Flamenco, flamenquito y aflamencao

DIEGO GÓMEZ PALACIOS


El reciente fallecimiento de Juan Peña El Lebrijanoy el aún más reciente de otro cantaor de Montoro más joven y menos famoso me han removido mi flaca e imprecisa memoria, según para qué hechos:

Resulta que hace al menos 40 años, creo que en primavera de 1975, casi por casualidad, asistí al evento de la inauguración de la Peña Cultural Flamenca Agustín Fernández en Pozoblanco. Vine como taxista espontáneo del entonces presidente de la Peña Flamenca de Córdoba, Ramón “El Carterillo” para los amigos, y mi hermano mayor Antonio, después secretario de esta peña. 

Pese a mi flamente SIMCA 1200, por el que Hacienda me trincó por “signos extremos de riqueza”, hube de parar varias veces en la “espléndida” carretera Granada-Badajoz porque El Carterillo se me mareaba con las curvas de Muriano, Villaharta y Espiel. 

Llegados a Pozoblanco, aquello empezó fenomenal pero El Lebrijano no aparecía;ya era casi medianoche y el respetable comenzó a rajar del cantaor. 

Tras dos o tres horas soportando estoicamente soleares, serranas, martinetes, mineras..., todos cantes muy jondos, por lo menos aficionados y muchas parientas, llega un respiro: El inefable, erudito, docto en flamencología, bien ponderado, indiscutible e ilustrísimo Agustín Gómez se ve en el compromiso de presentar a Luisa Linares y su grupito; tras unas frases, a mi parecer despectivas, se declaró incompetente para presentarlos en una velada flamenca. Yo que Luisa Linares, me hubiese negado a actuar ante tal presentación. Eran los que cantaban “Hay quien dice de Jaén que no es mi tierra andaluza...”, presente habitual en las tómbolas y atracciones de feria. La actuación de estos “impresentables” fue un relax para la concurrencia, un acierto de la organización. Abrevió el tiempo de espera del esperado “mesías” Lebrijano. 

Pasada la medianoche, apareció en perfecto estado, tan fresco como si acabase de dormir la siesta y ducharse. El Lebrijano nos deleitó con todo un repertorio de cantes ejecutados magistralmente. Fue la estrella indiscutible de la velada. 

Como análisis de esta anécdota y otras posteriores, opino que lo de los linarenses y similares se clasificaría como “flamenquito”; perfectamente aceptable y agradable. Pero lo que de verdad encuentro denigrante es lo de los aflemncados; aquellos que agarran boleros, tangos, baladas o complas preciosas y te las versionan en clave flamenca, asesinando los originales y degenerando el flamenco. 


Ahora que el flamenco es patrimonio cultural inmaterial, hay que definir rotunda y manifiestamente las fronteras sin detrimento de nadie, pero respetando raíces y garantizando la evolución culta y prudente de los cantes para que no se nos cuelen lo flamenquito ni lo aflamencado por la puerta falsa. Para ello deben mojarse los cantaores, críticos y aficionados importantes. Recógelo Antonio Carlos. (Otro día hablamos de los patios). 


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