Entrevista a Bartolomé Pozuelo, pregonero de la feria de Pozoblanco de 2016

EMILIO GÓMEZ
POZOBLANCO



“Yo viví en una huerta hasta los ocho años. No había luz ni agua corriente. Mi padre ordeñaba a mano y araba con la mula. Las diferencias con el mundo actual son increíbles”. Son palabras de Bartolomé Pozuelo en esta entrevista. Un hombre sencilllo que nació en Pozoblanco y hoy es Doctor en Filología Clásica. Entre sus muchos recuerdos están los del patio del Colegio Salesiano que como él dijo esta semana en la radio “siempre estaban abiertos”. 
En el Instituto encontró el maravilloso mundo de la Literatura y de las Lenguas Clásicas.  Actualmente vive en Cádiz impartiendo clases de Universidad. Los que lo conocen bien dicen que es de esas personas a las que hay que querer como se quiere a la buena gente. Ha destacado su labor en el campo de la docencia y de la investigación donde ha publicado medio centenar de trabajos. Ha impartido cursos como Profesor Invitado en la Universidad de Roma “La Sapienza”. 
Ha realizado estancias de investigación en las universidades de Lovaina (Bélgica), Lubbock (Texas, EE. UU.), y Roma (“La Sapienza”). En la actualidad es secretario científico de la revista académica “Calamus Renascens”.
En su pregón hablará del patrimonio histórico y artístico de Pozoblanco. Nos llevará por sus recuerdos recorriendo lugares y elementos importantes en la vida de Pozoblanco y en la suya propia.

Nombre completo: Bartolomé Pozuelo Calero.
Edad: 54.
Estado civil: Casado.
Estudios: Doctor en Filología Clásica.
Profesión: Profesor de Universidad. 


– ¿Cómo ha recibido la noticia de ser el pregonero del pueblo que le vio nacer?
– Por una parte he sentido el vértigo de la responsabilidad: en Pozoblanco el pregón de la Feria se vive como una ocasión muy importante, y los pregoneros que me han precedido han dejado muy alto el listón. Por otra parte lo siento como un gran honor que agradezco a quienes me han propuesto y a la Corporación Municipal en su conjunto. Personalmente lo veo como una oportunidad privilegiada para expresar mis sensaciones sobre mi pueblo así como mi agradecimiento a éste por los valores que me ha transmitido.

– ¿Por dónde girará su pregón?
– Pienso hablar del patrimonio histórico y artístico de Pozoblanco. Haré una especie de paseo por los lugares y los elementos del pueblo que personalmente me resultan especialmente valiosos y sugerentes. Todo ello acompañado con una proyección de fotografías. Además de eso expresaré una serie de recuerdos que para mí reflejan los valores humanos y el pasado de esta tierra. Y hablaré también, claro está, de la Feria.

– ¿El de fuera se acuerda mucho de su tierra?
– En el pueblo tengo lazos muy fuertes: la familia, buenos amigos. Aparte de eso, alguien dijo que el paisaje de una persona es el paisaje de su infancia. Yo lo siento así: cuando vengo a Pozoblanco y veo esta tierra, los encinares, las cercas de piedra, la silueta azul de las sierras en el horizonte, siento que llego al sitio del que procedo, a mi sitio. Creo que es muy importante no olvidar nunca de dónde se viene. Yo lo tengo muy presente y me gusta hacer patria. Puedo deciros que tengo amistades en Cádiz que consumen desde hace tiempo aceite Olipe del que me llevo cuando regreso de mis visitas a Pozoblanco.

– ¿Cómo es un día cualquiera en la vida de Bartolomé Pozuelo?
– Pues hago mi trabajo como cualquier persona hace el suyo. Yo soy profesor en la Universidad de Cádiz. El trabajo de profesor universitario es bastante exigente. Consta por un lado de la labor docente, y por otra de la investigadora. Esta última no tiene límite de horas de trabajo. Mi día a día consiste en llevar adelante ambas tareas todo lo bien que puedo hacerlo. Por cierto, este valor del trabajo bien hecho estoy convencido que es una de las cosas que me ha transmitido mi pueblo, a la par que mis padres.

– ¿Qué recuerdos tiene de la feria de Pozoblanco?
– Muchísimos, claro. Por destacar algunos, recuerdo que de niño me gustaba la zona de alrededor del Pilar de los Llanos, donde estaba la feria de ganado; me gustaba ver el mundo tan peculiar de los merchantes, las transacciones de ganado, etc. Recuerdo que en aquellos años la Feria era el momento del año en el que comíamos bacalao rebozado, que a mí me encantaba. Más adelante, ya de muchacho, recuerdo la Feria de la Caseta de la Juventud, la de los conciertos. Uno de los que presencié fue el de Triana. Fue un momento memorable. Por lo demás, últimamente, que vivo fuera, la Feria tiene un papel muy importante, como es el de servir de momento de encuentro con muchos amigos con quienes a menudo sólo coincido en ese momento del año.

