Estampas de la comarca: Porqueros

ARTURO LUNA BRICEÑO


En el Catastro de Ensenada de Pozoblanco existen unos datos precisos sobre la vida de esta Villa en el siglo XVIII, que nos reflejan la manera de vivir, trabajar y trajinar que tenía nuestro pueblo, y que aún, hoy en día, son la base del desarrollo que casi tres siglos después se mantiene viva en nuestras tradiciones y cultura. Referente a la agricultura declararon que 249 vecinos eran Labradores por su mano, es decir que eran propietarios de las tierras que explotaban y 836 eran Jornaleros, y en este grupo se incluían a todos los asalariados por mano ajena y a este colectivo pertenecían los ganaderos sirvientes de lanar, cabrío, o de cerda: O lo que es lo mismo: Pastores, cabreros y porqueros.



Se declara en el Catastro que existen en Pozoblanco 4.975 cabezas de ganado de cerda, de los cuales más de la mitad son de los vecinos y los tienen en las zahúrdas de las casas. No existen grandes piaras, y el Santero de la Virgen de Luna, que vive en el santuario, posee más de cuarenta cochinos. Para carearlos hay dos tipos de Porqueros, los de Concejo y los de Campo. En los descartes de la película de Pecuarias son estos últimos los que aparecen. Los porqueros de Concejo desaparecieron a mediados del siglo pasado. Mi padre, Manuel Luna Rivera, en un diccionario inédito de la jerga taruga decía de ellos en las palabras de la A: “A careo y de careo: Reunión del ganado para llevarlo a pastar. Se refiere a las cabezas de ganado de cerda que los vecinos de los pueblos criaban en sus domicilios y que eran recogidas diariamente todas las mañanas por un porquero. Los tenía comiendo lo que pudieran en los arroyos cercanos o en los campos comunales y los devolvía a sus propietarios al anochecer. Este servicio se prestaba mediante el cobro de una cantidad por cada cochino, cuyo pago se efectuaba por semana”.



Yo recuerdo a estos hombres que iban callejeando y haciendo sonar un cuerno o una caracola, y al oírla en las casas se abrían las puertas de las zahúrdas y los cochinos salían corriendo para unirse a la piara del porquero del Concejo. Y al anochecer se dejaban la puerta de la casa y de la zahúrda abierta para que el cochino, que con la misma bulla que se iba, entrara en su dormidero.

A principio del siglo XIX en Pozoblanco se dictó un bando avisando que al vecino que no abriera la puerta para recoger a su cochino se le multaría fuertemente y si era reincidente se le requisaría el cerdo y se lo regalarían al Hospital de Jesús Nazareno.



Los otros porqueros, los que llevaban las piaras de los terratenientes a las sierras, a las rastrojeras y a la montanera eran como el que aparece en la fotografía. En el siglo XVIII y también en el XIX, los cerdos trashumaban como las ovejas. A los que entraban en los encinares de los Pedroches se le cobraba portazgo en la Venta del Guijo, y así fue hasta que se desamortizó la Dehesa de la Jara. Estos porqueros de Campo estaban más pertrechados, aunque para mover la piara utilizaran la cuerna o la caracola, pero como se puede apreciar, portaban arcabuz, tenían mastines con carlancas, el collar de hojas de cuchillo para defenderse de los lobos, y perros carea para controlar a los cerdos rebeldes.

La cultura de la cría del cerdo, tan importante hoy en nuestra comarca, no está muy estudiada y un poco eclipsada por la cultura de la Mesta, pero hay que tener en cuenta que es el cerdo el ganado más ligado a la dehesa. Y si las dehesas y encinares de nuestra tierra han llegado con tanta vitalidad a nuestros días, ha sido porque los porqueros y los cerdos ibéricos, uno de los animales más fascinantes que existen, han dejado su cultura y su tradición escrita entre las sombras de las encinas.




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