Sed de humanos

PEDRO JESÚS ARÉVALO FRUTOS
(Licenciado en Medicina)


En estos días en los que vivimos una exaltación de la cristiandad en las calles de nuestra localidad, la realidad inmediata de Europa se encarga de empañar de lágrimas aquello de lo que nos han librado las inclemencias del tiempo con una actitud bien distante de lo cristiano, en caso de que el lector sea creyente; o carente de humanidad, si es ateo o agnóstico. Hablo de dar la espalda al dolor ajeno. Hablo de refugiados.

Martes Santo. Me encuentro mirando al cielo a unas horas de espera para ser los pies de Jesús Nazareno con la esperanza de que la lluvia nos lo permita cuando tomo conciencia de ello. Las mismas inclemencias que en mi caso ansío evitar, son padecidas a diario por un colectivo desvalido en un campamento de Lesbos. El panorama en estos emplazamientos es desolador, más cercano al campo de concentración de Auschwitz que a una estación en el camino donde el pueblo sirio busca engancharse al tren de la vida. Condiciones precarias sin un techo de cobijo y exangües racionamientos de comida mientras la muerte asola sin pausa en una versión macabra de “Los Juegos del Hambre”. Como en toda tragedia humana, algunos la emplean para realizar su propio Agosto sin atisbo de moral alguno. Compañías telefónicas ofertan como recargar el móvil a personas que necesitan batería, pero para seguir viviendo. Mientras, en el corazón de Europa, la reunión de los Veintiocho decide tomar una decisión que ralla lo indecente al llegar a un acuerdo con Turquía, país que no puede garantizar unas condiciones de vida, cuando ni siquiera salvaguardan la libertad de prensa. El refugiado se ve convertido en una cifra en un proceso de trueque entre fronteras al que cede el país otomano buscando en contraprestación su adhesión a la Unión Europea y demás prebendas que supondría una larga disertación detallar.

De repente, una explosión en Bruselas estalla nuestra en ocasiones opaca burbuja de bienestar y nos obliga a ver la realidad más allá de nuestro vivir cotidiano. Hechos tan trágicos como este no sirven sino para actuar como acicate ante una islamofobia latente en algunos sectores de la sociedad. Reducir una religión a los actos cometidos por un puñado de asesinos tiene el mismo sentido que entrar bajo un paso y pedir rendir cuentas por los crímenes de sangre cometidos en nombre del cristianismo siglos atrás por la Inquisición, Torquemada y los cruzados. Lleva a que un rango poblacional responda visceralmente, en un ejercicio de mente cerrada, a cerrar fronteras a quien escapa de ese mismo horror, en una muestra más de memoria selectiva olvidando que en la década de los 30 era el pueblo español quien tomó la ruta de Perpignan arriba huyendo del fragor de la guerra. Con demasiada frecuencia contemplamos el concepto de caridad únicamente cuando somos nosotros mismos quien aqueja los males. Como ilustró Antonio Machado, “en España de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”.

Siento vergüenza. Vergüenza como ciudadano, al ver impasible a un continente mientras una generación de sirios cuentan sus días de vida siendo criados como partícipes de una guerra. Vergüenza como español, al ver como mi país ha acogido la friolera de 18 ciudadanos sirios mientras 4 millones de personas claman ayuda. Vergüenza como médico, al ver a un pueblo padecer enfermedades que no datan en Europa desde la primera guerra mundial. La ciudadanía, bien a título personal, mediante organizaciones de carácter benéfico o a través de algunos ayuntamientos, se presta a facilitar la acogida de estas personas y demuestra una vez más ir un paso por delante de nuestros dirigentes, quienes realizan a la diáspora siria la zancadilla como en su día hizo la periodista húngara Petra Laszlo.

Me pregunto dónde queda en el viejo continente, tan profeso a la fe estas pasadas fechas, aquellas palabras del Evangelio de Mateo “Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recibisteis.”

Resulta contradictorio que en un planeta donde tres cuartas partes de su composición son agua, la sociedad actual padezca sed. Sed de humanos. Porque precisamente lo que más cuesta al ser humano, es precisamente, ser humano. Las noticias de cada día se encargan de hacer presente, tristemente, aquella frase de una canción que rezaba: “La dignidad de Europa muere cada día a orillas del Mediterráneo.”


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