Ese comercio tan nuestro que está desapareciendo

EMILIO GÓMEZ
POZOBLANCO


Poco a poco este país se fue llenando de grandes centros comerciales y grandes franquicias eliminando el comercio tradicional de toda la vida. El comercio de pueblo era el comercio heredado de otras generaciones mucho más antiguas. Antes de llegar estas franquicias, los comercios se pasaban de abuelos a padres, de padres a hijos. Panaderos, hosteleros, zapateros, peluqueros, ferreteros... Tiendas que conservaban el apellido, el sitio de siempre donde estaban ubicadas y hasta los artículos, que aunque se iban modernizando, conservaban el aroma propio de toda la vida.

También estaba el mercado de abastos donde había más ruido, color, variedad y donde cada tendero vendía como quería, no seguía un patrón como hacen las grandes cadenas comerciales donde todos visten el mismo uniforme y hasta tienen la misma manera de vender. Ahora dicen que los mercados son los que lo rigen todo, pero no los mercados de pueblo, no los mercados de barrio, sino el mercado internacional. En fin, cosas de estar en un mundo tan globalizado.

Instantánea de la calle Mayor de los años 80, donde se puede ver la tienda de Uldarico.


Se perdieron aquellas artimañas llenas de ingenio para vender, el trato personalizado con el cliente, los Grandes Centros Comerciales son más distantes, son más impersonales y no tienen el encanto que tenían aquellas tiendas de entonces aunque hay algunas franquicias que sí.

En los pueblos aún quedan algunos de esos comercios, de esas zapaterías, mercerías, papelerías, bares, ferreterías, tiendas de ropa donde su sello no era una franquicia, era el apellido de una generación de comerciantes. Comercios sacados de otros tiempos con ese encanto propio. Dando una vuelta al pasado donde incluso las vendedoras del campo ofrecían productos fresquísimos que despertaban los sentidos; frutas, leche, huevos, carne.

A veces, me imagino a aquellos tenderos de entonces en su tienda, despachando o correteando por allí…cuántas historias y cada una, era una historia, una vida.

Lo bonito es que todos eran diferentes. Las tiendas de franquicias son igual aquí, en Madrid, en Zaragoza y Barcelona. No hemos dejado lugar para los sentidos, para el recuerdo con esta cultura del todo igual. Se ha perdido la imaginación, nuestras raíces, el saber de dónde venimos y a dónde vamos. Todas las ciudades tienen las mismas cadenas. Da igual pasear pos Almería que por La Coruña. Las pequeñas tiendas desaparecen porque no pueden competir con las grandes superficies. Antes los negocios eran más familiares. Se aprendía la profesión de padre a hijo, de abuelo a nieto y se aprendía vendiendo, después de muchas horas en el mostrador. Ahora todo el mundo vale para vender. El precio es el que es, no se regatea, no se baja ni un céntimo, no se atiende personalmente. Nos hemos convertido en máquinas vendiendo. Antes se decía “hay que tener genio para vender”. Hoy solo vale con manejar bien la máquina o el ordenador.

Escaparate de la tienda de Modas y Confecciones Escribano décadas atrás.


Es una pena que esas tiendas de comercio tradicional y generacional, estén desapareciendo a favor de los macro-almacenes. Las tiendas pequeñas están en extinción y los jefes no conocen a sus empleados, cuando antes los empleados eran uno más de la familia pues se jubilaban en la tienda.

Al final, llegamos siempre a la misma conclusión de que ese mundo que hemos conocido antes está desapareciendo muy rápidamente o desapareció ya pues sólo quedan restos de aquel modo de vida de antes.

Sin embargo nos viene al recuerdo aquellos zapateros arreglando botas y tacones, aquellas papelerías y librerías con esa mezcla de olor a papel y a madera y por supuesto a libro nuevo cuando llegaba septiembre, aquellos barberos con aquellos butacones rojos por donde pasaban las barbas y pelos de casi todo el pueblo, aquellas cajas registradoras antiguas, enormes y de palanca. Me viene a la memoria también los muebles antiguos en la farmacia o botica como se decía antes con aquellos botes de antes donde todo era por entonces aspirina y calmante vitaminado. O que decir de esas ferreterías de entonces donde en las mismas cajas se guardaban miles de tornillos, tuercas y clavos. Aquellos viejos mostradores. Cada pueblo antes tenía su propia franquicia y era distinta de pueblo a pueblo. Era la franquicia del apellido. Los Escribano, Los Cabrera, Los Pañeros, Los Calero…. Todas han ido desapareciendo mientras las grandes franquicias siguen invadiendo cada rincón y cada esquina.

El aroma de un comercio devorado aunque a veces sea recordado como hoy. La verdad sea dicha de aquel comercio queda la muestra lo demás desapareció como desaparecen hoy en día todas las cosas que merecen la pena. Por ello, solo pedimos que tengamos en cuenta el comercio local y comarcal. Es lo que nos hace diferentes y grandes.

Así podía verse el interior de la tienda de Modas y Confecciones Escribano décadas atrás.




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