Entrevista a Miguel Ángel Cabrera, director del Grupo Teatral Jara

“En todo lo que tengo, todo lo que soy y todo lo que he vivido, ha estado presente el teatro” 


EMLIO GÓMEZ
POZOBLANCO


Cuenta que el teatro en Pozoblanco guarda todavía la esencia de los años 70, cuando un salesiano, Don Lorenzo Santacruz, inyectó en los adolescentes de aquella época la pasión por el mundo del teatro. Uno de esos adolescentes era Miguel Ángel Cabrera. Desde el verano del 78, el teatro ha estado presente en su vida. A veces de una forma más fuerte, otras más tenue pero siempre latiendo en él entre distintos personajes, obras y momentos. Nunca ha dejado de hacer teatro. Aquella primera función en el Colegio Salesiano fue uno de esos momentos en los que el tiempo se detiene para cambiarlo todo.

Dicen los que lo conocen bien que podía haber llegado lejos, pero para él llegar lejos era disfrutar de lo que hacía. Miguel Ángel habla, ríe, grita, llora, bromea, recuerda, se estremece, se vuelve pícaro, se burla de sí mismo. En el escenario saca todos los personajes que la vida le ha dado pero sin apartarse de sí mismo.

Muchas horas de teatro a sus espaldas. Muchos personajes inolvidables y muchas obras representadas bajo su dirección. El Grupo Teatral Jara es una familia donde él quiere ser uno más, aunque todos saben que necesitan de su toque único que contagia sabiduría, experiencia, dureza y fragilidad al mismo tiempo, y muchas ganas de actuar porque para él hacer teatro, es vivir.

Esa voz continúa siendo tan honda, tan personal y tan poderosa. También su creatividad que saca del cesto del talento y del esfuerzo. Todo unido. Todo teatro. Vida, al fin y al cabo.


Miguel Ángel Cabrera reflexiona sobre el mundo del teatro. /REDACCIÓN


- Usted es conocido en Pozoblanco por el mundo del teatro. Es curioso como en los pueblos cada uno tenemos nuestro papel. ¿Cómo es el suyo?
– Un secundario. Sin mayores pretensiones. Siento a mi pueblo en la piel, como cualquiera, y le devuelvo siempre que puedo algo de lo que soy.

– ¿Cómo le abrieron la puerta del teatro?
– Bueno, bueno, no me hables de puertas que es un tema que me saca de mis casillas. Hoy, cuando se van a cumplir los 10 años de la inauguración del Teatro El Silo, la puerta principal aún sigue cerrada. Pienso que la entrada al teatro forma parte de un ritual que tiene algo de mágico y que hay que mimar. En los últimos tiempos, tras la penosa nueva ubicación de la taquilla, se nos obliga a entrar por las dos puertas laterales, que deberían ser vomitorium, más que otra cosa. Resultado: la corriente de aire que sopla entre ellas convierten al bello hall de entrada en un inhóspito corredor del que conviene huir antes de coger una pulmonía. Este vestíbulo se convierte pues en el espacio cultural más inútil e infrautilizado de la comarca. Sin embargo, abriendo la puerta principal, se accedería al pasillo de los silos donde siempre debería haber algo que contemplar, y desembocaríamos al vestíbulo convirtiendo a este en un lugar de convivencia para alimentar la espera, informarse, etc. Nuestro teatro tiene un nivel que no se corresponde con este acceso.

– ¿Cuál es su personaje favorito?
– El Leonardo de Bodas de sangre, Stanley en Un tranvía llamado deseo o El idealista de La guerra y el hombre. No me gustan los personajes tibios, todo lo contrario. Me conmueven más los grandes dramas.

– ¿El teatro es sueño?
– Sí. Alguien dijo que el teatro es el único lugar donde podemos tocar con las yemas de los dedos esa misteriosa sustancia de que están hechos los sueños, porque hombres y mujeres de carne y hueso nos los muestran ante nuestros ojos. Eso ha sido, es y será así siempre.

