Estampas de la comarca: El rey de la dehesa

ARTURO LUNA BRICEÑO


En 1973 fui uno de los reporteros fundadores de Semanal Informativo, más tarde conocido como Informe Semanal, hoy el programa más antiguo que permanece en TVE. Uno de los primeros reportajes que hice fue el titulado: La agonía del cerdo ibérico.

En aquellos años, la llamada pata negra porcina, no se valoraba y se criaban muy pocos cerdos ibéricos puros. Se trataba de mezclarlos con otras razas para eliminar grasa y ganar magro. Hasta tal punto fue la crisis que en COVAP se comenzó a estudiar, e incluso obtuvieron pruebas de aceite de bellotas, porque no se sabía qué hacer con ellas. Hoy, el cerdo ibérico, en cualquiera de sus castas, lampiño, retinto de Oropesa o bermejo, ha vuelto por sus fueros y otra vez ha recuperado la corona en los encinares y de nuevo es El Rey de la Dehesa.



Los encinares de Los Pedroches hunden su fama en la noche de los tiempos y de siempre se dijo que estas encinas daban las bellotas más dulces. Bellotas que se utilizaron, hasta bien entrado el siglo XIX, para la alimentación humana. Y la recolectaban de manera similar a como se cogía la aceituna cuando andaban vigentes las fanaguerías por los olivares de nuestra sierra.



En la pregunta 23 del Interrogatorio del Catastro de Ensenada de El Viso respondieron: “y tiene la cuarta parte del producto de Bellota de las Dehesas de Cañada Llana e Isabel Mejía, que en Comunidad goza con las Villa de Santa Eufemia, Torrefranca y Guijo, que consideran por un quinquenio en tres mil y trescientos reales de vellón cada año, esto es vendiéndose su fruto, que en su defecto se refunde en beneficio de los vecinos de este Pueblo que la cogen a puño con los demás expresados en su comunidad”.



Y al tratar del Puerto mestero de la Venta del Guijo, los vecinos de esta Villa dijeron: “Que asimismo en dicho Puerto se cobra por cada cabeza de Ganado de Cerda de forasteros que entra y sale cuatro maravedíes de vellón cuya renta Importa por arrendamiento a dicha Ciudad de Córdoba veinte y dos mil ciento cuarenta y tres reales de vellón al año”.

Las piaras entraban a la montanera para aprovechar las bellotas de difícil cogida a mano y las de las carrascas. Venían de las rastrojeras de La Mancha y una vez cebados los retornaban sus dueños.



El cerdo ibérico está unido a los encinares desde siempre. Es un animal increíble que nace como doméstico y vive en las parideras hasta que son destetados.

Entonces con las camadas se forma una piara que nada más salir al campo se adapta a una vida salvaje. Duermen apoyándose unos con otros y siempre colocan sus cuerpos con la misma parte y en un mismo punto. Por eso cuando se realizan los descastes y se separan los animales más grandes y fuertes de los que se han desarrollado menos, los cerdos que han sido separados y no encuentran al compañero de sueños, caen en un estado depresivo y melancólico que incluso llegan a morir por ello.



Para llevarlos a la montanera necesitan al menos contar con un año de vida, y es así porque a esta edad le suelen salir las muelas con las que parten las bellotas.

Suelen entrar al encinar en otoño pesando unos setenta kilos y tres meses más tarde vuelven de la montanera pesando el doble.

A lo largo de mi vida he realizado más de diez reportajes y documentales sobre el cerdo ibérico y todavía siento fascinación por este animal capaz de pasar de la protección del hombre a vivir libremente y por su cuenta, sin necesitar de un periodo de adaptación. Todo un rey.




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