Cosas que cambian

EMILIO GÓMEZ
LOS PEDROCHES


Era una historia muy distinta. Era todo tan diferente. La gente se bañaba en las albercas. Caminábamos con los amigos a la escuela pues los padres no llevaban a los nenes en coche. Balones que se hinchaban con el agua. En las calles había muchos chiquillos que estaban sucios. La gente no se moría de infartos sino de pronto. Los suspensos vestían de rojo. El valor de un tío era el de su palabra. Los huertos eran compartidos por los vecinos aunque no estuvieran en las escrituras. Las calles eran para jugar. Hoy solo están hechas para que pasen los coches. En la feria, la gente no se iba fuera, venía la  que estaba en el campo. En la escuela estudiábamos las partes de una planta. El único ordenador que había en clase vestía de verde, era la pizarra. Todos salíamos desatados y en carrera al recreo. Los maestros eran Don Respeto y de ahí se partía. Los profesores no mandaban tareas a los padres (perdón son para los niños pero las hacen los padres).

El mundo infantil conocido terminaba primero en tu calle, luego en tu barrio y luego en la salida del pueblo. A partir de ahí siempre decía “que estaba lo oscuro”. Entonces pensábamos que todo iba a durar siempre, que nada se acababa. Creíamos que éramos inmortales. Lo que tenías duraba porque tardabas en comprar algo nuevo. No había tantos estrenos como ahora. Ni de ropas, ni de juguetes ni de mochilas.  Se tenía para comer y para vestirse uno y toda la casa, pues la ropa y todo (lo que se podía) se heredaba. Soñábamos con ser el pirata de los cuentos y no el pokémon de los móviles. 

Había mucha gente que vivía en el campo, libres y con la naturaleza. Luego nos mudamos todos al pueblo. Los bloques de pisos crecieron como las setas. Los chavales iban, en vacaciones, a ayudar al padre en su oficio y nadie hablaba de explotación infantil. En familia se encalaba la fachada de la puerta. Se hacía limpieza los sábados. Y los domingos era un día alegre y concurrido. Nada que ver con los domingos tristes y solitarios de ahora.

El mundo era lo que veías pero también lo que no existía, lo que te iba diciendo la imaginación o los comentarios en la calle al fresco y en sillas de enea. Era un mundo más imaginario porque la gente no salía de vacaciones ni tenía grandes cosas. El mar se veía, normalmente,  ya de mozo. El mundo que divisabas era el de tu pueblo. Los viajes eran para la gente de negocios.


Y así parecía que nada cambiaba. Pero no. Vino la época de los egos revueltos. La del olvido de la palabra, la melancolía de los oficios perdidos. Se dejaron de sacar sillas a la puerta. Y entraron cosas nuevas. Los contenedores se llenaron de cosas viejas. Ya nadie guardaba. Se vivía diferente. 

Comprábamos creyendo que todo se iba a terminar al día siguiente. Nadie creía en el esfuerzo, en lo viejo, en los cuentos de mares perdidos. Nadie buscaba porque lo tenía o creía que lo tenía. Y así hemos ido viviendo. No somos los mismos. Las costumbres se han perdido. Los valores no se enseñan. Nadie reflexiona sobre lo que nos pasó. Buscamos culpables sin mirarnos. Creemos que todo es pasajero y volveremos al lujo de antes. Los cuencos se vaciaron. 


Página 24 (contraportada) del Semanario La Comarca nº 77 (20/08/2016)


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