La contracrónica del concierto de Raphael

EMILIO GÓMEZ
POZOBLANCO


Por la escalera del Silo al terminar el concierto de Raphael, una mujer iba diciendo a su marido “ha sido un viaje alucinante por nuestras vidas a través de su música y sus canciones”. ¡Casi nada, lo que iba diciendo! Pensándolo bien, podía tener razón esta mujer y entre sonrisas y alguna lágrima disimulada de la gente del público, Raphael hizo de fotógrafo musical tomando instantáneas de las vidas de los que estaban allí. No encontró ninguna silla vacía. Y es que a sus canciones van los enamorados, los que quieren recordar otra época, los que van a emocionarse y hasta algún que otro desengañado de la vida.

Cuesta trabajo creer que después de tantos años, siga siendo aquel que emocionó a aquellos jóvenes del blanco y negro. ¡El mismo! Se presentó en Pozoblanco de negro como si el tiempo no hubiera pasado por él. Menos recargado en sus movimientos, más espontáneo, natural y entrando muy suave en el alma con sus canciones. El correr del tiempo lo ha hecho mejor. Está como nunca, mejor que siempre.

Raphael estuvo apabullante en El Silo. /SÁNCHEZ RUIZ

Dice que no es millonario porque lo ha invertido casi todo en su carrera musical. Ha comprado los sentimientos con sus letras, acordes y voz. Hay que tener mucho talento para salir y que no se note que tienes 73 años, para cantar con una Orquesta Sinfónica en un concierto de dos horas y media y no acabar tapado y sin voz. Impresionante lo que el artista ofreció con un concierto que demuestra lo intemporal de la música. Todos sus himnos tuvieron la vitalidad de sus mejores días, la energía suficiente para el estallido musical que se produjo en el escenario.

Por desconcertante que parezca, no fue la nostalgia lo que presidió el concierto. Tampoco sus aspavientos. Lo que realmente deslumbró fue su liderazgo, su figura salvaje y a la vez cercana, y una interpretación mágica en sus composiciones, como si cada canción fuera un trozo suyo arrancado en algún momento de su vida.

Fue un concierto memorable. /SÁNCHEZ RUIZ

Estuvo apabullante. Un concierto memorable. Simplemente estaba en El Silo una figura que entusiasmó a la gente con una actuación poderosa y a la vez honesta, sin equívocos, con una demoledora descarga de entusiasmo. La gente se levantaba aplaudiendo, él cogía la batuta de la Orquesta. Se sabe que ésta iba sola (la Sinfónica) pero él estaba en un éxtasis tremendo con el público y con todo lo que le rodeaba. Desató el delirio con Mi gran noche y que decir de la balada clásica de Estar enamorado, o Yo soy aquel….y tantas canciones que cantó sin parar. Se las sabe de memoria pues lleva cantándolas desde los 70 hasta hoy. Y es que este artista no ha tenido ni infancia, la perdió con el sueño de ser cantante.

Valió la pena, decía un sevillano, quien había pagado en la reventa 150 euros por una entrada. Puede ser que no veamos nunca más a Raphael por aquí o que venga con 80 años porque no sabemos qué tomará pues cada día está mejor. Como el buen whisky.


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