Desde mi ventana de Southampton... Una asignatura para la vida

MIGUEL CARDADOR MANSO 
(Ingeniero Superior Industrial)


Comienzo estos renglones con el convencimiento de no convertir el papel en una mesa de quirófano y el bolígrafo en un bisturí con el que diseccionar el cuerpo de la Enseñanza Pública Española; constatando así el mal aspecto que presentan algunos de sus órganos vitales por el abuso desmedido. Demasiadas operaciones ha sufrido ya la pobre, en concreto siete desde 1980. Incluso, en alguna ocasión, yo me he excedido en demasía con ella en este medio.

Mi intención es compartir una visión por la que he divagado estos años hasta llegar al total convencimiento de la necesidad de una mejora con la que evitar experiencias desagradables en el futuro. Ahora que comienza un nuevo curso y que cuatro señores, según apunta todo, van a volver a calzarse las botas dispuestos a recorrer media Península y las islas con escopeta, caña y red para atrapar votos –si queda alguno suelto a estas alturas-, quizás sea un buen momento para lanzar mi propuesta por si alguien la recoge para su contienda.

Todo comenzó con el golpe que unos buenos amigos recibieron en su coche y donde claramente estaban exentos de culpa. Pero la falta de experiencia en estas lides, hizo que no rellenaran correctamente el parte del accidente y la resolución entre los seguros de quién tenía que pagar los desperfectos estuvo levitando en el aire durante varios días.

Lo anterior demuestra que disponer en la pared de tu casa de hasta un título universitario no te exenta de no tener ni pajolera idea de trámites indispensables en la vida diaria o incluso en tu profesión. En este sentido, llegamos al segundo ejemplo, alguien considerado por mí como mucho más que un “cono-cido”, el cual tras un largo y complicado camino ha comenzado recientemente su actividad profesional como médico, me confesaba que si no es por su propia iniciativa e interés de apuntarse a un curso de RCP -Reanimación CardioPulmonar- hubiera iniciado su actividad profesional sin conocer este procedimiento básico, ya que no se lo enseñaron en ninguna de las asignaturas obligatorias cursadas a lo largo de todos sus años de formación. ¿Se imaginan un piloto de avión al que le ilustran todo sobre el manejo de una aeronave menos donde se encuentra el botón para abrir el tren de aterrizaje? Descabellado, pero parecido.

Esto manifiesta la falta de practicidad en la actual educación a todos los niveles. A parte de las materias tradicionales, podría ser fructífero que en torno a segundo o tercero de E.S.O., cercanos a cumplir los dieciséis años, se dedicaran unas horas al mes a enseñarles cómo interpretar y hacer una factura, realizar la declaración de la renta, elaborar correctamente un currículum, las partes fundamentales de un contrato, saber presentarse en público, salvar vidas con la maniobra de Heimlich, complementar un parte amistoso, etc. En resumen, praxis que todos tendrán que emplear alguna vez a lo largo de su vida, sean lo que sean y estudien lo que estudien.


Seguramente nuestros autómatas mochileros, que cada mañana caminan hacia el colegio con espalda encorvada, brazos caídos y cansados, presten el mismo interés por esta “asignatura para la vida” que por cualquiera de las otras, pero mientras el subconsciente retenga alguna de esas lecciones con las que subsistir por uno mismo en esos embrollos cotidianos, desde mi punto de vista, habrá valido la pena. Dicen que las mochilas de los niños cada vez pesan más debido al aumento del número de libros, al menos que sea para rellenarlos con conocimientos prácticos, y no para acabar el curso con igual o incluso menos nociones que en épocas pasadas y la columna más torcida. 



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