Olores

ANTONIO A. MORENO MUÑOZ
POZOBLANCO


La primavera hace que resuciten los olores de la naturaleza. Son muy diversos pero no sólo los únicos: las ciudades también están llenas de olores, desde el olor de las gasolinas, que ciertamente se ha conseguido rebajar, hasta la fragancia de algunas porterías perceptible cuando pasamos por delante.

No sé si es verdad pero una vez me dijeron que hay establecimientos donde además de pan venden croissants, ensaimadas y otra clase de pastas, que tienen unos difusores de olor para aumentar la tentación de los viandantes.

El sentido del olfato es enormemente subjetivo; El olor de vaca desagrada a unos y entusiasma a otros. Hay gente que no fuma y dice que le gusta el olor del tabaco de pipa. Existe el olor a limpio y olor a cerrado, a húmedo que nos sorprende cuando entramos en un lugar que ha estado cerrado cierto tiempo.

En algunas partes todavía existen lavaderos públicos, con mujeres que lavan con jabones hechos en casa. Es un olor que no sabría cómo describirlo pero que seduce... y qué decir del olor de un viejo coñac o un aguardiente bien destilado que se puede beber a pequeños sorbos porque nos gusta su fragancia, o cuando ha dejado de llover “huele a tierra mojada” o un prado recién segado.

Pero me admira la capacidad humana de crear olores artificiales. Colonias, ambientadores. Se mezclan olores de romero, menta, de pino, de lavanda, de rosas, frutos del bosque y mil más.

Me gusta defender a los hombres que son creadores aunque desvinculen la naturaleza. Si se trata de buscar algo para sentarse, mejor una butaca con orejas que un tronco de árbol o una piedra, pero en esto de los perfumes corremos un peligro: el confundir el olor de un ambientador con el que olemos en plena naturaleza aunque a veces también esos olores estén adulterados.


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