Adiós a Juan Caballero. Un hombre bueno

JUAN BAUTISTA ESCRIBANO


En el buen sentido de la palabra, bueno. Como los poetas saben decir las cosas mejor, me sirvo de las palabras de Antonio Machado. Así te he visto siempre, así lo he repetido en todas partes y así lo mantengo.

Reciente aún el abrazo que nos dimos al terminar la boda de mi sobrina Claudia y Pablo (hace apenas un mes) y las palabras que (más o menos) te dije: No te cansas de predicar y con tu fuerza de siempre.

Porque sus facultades habían mermado y su capacidad se hallaba resentida, pero su coraje, sus ganas de transmitir a todo el mundo la fe que profesaba y lo bien que le había ido siguiendo a Jesucristo, eso permanecía y se notaba apenas abría la boca e incluso sin hablar.

El sacerdote fue párroco de San Sebastián durante muchos años.


Conocí a Juan Caballero en los primeros años setenta. Yo era un adolescente, como muchos otros, que buscaba no sabía muy bien qué y lo hacía dónde tenía más a mano, en la Iglesia, en los movimientos y grupos parroquiales que surgieron tras el Concilio Vaticano II. En las comunidades neocatecumenales, compartimos momentos de los que difícilmente se puede uno olvidar. Pero la vida nos lleva por caminos diferentes y los nuestros – en apariencia- se separaron hace mucho tiempo.

Y en estos años, no he cambiado mis sentimientos ni mi opinión sobre él. Desde fuera, con distancia, como cuando nos veíamos casi a diario, he sentido que el cura Juan era un hombre siempre cercano, cuya prioridad eran las personas, más allá de ritos y rezos. Que mantuvo hasta el final su sincera sonrisa. Que nunca dejó de ser un cascarrabias, al que gracias a la ternura sin medida que atesoraba, no quedaba más remedio que perdonarle sus bravuconadas (normalmente impostadas) y con las que don Juan no se sentía a gusto. Juan era un hombre sincero, que decía lo que creía y creía en lo que decía.

La oratoria de postín no era su fuerte. El lo sabía y, casi siempre, la evitaba. Juan prefería hablar desde el corazón. Ese era su terreno, por más que alguien se empeñara en buscarlo en otros lugares, y en él se mantuvo (doy fe) hasta el último momento. Bastaba con mirarlo a los ojos, para encontrar a ese niño de pueblo, criado en la sabiduría y la bondad de nuestra gente del campo, que comprendía a las mil maravillas y sentía en toda su hondura las parábolas del sembrador o la de la oveja perdida. Una delicia escuchar su explicación sobre el Buen pastor que marcha al frente de las ovejas, que lo siguen confiadas, porque lo conocen y no detrás del rebaño, dando palos y gritando, para que avancen…

Como no puede ser de otra forma, pues tú has amado mucho, en estos momentos son, también, muchos los sentimientos agradecidos que brotan de personas que gozamos de ti, de haber coincidido contigo en la vida. Me sumo, insignificante, a esa enorme multitud que hoy sentimos: ¡Ha muerto un hombre bueno!


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