Historia de un pozo

ARTURO LUNA BRICEÑO


Recuerdo que de niño me iba a jugar al Pozo Viejo, allí tenía mi Tía Paca un puesto de buñuelos y algo más abajo vivía mi padrino. También vivieron mis padres en la Cuesta del Romo, antes de que le entregaran las escuelas de la Calle Santa Ana.

Allí fui testigo de la última cencerrada que se dio en el pueblo. Se la dedicaron a Rafaelito “El Mococa” que era el pregonero de Pozoblanco, ciego y viudo, y al que el amor lo visitó de nuevo y decidió matrimoniar. Mucho valor debió de echarle al asunto, porque por aquellos días un viudo solo podía casarse al alba, y mejor si no había amanecido. Vestido de negro y acompañado de los padrinos y nadie más. Las parejas que se veían envueltas en estos menesteres llevaban el noviazgo en el mayor silencio. Tal y como exigía la tradición. Pero una cosa es la tradición y otra la costumbre. Y el pueblo y sus gentes ponía tanto celo en respetar lo establecido como en saltarse a la torera el buen hacer. Y claro está, a tanto secretismo, algarada y cencerros. Y el día de la boda todo el barrio, armado de cencerros, sartenes y cacerolas, fue a despertar al bueno de Rafaelito para que no llegara tarde a tan feliz asunto.



Siempre me habían contado que en esa plaza tan castiza y con tanto sabor tarugo estaba el pozo en el que los pastores pedrocheños que huían de la peste habían fundado el pueblo. Y que el pozo tenía el brocal blanco porque las aves se cagaban en él. Con el tiempo he sabido que las únicas aves que defecaban en blanco en Pozoblanco, eran las cigüeñas de Santa Catalina, que ponían berrendos a los manteos de las beatas y a los trajes domingueros de algún que otro fiel. Y además les daba lo mismo el status que tuvieran, en eso eran las más demócratas en el franquismo.
Estuve un tiempo tratando de averiguar dónde se encontraba el histórico pozo, pero nadie, incluidos los más viejos del lugar, supieron darme noticias de él. El que más se aproximaba era el pozo de la Casa de la Viga. A la sazón una taberna en que se servía vino manchego en botellas de tres cuartos dotadas de un pitorro de caña. Se bebía al estilo botijo, y podían degustarlo varios bebedores a la vez sin necesidad de posar la botella en los labios. Eso era en esencia el espíritu de “La Aparcería”. La mayor de las tradiciones de Pozoblanco y la mejor conservada.

Para tener el vino fresco en verano se metía en una cesta de mimbre y se introducía en el agua del pozo. Este pozo estaba en un pequeño corral junto a la puerta falsa de la casa.



Mi vecino, el Cronista Oficial de Pozoblanco Don Adolfo de Torres García, fue a lo largo de su vida el mayor divulgador y contador de las leyendas del pueblo que hemos tenido. Y además el inventor del gentilicio “Pozoalbense”. Una palabra compuesta de dos vocablos. Uno con raíz castellana y el que remata inspirado y sacado del latín.

Juan Ginés de Sepúlveda, del que se decía que escribía y hablaba un latín tan puro como el que escribió y habló Cicerón decía, refiriéndose a su lugar de nacimiento, que él era: “Puteum albanus”. Y en rigor, los que buscaban traer el gentilicio del latín, debían de haber escrito. “Putealbense”. Y “pa mí” que el bueno de Don Adolfo pensó que lo de “pute” era demasiado y decidió tomar el vocablo castellano para empezar el nombre y el derivado del latín para rematarlo. Y en eso estamos.

Con el tiempo me enteré que el historiador Ramírez de la Casas Deza, fue el que decidió que Pozoblanco se fundó en el Pozo Viejo, y eso que dejó escrito: “A pesar de que en el patio de las Carnecerías Públicas existe un pozo en cuyo brocal está escrito que este es el pozo en que se fundó el pueblo”.



Las Carnecerías Publicas de Pozoblanco estaban adosadas al Ayuntamiento y su corral llegaba hasta el Arroyo de la Condesa, a la altura de donde hoy está el Arco del Ayuntamiento Nuevo. El pozo fundador se encuentra en el patio del Ayuntamiento Viejo, muy cerca de la escalera de caracol que sube al reloj y a un lado de la puerta del antiguo calabozo al que le decían “La Jhigerilla”. Y lo titularon así porque al viejo pozo de las Carnicerías le daba sombra una higuera.

Hoy a mí me sigue llamando la atención que no hayamos ido más allá de la edad media buscando nuestro origen. En El Libro de los Tiempos, más conocido como el Calendario Cordobés. Libro que el Califa Abderramán III encargó a su cronista Ben Rasis y al Obispo Mozárabe Recemundo, para que le contara que hacían los cristianos en sus reinos. En ese Libro se dice que uno de los numerosos Monasterios que existían en nuestra Comarca, tenía el nombre de ALBUM (blanco) y el pozo de este monasterio es el que me queda por encontrar, aunque estoy convencido que ese era el de las Carnecerías Públicas, y como casi todos los pozos en los siglos XVI y XVII tenía el brocal de barro rojo cocido en el Tejar Viejo y escrito y firmado por los alfareros.


Y nos iremos todos y quedará el gallo cantando, bajo la verde encina y sobre el brocal de mi Pozoblanco. 



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