El mejor gobierno: no tenerlo

MIGUEL CARDADOR LÓPEZ
(Presidente-Editor)


Desde el 21 de diciembre venimos padeciendo una repetición de adivinanzas y futuribles pactos de gobierno difundidos por parte de los medios de comunicación que raya el empacamiento. Han aflorado en estos tiempos de convulsión política un ilimitado número de tertulianos en radio y televisión y articulistas de opinión en periódicos impresos y digitales; muchos de ellos sectarios y simples voceros, con una clara, manifiesta e indisimulada parcialidad tendenciosa por un determinado color político. Lo cierto es que después de casi dos meses, todo sigue en el mismo punto muerto del día posterior a las elecciones, a pesar de lo que la mayoría de los periodistas vaticinaban.

Tirando de hemeroteca, recordemos que el país que más días ha estado sin gobierno definitivo ha sido Bélgica, que estuvo la friolera de 541 días seguidos con gobierno en funciones. La noticia no fue que las masas lincharan a los banqueros, ni que las rentas más bajas o los parados se dedicaran al robo en establecimientos comerciales.

La noticia no fue el desgobierno y el caos, sino más bien todo lo contrario. El Producto Interior bruto aguantó mucho mejor que el resto de la Unión Europea, el paro bajó hasta el 7’8 %, el salario mínimo subió 50 euros, se redujo el déficit, y la mayoría de la gente, que al principio protestaba porque no había Ejecutivo, terminó acostumbrándose a aquel Parlamento vacío y en paro, sentenciando los ciudadanos una frase recurrente a la clase política como: “si nos queréis iros”.

Analizando los aspirantes a Presidente del Gobierno que podría surgir de alguno de los cuatro partidos más votados, todos tienen más puntos en el debe que en el haber. Empezando por Mariano Rajoy, que sigue agazapado como un camaleón contra carros y carretas, mirando para otro lado, sin querer hacerse responsable de la multitud de casos de corrupción de alguno de los pesos pesados de su partido, teniendo el enésimo escándalo en el Ayuntamiento de Valencia, la gota que colma el vaso. Y para colmo a una de las más (presuntamente) directas responsables de esta trama, la señora Rita Barberá, la acaba de aforar en el Senado, al incluirla en la comisión permanente para blindarla ante la justicia. El señor Rajoy, si tuviera un poco de dignidad, hubiera presentado su dimisión, dejando paso a gente que no esté contaminada.

Pedro Sánchez, parece un maniquí del Corte Inglés, mucha fachada exterior y poco o nulo programa. El candidato que peor resultado ha obtenido en la historia de nuestra democracia con las siglas del PSOE, ahora pisotea su palabra y se agarra a cualquier pacto, por muy peligroso y dañino que fuere (de “progreso” le llama), para él poder sentarse como sea en el sillón de la presidencia del gobierno, aunque con ello España se desangre en todos los sentidos. A él que más le da, él quiere sobre todo y ante todo, como gran maniquí, un sillón de trono.

Pablo Iglesias, es el lobo feroz disfrazado de ovejita, todo lo que representa es puro marketing y puesta en escena frente a los medios de comunicación. Él, como buen y gran demagogo, vende que ha venido a salvarnos a todos, y que además siendo, según él, sabio, justo, puro e inmaculado, tiene la pócima mágica para arreglar todos los problemas. Lo malo es que su verdadera ideología es la izquierda más extremista y radical, que siempre busca romper el sistema, para convertirlo en un siniestro Estado dictatorial y controlador, que nos llevaría a la más absoluta de las miserias, al más puro estilo de su amigo, el venezolano Maduro. Ah, pero eso sí, él con su cartera bien llena.

Por último tenemos al fotogénico Albert Rivera, que es como los toreros que sólo han toreado de salón, y que en el ruedo no han hecho una faena ni con una becerra. Tiene buenas maneras, aire conciliador y platea opciones con cierto sentido, pero por otro lado ha apoyado a un gobierno en Andalucía inundado por la corrupción de los ERES, y en Madrid han hecho lo mismo con el Partido Popular.

En definitiva, que viendo las mimbres que tenemos para formar el cesto de un Ejecutivo con garantías y sapiencia, quizás mejor nos valdría que siguiéramos sin él y apuntáramos a lo que les pasó a los belgas, que el mejor gobierno fue el no tenerlo.

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