La Saeta

JOAQUÍN DOMÍNGUEZ GUIJO


Es el cante más característico de la Semana Santa. Una expresión popular que sale del alma para rezar cantando a los pasos. Un canto a la libertad, un lamento por el mártir del Gólgota, una maldición a la tiranía, un modo de ser y sentir, una forma de expresión, una insolencia consentida, un desgarro, un grito, una súplica, una necesidad y un modo de exhibir la pena.

Un año más, las saetas iluminarán la blancura de nuestras calles y plazas en las noches de recorridos procesionales repletos de matices cofradieros. Un año más, el fuego espiritual de este cante trascendente nos llevará a emocionarnos ante la contemplación de las bellísimas imágenes de nuestra Semana Santa, mientras que la cera llorará cuando los capataces de las diferentes cofradías ordenen las levantás al grito de “tos por igual valientes”.

El origen de esta palabra es difícil de precisar por la falta de documentos fiables pero , lo más probable es que el término proceda del vocablo latino “sagita” (flecha). El cantar así llamado es ligero y agudo, sube al espacio como una saeta y penetra en el corazón de quienes poseen la viva fe cristiana, haciéndoles recordar el sangriento episodio, de la Pasión y Muerte de Cristo.

La saeta, como cualquier otra producción musical, no puede ni debe aislarse del resto de los acontecimientos socio- culturales correspondientes al medio en que nace y se desarrolla. Su vinculación con las procesiones de Semana Santa es tan firme que no se concebirían éstas sin aquella. Pero esta manifestación no puede quedar relegada exclusivamente a lo folclórico, sino que debe trascender a este aspecto para llegar a hurgar en nuestra fe, convertida en palanca de fuerza para meter en nuestras almas la gracia. Sin este fundamento religioso- cristiano, la saeta perdería toda su razón de ser.

La saeta de Semana Santa, como todas las demás formas musicales, ha ido evolucionando a través de los tiempos para, poco a poco, ir adaptándose a las melodías y musicalidades de cada época. De aquellas saetas primitivas, llanas y asalmodiadas con influencias musicales de cantos cristianos y algunas reminiscencias arábigas o judaicas hemos pasado al actual asentamiento de la saeta flamenca, que es la que más gusta hoy por antonomasia.

Porque el flamenco es de suyo una oración. Con él se pueden expresar todos los sentimientos. Pero los más profundos, como los religiosos son los que mejor le van. Pedir ayuda a Dios por la incomprensión de los hombres, por los males de la sociedad, por las desgracias y pecados del mundo, es flamenco de ley que se torna quejío y sentimiento en su más genuina expresión de saeta. Sin embargo, la dificultad de este género , que se canta al aire libre, en condiciones muy adversas para la voz, sin acompañamiento de un instrumento musical que dé tono al cantaor, con la emoción atándole la voz y el murmullo popular de fondo, ha hecho que muchos cantaores profesionales del cante se retraigan.

Pero, a pesar de todo, se debe conservar e impulsar la tradición de la saeta para que su belleza sublime pueda quedar así salvada y realzada para las generaciones futuras, que puedan comprobar con la misma emoción que las anteriores, esta “lección sin palabras” que se eleva y se mantiene como un surtidor de amores.

Nuestro pueblo ha contado siempre, y sigue contando, con destacados intérpretes de la saeta. Me permito evocar con cariño a los más admirados en mi niñez señalando los apelativos con que eran conocidos para que así resulten más familiares a nuestros lectores: Pedro Cabello “El pintor”, el Pipa, el Apures, Isabelita del Rana… Otros más cercanos en el tiempo han sido Bartolomé López “El Arenales”, Pedro Redondo “El Mojino”, Áurea Olmo, Andrés Redondo, Pablo Díaz, Félix Gutiérrez, Pedro Torrico, Aurora, … Y los actuales Antonio de Pozoblanco y Pili Acaiñas dotados de unas voces espléndidas.

También es obligado destacar aquí la excelente labor que realiza la Peña Cultural Flamenca “Agustín Fernández” en apoyo a la organización del circuito de saetas que cada año se interpretan en los recorridos procesionales de nuestra Semana Santa.

Afortunadamente el mundo del cante en Andalucía está enraizado con la tradición porque a la Virgen se le reza cantando y se le canta llorando. A la Virgen se le llora igual que se canta una soleá y se le pide un milagro con la misma fuerza que suena una seguiriya.


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