Atardecer

ANTONIO A. MORENO
(TREMP)


Si algo hermoso tienen las tardes de primavera es esa libertad para pasear y disfrutar del tiempo de ocio cuando el sol aún no se ha escondido. En invierno nos falta la luz y en otoño la oscuridad avanza un paso cada día. Pero en abril y mayo el crédito luminoso se multiplica y parece un simple preludio del verano.

El cambio horario tiene esas ventajas. Gracias a él durante todo el año se puede empezar la jornada con claridad, que es algo tan importante como el desayuno, mientras las tardes varían en función de las circunstancias, de nuestras ocupaciones.

Ahora descubrimos el placer de contemplar el cielo y los espacios abiertos cuando la jornada declina, en entornos amables que facilitan la convivencia. La gente se encuentra y pasea por la ciudad o disfruta de los parques, la montaña o la playa.

El sol está concluyendo su arco celeste y nosotros también hemos cumplido nuestras tareas cotidianas. Es cuestión de paladear los últimos momentos de la jornada que pueden ser los más creativos. Se arrebolan las nubes con intensos colores y se tiñe el cielo con tonos imprevisibles. Las aves se reúnen para cantar ruidosamente en sus árboles predilectos.

La tarde tiene algo especial e indescriptible cuando puede disfrutarse sin obligaciones, lentamente. 
Quizás es el encanto de las líneas divisorias, esos espacios donde concluyen realidades complementarias –día y noche, tierra y mar, vida y muerte- y en los que se amplían las perspectivas.


Debemos aprovechar los atardeceres de la primavera para contemplar la Naturaleza que renace aunque sea desde una ventana. Los atardeceres primaverales no son comparables a nada. 


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