosos azules, malvas y blancos que embriagan las escenas por doquier; rosados y rojos de rostros, amarillos de cromo y Nápoles, bermellón y azul cobalto; así como la usencia de ese negro pesadumbroso del que huía desde el principio, consagrando los obscuros con otras mezclas. 

Su extensa obra rezuma sabor y popularidad en el imaginario colectivo universal, con el Almuerzo de los Remeros, Baile en el Moulin de la Galette, Les Grands Bolulevards, El Sena en Asnieres, etc A mediados de los ochenta abdica el maestro del Impresionismo –después de visitar Italia y ver los grandes maestros (Rafael, Tiziano, Rubens…)–, virando hacia una pintura de formas más puras y definidas, de porte clasicista, recuperadora del dibujo, composición formal, volúmenes etc. (La Carta..). 

He ahí la devoción a las formas puras de los grandes maestros tradicionales, pero siempre desde la mirada de un impresionista bien afincado en su tiempo.

En definitiva, la sensualidad de sus figuras y el color de sus pinceles constituyen la principal seña de identidad. Sus gamas singulares alcanzan una extraordinaria fuerza e intensidad. Nada extraña que ahora se nos proyecte –en la presente exposición– la imaginativa perspectiva de sensaciones táctiles de los lienzos (sugerencias de los volúmenes, materias y texturas), que pueden percibirse fácilmente a través de todas sus pinturas y épocas. No en vano su hijo Jean Renoir decía que su padre “miraba las flores, las mujeres, las nubes del cielo como otros hombres tocan y acarician”. 

Frente a la concepción habitual que del impresionismo a la “pura visualidad”, la exposición de otoño de 2016 plantea otra perspectiva interesante. 


El Renoir que un día fuera rechazado del Salón (que resulta anecdótico), es una figura indiscutible de la pintura universal que tenemos ahora a nuestro alcance. 


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