El Bosco a nuestro alcance

JUAN ANDRÉS MOLINERO MERCHÁN
DOCTOR POR LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA


El año 2016 es prolijo en efemérides de notoriedad de distinta naturaleza (en Literatura: Cervantes, Shakespeare, Inca Garcilaso). En el ámbito pictórico brilla con luz fulgurante el V Centenario de la muerte de “El Bosco” (Hieronimus Bosch, 1450?-1516), del que realiza el Museo del Prado (Madrid) una exposición irrepetible (desde el 31 de mayo al 11 de septiembre), con piezas propias del Patrimonio Nacional (del Museo del Prado y Escorial) y ajenas de mayor importancia (del Metropolitano de Nueva York, Albertina de Viena…). Con el correspondiente aparato expositivo, estudio y actualización del autor y su obra; con un impresionante carácter didáctico y recursos on line. Una mirada excepcional –y tal vez única– del primer gran autor flamenco del Quinientos (holandés) que ha dejado una impronta imborrable en nuestra Cultura occidental. No es para nada un maestro menor. Es una de esas figuras que restallan en nuestra mente por su extraordinaria singularidad; muy vinculadas a España por la posesión del importante legado adquirido por el Rey Felipe II para sus colecciones particulares. El visitante puede apreciar una extraordinaria panoplia de pinturas y dibujos originales que forman parte de nuestro imaginario artístico y universal más conocido: El Tríptico del Jardín de las Delicias, El carro de heno, La rueda de los pecados capitales, Extraccion de la piedra de la locura, etc. Este elenco de obras constituyen un bagaje histórico-artístico y estético de mayor significación: porque no solamente son portadoras de los valores pictóricos innovadores de su era (la ejecución al óleo), y la mirada precisa de su contextualización histórica (de su ciudad de S–Hertogenboch, Bois-le-Duc en el ducado de Brabante), sino que adquieren notoriedad por la fuerte personalidad del maestro. El Bosco es portador de un lenguaje estético sorprendente. Es un técnico del oficio, un paisajista magnífico, que –como se ha dicho– dibuja como un pintor y pinta como dibujante. La tendencia figurativa y miniaturista adquieren carta de naturaleza con el marchamo de su tierra. En su obra se ensalza el colorido fogoso de efectos lumínicos excepcionales; la luz y la atmósfera trasparente conjuntados con el preciosismo del color, mezclados con singular maestría para alcanzar calidades extraordinarias (resplandores celestes, reflejos acuáticos…). Sin embargo, su mayor singularidad se encuentra en esos temas donde despliega su excepcional fantasía, un sentido ácido de la humanidad con mixtura de animalidad diablesca y caricaturización inconfundible. Un adelantado a su tiempo en expresar estampas surrealistas.

Cierto que el bestiario medieval era un fundamento de mucho fuste –y su inspiración en obras literarias, como hombre culto que era–, pero su lenguaje es críptico hasta la saciedad. Retórica enigmática y simbología de alto standing.

No es un moralista al uso en sentido medieval, aunque critique lo pecaminoso (vicios, lujuria, ambición, avaricia…) del ideal doctrinario católico. Es un pintor burgués de una sociedad acomodada que conocía bien –vivía en la Plaza del Mercado–, que convive con los contrapuntos de su realidad histórica (la farsa social, dinero, lujos…). Es un cronista caricaturesco de sinceridad aplastante, irónico y mordaz. Arte religioso con una lectura desde la cotidianidad concreta del artista: la plasmación sutil de una realidad deformada en exceso para apreciar, tal vez, esa cara edulcorada de la próspera región del norte. Su obra representa la personificación de la naturaleza humana a través de una óptica personalísima, con dislocada inventiva desenfrenada. Su imaginación trasciende las fronteras con creaciones sorprendentes, que son caldo de cultivo de freudianos, artistas, filósofos o historiadores. El Bosco, siempre provocativo y enigmático, se nos presenta ahora en una oportunidad de oro para conocerlo de primera mano. ¿Alguien da más?


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