Pozoblanco, la vida tal como era antes

EMILIO GÓMEZ
POZOBLANCO


Cuando éramos niños nos recorríamos el pueblo de punta a punta. Sabíamos los barrios y los que vivían en cada uno de ellos. Era el barrio una frontera, un territorio que pertenecía al que vivía en él. Se decía que los de un barrio tenían un carácter y otro los que vivían en otro diferente.

Todos los barrios tenían la calle en la que los niños de la vecindad se ponían a jugar sus partidos. Se repartían los jugadores jugando a pares o nones. Se elegían las porterías que eran dos bocacalles y se jugaba al natural con la torta y la jícara de chocolate en la mano. No se perdía tiempo ni para merendar. La pelota no era reglamentaria pero rebotaba en las paredes y en las esquinas y ventanas de entonces. Salían las vecinas alguna que otra vez para quejarse de los balonazos. Se paraba el partido cuando pasaba una persona mayor. Los amigos del barrio se reunían por la tardes. En las calles se desencadenaba también las batallas de indios contra cowboys.

La avenida Villanueva de Córdoba, en los años 80. Al fondo, la Cruz de la Unidad.


Los nenes no estaban enchufados ni a la tele ni a las maquinitas inteligentes y juguetonas de ahora. Antes los niños jugaban en la calle a la pelota. Antes había muchas calles de tierra donde las niñas podían dibujar los cuadros del juego de la lancha. Otras calles estaban empedradas. Todas eran diferentes. Ahora todas se parecen demasiado. Los pisos le han ganado terreno a esas casas bajitas donde no había dobles plantas. Cuando los patios de la casa tenían el pozo y la parra. Era época donde las cámaras de las casas era ese sitio donde se guardaba todo.

La Parroquia de San Bartolomé décadas atrás. Frondosos árboles en su calle. 


Era cuando Pozoblanco parecía que no era lo bastante grande. Tiempos en los que uno se sabía el pueblo de memoria. Era como una enredadera de colores, olores y paisajes cuando recorrías el pueblo por sus barrios.

Vista de la avenida Villanueva de Córdoba desde la Cruz de la Unidad .
Obsérvense los verdes jardines y frondosos árboles.


La gente compraba en los supermercados que había en las esquinas, los chavales buscaban serrín, virutas y reglas de madera en las carpinterías. Había casas abandonadas. Eso fue antes de que el suelo cobrara valor y el sentimiento lo perdiera. Es cierto que había fachadas desconchadas y casas con baldosas rotas. Pero en el fondo de esas vidas estaba los gestos de una vida pobre pero decente donde había menos prisa, más respeto y me atrevo a decir que hasta más sonrisas.

Todo eso fue antes de que se inventara el nuevo pueblo. Antes de que la gente se moviera de barrio. Era cuando los nenes no estaban encerrados en las casas. Porque pasó algo que dejó las calles vacías. También en los adolescentes que se volvieron nocturnos de media noche.

Antiguas escaleras del acceso principal al Hospital Comarcal.


Tantas cosas de antes que se borraron y desparecieron. Cuando vemos el mundo nuestro como era antes nos entra mucha nostalgia. Cuando vemos fotografías antiguas nos acordamos de aquellos paseos por esas calles donde el tiempo transformó los lugares. Pisos que cerraron dulcerías, talleres, bares, viejas herrerías. Desaparecieron casas, calles, fuentes, comercios de barrio y puestos de ropa. Tantas cosas que mantienen recuerdos del pasado y de personas que se fueron. Nos vamos todos antes o después. Cosas del tiempo y de los cambios que fueron buenos algunos y no tantos otros.

El ahora edificio de Unicaja sito en calle Real. 


Nuestro pueblo ha cambiado mucho. De fisonomía, de carácter, de gente. No somos iguales. Cambiamos demasiado. El concepto pueblo y ciudad se mezcló. Somos pueblo. Nos dicen ahora que aprovechemos el turismo. Hubiera sido mejor si se hubiera guardado más nuestra identidad que nos hacía diferentes.

Qué cosa será la imaginación. Ella guarda las cosas en cualquier sitio. Incluso en ella se esconde nuestro pueblo como era antes.

La piscina municipal presentaba este aspecto años antes de la decisión de convertirla en piscina cubierta.



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