El Grillo (I), in memoriam

ANTONIO GARCÍA HERRUZO
(Maestro)


Tristemente constatado: en Pozoblanco ya no quedan grillos. Esta ciudad es una isla asfaltada aislada, por ruidos y contaminación, del campo. Del campo moribundo. El asfalto es una neutralidad tersa, blasfema y dura negada a toda biología. El asfalto es Naturaleza abolida y exánime, con hombres adocenados que han de ser alimentados desde fuera.

Hace ya mucho tiempo, en verano, venían siempre algunos grillos a visitarnos; con los tomates, con las uvas, con las lechugas y con las frutas. Luego se alojaban en los patios abiertos, en las macetas, en algunas aceras, junto a las alcantarillas. Eran grillos despistados, desarraigados de su entorno, aislados unos de otros, que al no sentirse coreados, agudizaban su canto y atenoraban su voz: el grillo ocupa no debe pasar del “fa” al “sol” de la escala normal. ¡No! El grillo urbano llega al “do” de pecho o al “re” sobreagudo. Y cómo se siente tremendamente solo, luego se le ve mudar de sitio, con sus andares ministeriales y su diminuto y cómico “chaquet” de charol.

¡Pero aquello se acabó! Hoy nos llegan tomates, frutas, peras… con portes motorizados y sin acompañamiento musical. Pero ¿y en el campo? ¿en las huertas? También están desapareciendo o han desaparecido. La tecnología es mortal para estas joyas cantoras. El tractor arrasa sus capucheras, extermina sus crías; y los herbicidas y pesticidas ponen la puntilla a estos simpáticos animalillos. El campo, como el teatro, se está haciendo problemático y grave, y está acabando con la zarzuela. El grillo empieza ya a ser cosa de ayer: Género chico.


En el campo de mi niñez, el grillo ponía su nota sostenida e interminable que se enlazaba, al anochecer, con la de la cigarra diurna; era el fondo sonoro del campo. No era ruido porque era constante. Hoy en el campo, lo que se “oye” es silencio.

Así Juan Ramón Jiménez, un buscador de silencio, como Falla, y como tantos y tantos andaluces pensativos. Porque, equivocadamente, la gente cree que el andaluz es sonoro: y, por el contrario, lo que aquí hacemos es organizar el ruido de los otros en un tablao, en una fiesta, para no tener que hacerlo nosotros.

“De paseo por el campo ¿no habéis sentido un horror vago al callar su música el grillo que cantaba en el ribazo?”. Así escribe Juan Ramón Jiménez. Cuentan que el niño de su portero tenía en una lata un grillo real que le hacía el tiempo “cóncavo y profundo”, y que le sonaba “dentro de su soledad como un cascabelón en el mismo centro del oído”. Juan Ramón le ofreció un duro por él. Eso sí con ideas exterminadoras. Pero el niño le anunció que, por un duro, le traería cinco grillos más para él solo. El tierno infante no podía concebir que el poeta desdeñara y aborreciera el agudo Pavarotti de su portería.

(Continuará)


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