– Ahora que tenemos los medios, grandes teatros, buenas compañías, más aportaciones… nos falta el público. ¿Dónde se ha metido?
– Pues en casa, supongo, adorando el televisor, con una mano en la tablet y la otra en el móvil escribiendo whatsapps, twits... Tenemos demasiadas cosas a las que atender. Estamos cosificados y apenas dejamos tiempo para salir, hablar, relacionarnos, ir al teatro o al fútbol.

– ¿Qué es un camerino?
– La antesala de un precipicio o un trampolín hacia el cielo. Un combate con el miedo.

– ¿La memoria es extraordinaria?
– En teatro la memoria no existe. Es un arte fugaz, sólo dura un instante. Los gestos, las miradas se dibujan en el aire y se desvanecen. El teatro es sensación y sentimientos. Sólo los sentimientos perduran. Las luces, el boato, las apariencias no son nada: sólo una fachada. Lo extraordinario es que desde un tablado un perfecto desconocido pueda entrar en comunión no ya con uno sino con centenares de espectadores para entablar un diálogo secreto y compartido. – ¿Somos actores de teatro de nuestra propia vida? – Somos todos actores del gran teatro del mundo. Calderón, que era muy inteligente, lo dejó bien escrito. No hay papeles más o menos importantes por sí mismos, lo radicalmente importante y necesario es actuar bien, obrar bien y ser bueno, pues somos dueños de nuestro destino.

– ¿Cuál es el mayor drama del hombre?
– No poder perdurar, ocupar tan poco espacio y tan poco tiempo.

– Me decía usted el otro día que en la feria de los 70 eran diez días de teatro con funciones dobles y el Teatro San Juan a reventar. ¿Por qué a la gente le gustaba más el teatro?
– Tal vez sea porque antes había menos distracciones y menos televisión. Hay que recordar que en aquellos años sólo había una cadena, TVE, porque el UHF (la 2 de hoy en día) se veía siempre con chiribitas y sólo ponían “cosas raras”. Y a medianoche se cerraba la emisión y se ponía la carta de ajuste. Y hasta la hora de comer del día siguiente, con el telediario. In illo tempore vivíamos de otra forma. Todos, mayores y pequeños, pasábamos más tiempo en la calle. Con gente. Y hoy, desgraciadamente, pasamos más tiempo en casa y solos. Cada uno con su aparatoso.
Entonces gustaba ir al teatro porque aquello era un acontecimiento extraordinario largamente esperado. Tan extraordinario como el simple hecho de probar la primera sandía del año en el mes de julio. ¿Qué hay de extraordinario hoy en día? ¿Qué nos emociona? ¿Tenemos paciencia para esperar? La inmediatez parece ser el deseo más común hoy en día. ¿Cuántos regalos hay que pedir a los Reyes Magos para que un niño se sorprenda? Hemos llegado a tener tanto de todo que no valoramos lo que tenemos. Estamos perdiendo la capacidad de asombro ante todo lo que nos rodea. Lo que más nos llama la atención en teatro parece que es el famoseo y los artistas que salen en la tele. Y el juicio crítico del espectador ante el mejor teatro que ha pasado por el Silo deja mucho que desear. En este mundo de la información total al alcance de los dedos, el personal no se toma la molestia de informarse sobre lo que hacen Ronlalá, Atalaya... Y nos encontramos con aforos ridículos. Creo que habría que crear un plan a largo plazo para atraer al público al teatro. Sobre todo al público juvenil, que es el futuro.

– ¿Dónde hallamos la comedia en nuestro día a día?
– Buscamos la comedia con quien busca una venda para taparse los ojos. Y nos decimos: “- Ya está bien, no quiero penas.” Las tele comedias proliferan y no queremos ver nuestro estado de bienestar (horrendo y egoísta sintagma) manchado por turbias noticias que llegan de lejos. “¡Cambia de canal, que no quiero penas¡”, decimos a menudo. La comedia es el bálsamo que calma el dolor, pero la herida -el drama- del hombre es la misma desde que el mundo es mundo. Lo demás son paños calientes.

– El año pasado fue el pregonero de la Semana Santa. ¿Qué fue lo más bonito que vivió de esos días?
– Fue una experiencia interior única e irrepetible. Hay que buscar como Ulises y lanzarse sin red y con mucha fe. Tal vez no se llegue, pero un solo paso ya nos acerca a lo más alto. Jesús nos sorprenderá antes. Hay que remar mar adentro.