– ¿Cómo es Cádiz donde reside actualmente?
– Es una ciudad muy particular. No tiene grandes monumentos singulares, como pueden ser la Alhambra de Granada o la Mezquita de Córdoba. Pero tiene un extenso casco antiguo de los siglos XVII, XVIII y XIX casi íntegro, apenas modificado por la ola constructiva de los años sesenta y setenta. El casco histórico de Cádiz es el resultado de la pujanza económica de la ciudad debida al comercio con América. Para mí es un placer caminar por sus calles descubriendo detalles heredados de esos grandes momentos históricos: cañones, baluartes, casas de comerciantes de Indias, patios de mármol genovés... Es una ciudad ideal para disfrutar del patrimonio histórico.

– De su período en el Instituto le viene su pasión por la Literatura y las Lenguas Clásicas.
– Sí. Debo de decir que tuve muy buenos profesores, tanto en el Colegio Salesiano como en el Instituto. No debo citar nombres porque la lista sería muy larga y alguno podría quedárseme fuera del tintero, pero ellos saben quiénes son y lo mucho que los aprecio. Gracias a ellos, en la época del Instituto sobre todo, cobré una gran afición por la literatura española, por los autores clásicos: el Arcipreste de Hita, Garcilaso, Fray Luis de León, Cervantes, Góngora, Quevedo... La lectura de estos autores creó en mí el sentimiento de la historia, de la especificidad de cada momento histórico. Ahora se estudia menos la literatura. Considero que esto es una inmensa pérdida para los jóvenes. Sin aquellos cursos de literatura que yo recibí, yo hoy sería otra persona.

– ¿Cómo era el Pozoblanco de su infancia?
– Yo viví en una huerta hasta los ocho años. No había luz ni agua corriente. Mi padre ordeñaba a mano y araba con la mula. Las diferencias con el mundo actual son increíbles. A veces, cuando lo pienso, me parece que la vida de mi infancia tenía más en común con la vida bajo el Imperio Romano que con la actual, con nuestros ordenadores y teléfonos inteligentes.
Durante mi infancia los chavales jugábamos mucho tiempo en la calle, libremente. Jugábamos al pinchote en invierno, cuando el suelo estaba blando de la lluvia; a los bolos (las canicas) en verano; también, a veces, a juegos como el salto piola; y, por supuesto, al fútbol. Creo que era muy positiva aquella libertad con que estábamos en la calle, relacionándonos unos con otros. Eran relaciones reales, no virtuales. Estaba bien.

– Es usted un fiel defensor del patrimonio de los pueblos y ciudades. ¿Qué nos está faltando a la hora de la conservación de nuestro patrimonio?
– El patrimonio histórico no es un lujo, y con patrimonio me refiero a lo que nos han legado las generaciones que nos han precedido: edificios nobles, casas, calles, aceras, cruces, pilares, etc. etc. El patrimonio es un elemento fundamental de las personas, necesario para su realización personal plena. Alguien que careciese por completo de memoria histórica, de referencias, estaría privado de una dimensión esencial de la persona. Por eso la ONU considera ya el patrimonio como un derecho humano; por eso su destrucción en conflictos bélicos se considera crimen de guerra. Esta es la razón por la que las administraciones públicas tienen la obligación de conservar el patrimonio de todos defendiéndolo frente a intereses económicos privados y demás amenazas que pueda sufrir. Centrándome ya en la pregunta, recordaría que Pozoblanco tuvo un siglo XV, un siglo XVI, un siglo XVII...; también un siglo XX. ¿Qué nos queda de aquellos siglos? Si no conservamos lo mejor de cada generación, nunca tendremos nada; será en vano el esfuerzo de nuestros antepasados. El pueblo que conserva su patrimonio se siente rico y orgulloso legítimamente de su historia. Y además disfruta de un recurso económico nada desdeñable, como es el turismo cultural. Pero si terminan destruidos los elementos patrimoniales de nuestra historia, ésta se diluye en el olvido.

En nuestro pueblo se ha destruido mucho patrimonio, es verdad. Eso está irremediablemente perdido. Pero tenemos que centrarnos en lo que hay ahora. Y hay más cosas de las que pensamos; y además, según pase el tiempo, cosas que tal vez ahora nos parecen sin excesivo valor se irán haciendo más valiosas y representativas. En mi pregón hablaré de los elementos patrimoniales que perviven, que son muchos. 


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