La operación Ladrillo

ARTURO LUNA BRICEÑO


A veces los pueblos ven como su pasado vuelve al presente. Son cosas del cotidiano vivir. Pequeños detalles de una sociedad reducida, pero que quedan en el recuerdo y generaciones más tarde se muestran de nuevo. Uno de estos pasajes de la historia de Pozoblanco ha vuelto a suceder. Renace la operación ladrillo. Aunque en esta ocasión no sea como una solución habitacional. Lo hace en su agradable faceta de vestir muñecas. Una profesora del IES Los Pedroches ha tenido la feliz idea de que sus alumnos adolescentes se dediquen a vestir muñecas. Lo han hecho en Navidad para ayudar a una ONG y ha sido tal el éxito que ahora quieren crear una mini y juvenil cooperativa de vestidores de muñecos. El primer resultado ha sido que los jóvenes han conectado con sus padres y abuelos. Se han comunicado y puesto de acuerdo para llevar la iniciativa a buen puerto.

Y esto me recuerda que a mediados de la década de 1950 ya hubo un antecedente de esta feliz iniciativa: La operación ladrillo.


Jambrilla.

Se le ocurrió esta operación al Párroco de San Bartolomé Don Francisco Ruiz, que creó una tómbola que puso en la Calle Real y dio un ciento de muñecas para que las vistieran las mujeres de Pozoblanco. Fue un éxito total y el buen cura hizo seis casas en la Redonda de Pozoblanco, cerca de la Plaza de Toros.

Era Don Francisco un cura de los denominados de puertas abiertas. De aquellos que pensaban que la evangelización de los atravesados con la religión comenzaba escuchando sus quejas y reivindicaciones. Para que tuvieran un sitio seguro, plural e integrador, abrió las puertas de sus locales de par en par. Muchos de los que ahora presumen de “demócratas de toda la vida”, y que pasaron su niñez levantado la mano y cogiendo camaleones en los pinares del Puerto de Santa María, alambicaron allí sus viejos carnés azules para mutarlos en otros de colores más vivos. Otros, a fuerza de miccionar en el cuenco pétreo del pórtico, se convirtieron en anticlericales. Ahora piden que el corte de las viejas adhesiones inquebrantables se haga a partir de 1952.

Cruz del Pilar.

Gustaba Don Francisco Ruiz en pasar sus vacaciones visitando a familiares que tenía en la tierra de los gabachos. De esta manera estaba en contacto con las dos Españas, la que se quedó Pirineos abajo y la que saltó la raya para salvar la vida. Una postura tan conciliadora, como la que poseía este buen cura, le granjeo el respeto, la admiración y el cariño de Pozoblanco.

Los viejos luchadores se fueron ablandando y no rechazaban, cuando llegaba la llamada de la tierra, que el cura viniera a confortarlos.

Ocurrió que uno de esos veranos en que andaba don Francisco de licencia, se puso a morir un viejo jornalero. Uno de aquellos hombres que escondían en su corazón una idea exacta de la libertad y la república. Un sentimiento puro que esperaba, como el arpa de Gustavo Adolfo Bécquer, que una mano, blanca o negra, viniera a arrancarlo.

Pero su familia, ante el cariz que tomaba el viejo, decidió llamar al cura. Resultó que en San Bartolomé estaba de sustituto un barbudo franciscano. Uno de esos personajes seráficos con barba luenga, ayuna de tijeras y rapa. Y ante el llamado, allá que se fue el buen fraile a reconfortar al viejo luchador. Se acercó al lecho donde el anciano, con los ojos cerrados, jadeaba más que respiraba. Instintivamente notó que algo se inclinaba sobre él, y lentamente elevó el párpado y abrió el ojo. Ante su vista apareció la larga y poblada barba del fraile.

Animado por la improvisada visión, el moribundo sacó fuerzas de donde ya no las había, y exclamó: ¡Fidel Castro, ya has llegado tarde!



La Ramblilla.

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