Miguel Ángel Cabrera, director del Grupo Teatral Jara. /REDACCIÓN


– ¿Qué son los silencios en el teatro?
– Angustiosos, como los silencios de Dios, si se deben a un lapsus. Necesarios, como la oración, si sirven para adentrarse en el interior del personaje.

– ¿El teatro es mentira o es verdad?
– Es una mentira radicalmente verdadera, una verdad descomunalmente falsa. Como los juegos infantiles en que repartíamos los papeles y, tras el acuerdo, el uno hacía de médico, el otro de tendero... A partir de ese momento, la vida real desaparecía y la única verdad era el juego. De la misma forma, siempre que un espectador siga creyendo que un actor con un trapejo en la cabeza puede ser una princesa, habrá teatro porque eso significará que no hemos perdido la capacidad de soñar.

– Usted fue de aquellos muchachos de Don Lorenzo Santacruz que se llenaron de emociones con el teatro. Podían haber buscado las emociones en otras cosas. ¿La línea de la vida es tan delgada que a veces caes a un lado o a otro?
– Sí, solemos marchar por encrucijadas. En unas somos nosotros quienes elegimos el camino a seguir; en otras no reparamos en que es el propio camino quien elige por nosotros. Y al paso de los años descubrimos el verdadero valor que esta opción sobrevenida ha tenido en nuestras vidas. De no habernos conocido en el teatro de los Salesianos, en el cine-club Don Bosco de Lorenzo, nuestras vidas habrían tomado otros derroteros. Sin embargo, treinta y ocho años después, el teatro sigue uniendo nuestras vidas.

– ¿El amor es el sentimiento más revolucionario de la vida?
– Sí, si se trata del amor bien entendido. No hay auténtico amor si no hay entrega total al otro, y eso no está al alcance de todo el mundo. Es un don para unos pocos, un reflejo humano de un amor más grande y más eterno que viene de arriba. En cambio, ese idea romanticona de que todo vale por el amor, es falsa. No vale todo. Amor y enamoramiento no son la misma cosa y los hijos valen infinitamente mucho más que el amor al uso.

– En la vida uno busca siempre una buena posición, un papel con un trabajo digno y bueno. En el teatro todo es diferente. ¿Por qué se buscan personajes desde lo más bajo y profundo?
– Hay teatro y acción dramática cuando hay conflicto. Un personaje cándido, bueno buenísimo, realizado y feliz no aporta nada al espectador. Ni siquiera suscitaría envidia. Las pasiones humanas, el miedo, el dolor se purifican cuando el espectador contempla la lucha de un hombre frente a su destino y siente compasión y padece con él y comparte idénticas inquietudes pues estamos hechos de la misma pasta. Necesitamos héroes en los que contemplarnos y que nos enseñen cómo alcanzar la gloria. Y este terremoto interior sólo existe en el teatro. Esto es lo que nos enseñaron los griegos: la catarsis.

– ¿Qué le ha dado el teatro?
– En todo lo que tengo, todo lo que soy y todo lo que he vivido ha estado presente el teatro. Como todo buen y fiel amigo supongo que me habrá dado mucho. Puede que más de lo que yo imagino.

– ¿Y qué le ha quitado?
– Nada. Prefiero pensar en positivo y no quejarme de lo que he perdido. Quejarse se ve feísimo.

– ¿En qué se ha convertido la política?
– En un gallinero, en un ring, en una lucha por elevarse a lo más alto del podio, en un patio de Monipodio donde se dan cita los que tienen la mano muy larga, en un parla- mento donde lo que menos se hace es parler. ¿Qué podemos esperar de políticos incapaces de ceder en sus posturas para así llegar a acuerdos en beneficio de todos? ¡Como si no tuvieran nada en común! Para trazar una autopista o mejorar la educación no es requisito indispensable ser del partido rosa, verde o amarillo. Cualquiera vale. Ni una autopista ni un colegio dependen de un color político.

– ¿Qué es el aplauso?
– Un dulce regalo envenenado.


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