Del rito al mito o recuerdos a las “velás” del glorioso San Gregorio

ARTURO LUNA BRICEÑO


Sabemos que hubo muchos papas con el nombre de Gregorio, y algunos dejaron la impronta de su apellido en una de las manifestaciones más interesantes y cultas de la Iglesia Católica: el canto gregoriano. La forma de rezar profunda y sentida de los monasterios de la cristiandad. Pero si hubo papas Gregorios más hubo obispos, y aquí es donde en Pozoblanco tenemos montado el lío. ¿A qué San Gregorio veneramos y en su honor celebramos la feria chica? La verdad es que no lo sabemos, pero para ser sinceros: nos da lo mismo. En las coplas le cantamos al Nacianceno y la ermita se erigió para el San Gregorio obispo de Pamplona. Pero nosotros lo veneramos igual, le cantamos las rogativas y le quemamos el corcho en la puerta de su ermita. Lleva una mitra en la cabeza y una estola en el cuello. Está claro: es un obispo y se llama Gregorio, y goza del honor de la santidad y además es tarugo… que eso imprime carácter. Pues siendo así cuestión solucionada.

En el Catastro de Ensenada de Pozoblanco de 1754 la ermita de San Gregorio y su fábrica, era la única que no declaraba bienes y no estaba amparada, ni tenía declarada Cofradía y por tanto no aparece en las Haciendas de Eclesiásticos. Está claro que fue víctima económica del intruso San Isidro. Pero siglos antes, yo creo que desde la fundación del pueblo, San Gregorio, que tenía su ermita en medio de pagos y majuelos de viñas, guardaba y protegía los campos de la Villa de Pozoblanco. Pero si en el Siglo XVIII no hubo recursos para su culto y veneración, si había un santero que mantenía viva la fe en el obispo flagelador de las plagas de langosta.

San Gregorio en sus fiestas del año 1905.


Diego Redondo: Santero de la Ermita de San Gregorio de esta Villa, de edad de cincuenta años. Viudo”.

Se quejaban mucho las Villas y advertían a los que estaban haciendo el Catastro de que había gente que se hacía pasar por santeros, cuando en realidad no lo eran. En las Siete Villas de los Pedroches es la de Torrecampo la que advierte de que existen demasiados falsos santeros. No era el caso de Pozoblanco en que no aparece nada más que este Diego Redondo, y dos Hermanos legos de Jesús Nazareno. Pero Diego Redondo no vivía en la ermita y no estaba declarado “pobre de solemnidad” condición necesaria para que el Concejo concediera el cargo y autorizara a vivir en la ermita. En realidad era un trabajo que se compensaba con una licencia para mendigar de forma legal.

Este vecino de San Gregorio era el defensor del santo y de la ermita. El hombre que mantenía en pie el santuario y vigente el rito. Y supongo esto porque en el tomo II de Haciendas de Seglares declara: Diego Redondo tiene una casa en la Calle de San Gregorio con cuarto bajo y encamarado. Diez varas de frente y siete de fondo. Regulado su alquiler anual en sesenta y seis reales de vellón. Confronta por una parte con la de Juan Merino y por otra con la de Bartolomé Gómez. Tiene la carga de un censo redimible de doscientos veinte reales de vellón de principal y seis reales y veinte maravedíes de réditos cada año a tres por ciento a favor de la Cofradía de las Ánimas que se sirve en la Parroquial de esta Villa que administra Bartolomé de Sepúlveda”.

Procesión del Santo por su calle en obras.



LAS VELADAS

En el siglo XVII a San Gregorio en Pozoblanco se le erigió una ermita. Sería porque la devoción a este santo debía ser grande. Más aún si tenemos en cuenta que el Valle de Alcudia y Los Pedroches eran zonas endémicas para las plagas de langosta. Una plaga de estos insectos, que eran cíclicas, significaba la ruina para los campos. En especial los sembrados de cereales, aunque también le afectaba a las viñas. Por ese motivo todos los atardeceres del día ocho de Mayo se daban cita en el compás de la ermita los devotos a San Gregorio para iniciar su velada quemando una colmena de corcho muerta pero sin castrar. Un tubo de corteza de alcornoque preñado de cera que daba una intensa luz a la fiesta. Y a su conjuro se degustaban dulces, vino y altramuces. Se practicaba el arte de emparejarse. Se vendían arropías y se cantaban las rogativas. Y se tiznaban las caras de las gentes con el corcho quemado.

¡¡Glorioso San Gregorio, tú que estás en el cielo, te rogamos y te pedimos que nos veamos el año que viene de nuevo!!


San Gregorio portado en andas, tiempo atrás.


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