Las cruces y su entorno

ARTURO LUNA BRICEÑO


Las cruces de Pozoblanco a lo largo del tiempo marcaban el limite de un barrio o de una calle. Bajo su protección los vecinos las engalanaban, festejaban o iluminaban las vísperas de una festividad. Dos eran las que tenían más aceptación: La fiesta de la Cruz de Mayo y la fiesta de la Exaltación de la Cruz el 14 de Septiembre, que hasta 1842 fue la fecha en que se celebraba la Feria de Pozoblanco.

De los rituales de fuego que hacían las cofradías y los vecinos de los barrios de Pozoblanco para festejar las veladas o los finales de una fiesta: El judas, las muñecas de San Isidro, los corchos de colmena y el candelario, quedan algunas manifestaciones, las más activas las muñecas de San Isidro, y de las demás, apenas una muestra de ellas en recuerdo de lo que fueron.



La fiesta más concurrida, alegre y social era la de los Candelarios a las Cruces de Mayo.

A mediados del mes de abril se convocaban las pandillas de muchachos en torno a la cruz de su barrio o de su calle. Y buscaban un lugar en el que alijar la leña para el candelario. Leña que era conseguida asaltando los tamarales que estuvieran a la vista. Bien en las casas, bien en las enramadas. Se trataba de reunir la mayor cantidad posible de horcones, leños y támaras. Lo común era que se consiguieran tres o cuatro carros de leña para iluminar la velada del día de la Cruz.



Al mediodía del día dos de mayo se sacaba la leña de donde se la tenía “escondida” y la llevaban al entorno de la cruz. Se comenzaba cruzando los horcones siguiendo la misma técnica que los pastores utilizaban para construir sus chozos. Posteriormente se armaban los laterales con los leños y se acababa cubriéndolo de támaras. A partir de ese momento uno de los críos se metía en su interior y otros se quedaban fueran guardando el chozo. Lo hacían para evitar que las pandillas de las cruces vecinas vinieran a prenderle fuego y de esta manera dejar a esa cruz sin la iluminación de la noche.
Al anochecer todos los vecinos se iban situando en torno a la cruz y al candelario esperando el toque de Ánimas. Tañido de la campana chica de Santa Catalina que era la que daba la señal para pegarle fuego a la pira de leña.



Con las llamas elevándose al cielo, comenzaba la fiesta y los juegos del corro en torno a la candela, Asi se pasaba el tiempo esperando que el ramaje se derrumbara y el fuego perdiera intensidad. Y era entonces cuando los mozos más atrevidos comenzaban a saltar la candela. Y así continuaba la velada hasta que el fuego se extinguía.

Hoy las cruces han sido, casi todas, movidas de los lugares que ocupaban. Otras como la de la Carretera o la del Lejío, han desparecido. Ya no hay pandillas de muchachos que acumulen leña para el candelario que iluminaba la cruz.



La rivalidad entre calles y barrios se litiga de otra manera, y las canciones y los juegos de corro que celebraban en la víspera de la Cruz de Mayo, una de las fiestas más popular de Pozoblanco, son ya un recuerdo.

La Cruz de los lagartos, que estaba al final de la Calle de Herradores es mudo testigo de lo que el tiempo se llevó. También ha sido orillada y alejada del lugar que ocupaba y su entorno también ha cambiado, hasta tal punto que ya nada es como era y apenas si cincuenta años después se reconoce la calle que fue.



Todas las cruces de Pozoblanco están dotadas de una placa en su base en la que se lee el nombre de la cruz. Si acudimos al Catastro de Ensenada, muchas de ellas están rotuladas de manera distinta a como eran conocidas en el siglo XVIII. Entre ellas existe una, que a fuerza de relegarla para que no estorbe, apenas si se la distingue. Esta cruz no tiene rotulo, pero en tiempos fue una de las más veneradas y de la más conocidas: La Cruz de Arévalo, que estaba al final del Campo Chico y a un lado del camino que en el Siglo XVIII iba de Pozoblanco a Córdoba.






Estás cruces y sus fiestas fueron instituidas por la Cofradía de la Vera Cruz, que fundaran en el Siglo XVI el Vicario Pero Franco y Juan Ginés de Sepúlveda, que era el Cánonigo de la Vera Cruz en la Catedral de Córdoba. Una tradición con más de cuatro siglos que poco a poco ha ido agonizando. Hoy apenas si vive en la memoria y la nostalgia de los que de niños robaron leña para iluminar la Cruz que protegía a su calle o a su barrio. 


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