El tío de los vales y la cesta de los ajuares

ARTURO LUNA BRICEÑO


Reconozco que desde que encontré el protocolo del ajuar de Doña María de Sepúlveda, sobrina de Juan Ginés de Sepúlveda e hija natural de su hermano Bartolomé, me entró la curiosidad de conocer que es lo que aportaban las mozas casaderas de Pozoblanco a los matrimonios. Hoy tengo una buena colección de estos listados, que van desde el siglo XVI hasta la actualidad. Cierto es que las reglas del comercio, en honor a la comodidad de las novias y para evitar repetición de regalos, han impuesto la lista de boda. En esa relación está prácticamente lo mismo que una casadera del siglo XVIII, llevaba en su ajuar. Salvo las prendas de vestir, toda la cacharrería y trastos, la mayoría de las veces inútiles, se dan cita en los apuntes del comercio o comercios que se hacen cargo de satisfacer el orden de los regalos.

Pero esto que es una novedad, en Pozoblanco no lo es, hace ya muchos años, yo creo que más de cien, lo inventaron los tíos de los vales.

La fuente del Chumbo.

Fueron los tíos de los vales los pioneros de la venta a plazos con entrega a domicilio. Iban con un taco de bonos, que llevaban en un libro gordo que en realidad eran unas pastas duras de cuero y unas palometas en la que se colocaban cuartillas taladradas en la que estaban impresos los vales. Cada reseña era el plazo mensual que tenían que pagar quienes adquirían los productos que estos comerciantes itinerantes y callejeros vendían de casa en casa.

Junto al portador del libro de los vales, que solía ser el dueño del cotarro, iban don acólitos portando una gran banasta de mimbre, con más de dos metros cuadrados de superficie, y sobre la que estaban los utensilios de cocina, las palanganas, las ollas, cuberterías y otros cachivaches que las mozas casaderas de Pozoblanco debían de llevar en su ajuar. Puerta por puerta, como escaparate andante, mostraban a las mozas y a sus madres los productos. Ellas elegían y a su vez apalabraban el pago aplazado y como iban abonar el vale: Semanal o mensualmente.

La Calle Real con la Fuente del Chumbo, a la izquierda quedaba la Calleja del Toro. Año de 1902. /gentileza de Pedro López.

Los cacharros de hierro esmaltados con porcelana eran las estrellas de la banasta del Tío de los vales, y entre todos ellos: el orinal

En los ajuares del Pozoblanco de la primera mitad del siglo XX, las tazas mingitorias, llamadas vulgarmente orinales, eran piezas imprescindibles. Muy pocas viviendas tenían retretes con taza. El lugar para aliviarse era la cuadra y si no la había los estercoleros que estaban en los huertos. Pero ocurría que en los meses de frío, abandonar el calor de la cama para ir a huerto a aliviarse, era una dura tarea. Los hombres tenían solucionado el problema, porque en los calzoncillos largos que usaban existía una raja en la prenda que iba desde la rabadilla al vientre. Con esta abertura se evitaba que al que iba a dar de cuerpo al raso se le congelaran las calandracas.

La calle Real de Pozoblanco en el año 1904.


Las mujeres estaban liberadas de ese suplicio. Para ello tenían el orinal debajo de la cama y surgida la necesidad no había que abandonar el dormitorio para aliviarla. Y además de este gran servicio que cumplían las escupideras existía otro no menor. Todas las mañanas, apenas despuntaba la luz del día recorría las calles de Pozoblanco un hombre que llevaba del ronzal a un mulo cargado de unas aguaderas con cuatro grandes cántaras de hojalata. Era el orinero.

El orinero fue un oficio antiguo que el progreso se llevó. Consistía su labor en recoger las meadas en las casas y llevarlas al batán de la Fábrica de los Muñoces, que durante mucho tiempo se abasteció de esta manera del ácido úrico que necesitaba para tundir y suavizar los productos de lana que elaboraba.
Esas fueron las costumbres tarugas en los comienzos del siglo pasado. Y era común que si alguien se levantaba para aliviar la vejiga o soltar el vientre, alguno de los que estaban en la cama aprovecharan para preguntarle cómo estaba el tiempo. Y sucedió un día que un mozo de aparecería larga necesitó ir a orinar a la cuadra, con tan mala fortuna que confundió la puerta y se metió en la alacena. En su desagüe estaba cuando la madre le preguntó:
- ¡¿Niño, que tiempo hace?
A lo que el mozo contestó

- ¡¡Esta obscuro y huele a queso!! 


Escudo del sillón.


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