El Grillo (y II), in memoriam

ANTONIO GARCÍA HERRUZO
(Maestro)


Primavera 2004: Mi amigo Diomedes, que cultivaba, con sus 91 años, un huertecillo en las afueras de Alcaracejos, me entregó un día un grillo real en una jaulita de alambre ”forjada” por sus centenarias manos. En silencio respetuoso recogí grillo y prisión: no me atrevía a decirle a mi amigo que el grillo, en la blasfema ciudad, deja de ser de la familia de los pájaros y cigarras, para emparentarse con los motores y los aires acondicionados de las calles. Se hace así su presencia absurda e intolerable. Aquí la prisa y el dinero despoblaron corazones y estancias. Aquí en el desolado paisaje del tráfico y el ruido, el canto del grillo suena mortecino, seco y frío…desolado. Porque ¿qué dice el grillo en su canto?

Por lo pronto parece que dice siempre lo mismo. Es porfiado, perseverante e insistente, como una especie de batelero del Volga. Alega y solicita algo desde el inicio de la creación. Transparentes y cercanos, oídos orfeónicamente, al unísono, en los campos, pudieran ser interpretados como una difusa reclamación sonora. Pero en mis observaciones de auditor insomne, empecé a advertir que el grillo solitario y urbanita de mi jaula había empezado a convertirse en orador: su nota sostenida y penetrante sonaba a discurso parlamentario, a protesta sindical. Así, la difusa mansedumbre de los grillos orfeónicos del campo se había convertido en demagogia individualista. Todos los grillos juntos sonaban a gremio, a cofradía, a orfeón vasco, a comparsa gaditana. Uno solo suena a impertinencia, a asonada: a revolución.



Años, muchos años más tarde, aún conservo, imperecedera, aquella impresión; “los grillos” son idílicos en el campo, y “el grillo” intolerable en la ciudad. Es tan molesto, monótono e irrespetuoso como el campero que viene a darnos la brasa con la sequía, los precios insufribles o la carestía del combustible. En la ciudad se hace artificio todo lo que en el campo está orgánica y naturalmente fundido con el horizonte, el silencio y la lejanía. Sí. Los grillos del campo son tradicionalistas. Los de la ciudad son revolucionarios: que es a lo que acaban sonando siempre los tradicionalistas venidos a la política o el campo venido a la ciudad.

Unas palabras de D. Antonio Machado me sacaron de mis meditaciones nocturnas. Afirmaba: “Qué dificultad, en el hombre, para lo evidente; qué facilidad para lo inverosímil”. Resolví pues, un día al levantarme, coger la jaulita y soltar mi grillo en el huertecillo de Diomedes. Me molestaba y me atormentaba en la ciudad su canto herido, su sencillez campesina. Y entonces comprendí que había obrado no sólo por razones acústicas, sino cristianas y sociales.


Caía el sol de Agosto. El granado centenario del acirate, se incendiaba en sus ricos tesoros junto a la alberca, sombreada por la higuera y escoltada por un arriate de hierbabuena, entre la cual di libertad a mi canoro compañero. ¡Cuánta paz sentí! ¿Estaré hoy más cerca del instinto que de la inteligencia? ¡Sí, hoy el corazón me pregunta si puede cambiar de sitio! 



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