Desde mi ventana de Southampton... Niñeros modernos

MIGUEL CARDADOR MANSO 
(Ingeniero Superior Industrial)


Cada generación posee características especiales afloradas con el impulso del contexto histórico que le toca vivir, no significando esto que unas generaciones sean mejores que otras, sino que cada una destaca en unos aspectos y flaquea en otros. Los nacidos en la horquilla del año 90 tenemos, a mi parecer, una singularidad especial que marca nuestra naturaleza: formamos el eslabón fraguado entre la educación llamada “tradicional” y la “moderna”, el final e inicio de dos épocas muy distintas.

Además, cabe la posibilidad de ser los últimos ejemplares de una especie en extinción, la del niño que juega en la calle. Como bien pueden atestiguar mis sufridos vecinos, crecimos dando pelotazos en las cancelas que hacían de portería y manchando las paredes con los disparos fallidos, jugando con los cromos, las canicas, los trompos –los de madera y punta de hierro de toda la vida, no esos de ahora con lucecitas-, al escondite, compitiendo con bicicletas en carreras de “motoGP”, etc. Nos rompíamos el chándal y “sollábamos” las rodillas, nos manchábamos las manos con la tierra y comíamos la merendilla sin limpiárnoslas…y aquí seguimos.

A su vez, disfrutamos y soñamos con otro mundo de texturas virtuales. Los videojuegos, junto a los ordenadores y aparatos electrónicos de todo tipo que empezaban a surgir, nos sacaban de las calles en otras tantas ocasiones. Las reuniones en la casa del amigo poseedor de una videoconsola para jugar partidas de fútbol, peleas o carreras solían acabar con algún mando volando o injurias hacia el contrincante que iba ganando. Pero, sobre todo, con muchas risas y momentos para el recuerdo.

Por estos motivos, somos un híbrido obtenido entre aquellos niños repeinados de pantalones cortos con tirantes, y los actuales de pelo desenfrenado y gafas de sol de colores; como si Paul Newman se metiera en el cuerpo de Brad Pitt. Este privilegio nos permite tener una visión plural de lo que pueden aportar ambos extremos, valorando los beneficios añadidos por las nuevas tecnologías, a la par que nos afligimos por las viejas usanzas perdidas.

En mi lucha interna entre esa conciencia de hombre de ciencias con postura de que los avances son necesarios, y mi ser castizo de que las tradiciones y los valores hay que preservarlos; me maravillo viendo a niños de 4 años –o menos- manejando móviles y tablets mejor que Steve Jobs; a la vez que me alarmo al cotejar que quizás se invita a los menores con demasiada diligencia a ese frío mundo electrónico.

Un ejemplo es la preocupante labor de niñeros que tanto móviles como tablets comienzan a desempeñar. Siguiendo la línea de endosar el peso de la educación a terceros, cuando el niño o la niña empiezan a hacer demasiado ruido o nos molestan, se manda al aparato en cuestión en modo video, juego u otras aplicaciones para que solucione el problema. Y es incuestionable que los “condenados” son eficientes en esta tarea, sólo hay que ver los resultados de los niños aislados y embobados en sus pantallas.

Por un lado, pienso que con estas prácticas llegarán a ser una generación que dominen las tecnologías como nunca antes. Pero por otro lado, opino que le estamos tapando sentidos importantísimos para su desarrollo personal, tales como aprender a escuchar a los demás, observar el mundo a través de sus propios ojos o saber comportarse según la situación lo requiera. La realidad es que se ha pasado de castigar con “te quedas sin salir a jugar” al “te quedas sin móvil”, así que quizás el equilibrio entre ambas posturas esté un poco desequilibrado.

La duda me surge al considerar si es conveniente hostigar de esta forma a los indómitos deseos de los niños por ser mayores, ya que luego nos pasamos el resto de la vida anhelando volver a hacer cosas de niños.


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