Sucedió en Los Pedroches y entre los lobos de Sierra Morena

EMILIO GÓMEZ
LOS PEDROCHES


Hay muchas historias que podrían ir al cine como realidades que superan a la ficción. El artículo que ustedes van a leer está basado en hechos reales. Ocurrió en Los Pedroches hace muchos años. Una mañana de junio de 1946 nacía en una casa de Añora, Marcos Rodríguez Pantoja. Era el menor de tres hermanos. Su madre, Araceli murió. Poco después, su padre, Melchor, se juntó con una mujer con la que se fue a vivir al campo entregando a unos familiares sus dos hijos mayores. Era la España rural de la posguerra. Marcos se quedó con su padre y malvada madrastra quien parecía sacada de los cuentos.

En aquellos años, vivían en una choza de palos y matorrales. Parecía un escondite más que una casa. A Marcos se le ha olvidado el nombre de su madrastra lo que no puede olvidar son sus palizas “me pegaba tan fuerte que hasta me mareaba y con todo lo que tuviera cerca, una vara, un tronco, una piedra, todavía me duelen sus palizas pues no me quería”. Lo mandaba a robar bellotas y cuando los guardas lo veían, le pegaban también y le quitaban las bellotas, “todavía cierro los ojos y pienso que me van a pegar”. En el campo hacían picón y vivían en la pobreza más absoluta. Fue quizás por ello que un buen día su padre lo vendió por un caballo y unas cabras. Un trato rápido. El señor que lo compró lo hartó de comer antes de llevárselo cuando anocheció a Sierra Morena donde vivía un viejo que guardaba cabras y al que ayudaba en el pastoreo. Marcos ya empezaba a estar solo en el monte a pesar de que solo tenía 7 años. Un día el viejo enfermó. Apenas se movía y era Marcos quien se ocupaba de las cabras. Una mañana, un búho le llevó hasta donde estaba el anciano moribundo quien le dijo a Marcos que se iba donde hacía tiempo quería ir. A las pocas horas murió y cuando Marcos estaba haciendo el agujero para enterrarlo aparecieron unos buitres quienes dieron cuanta del cuerpo y a los que Marcos no podía acercarse. “Se me tiraban, si no me voy de su lado se hubieran llevado mi cuerpo también”.



Así fue como Marcos se quedó solo en el inmenso monte rodeado de tierra y animales en aquellos años 50. Poco le duraron las cabras que tenían “me las quitaron como tantas cosas que me han quitado en mi vida”. Un día encontró a unos cachorrillos y se puso a jugar con ellos. Jugando se quedó dormido hasta que llegó la madre loba quien le enseñó los dientes. Mucho más cuando cogió un trozo de la carne que la loba le llevaba a sus crías. Pero poco a poco fue ganándose la confianza de la loba quien veía que el niño era muy querido entre sus cachorrillos. Marcos estaba perdido. No veía a nadie, solo ante la naturaleza de la que fue descubriendo su grandeza y de la que se enamoró perdidamente. Los animales era lo único y todo lo que tenía a su alrededor. Imitaba lo sonidos de ellos, sus movimientos y se vestía con pieles de los venados que mataba. Empezó a cazar en conjunto con los lobos quienes le arrastraban las presas hasta donde él estaba. Se comunicaba con ellos aunque no sabe en qué lenguaje “entre ellos hablaban, pero no sé lo que decían pues mi comunicación con ellos era por las caricias, sus gestos o si corrían”. Con el tiempo llegó a tener adiestrados un águila y un hurón, entre otros. Y es que la diferencia de él con los animales era que pensaba “yo era un lobo vestido con traje que sabía más que ellos en algunas cosas”. Esto le hizo ser el líder en aquel paraíso donde no tenía otra preocupación que comer y dormir. No tenía calendario alguno “sabía que venía el día, que salía el sol y que venía el oscuro y había que recogerse”. Cuando se cansó de comer carne, se inventó la manera de pescar. Tenía todo el tiempo para estudiar como cazar a sus presas en el agua donde pasaba horas y horas sentado a la orilla.

Marcos era un animal más pues como él dice “olía como ellos, comía como ellos y vivía como ellos y con ellos”. Un día, un guarda- bosques lo vio y avisó a la Guardia Civil quien dio con él. Su captura no fue fácil pues echó mano al cuchillo e intentó morderles. Una vez capturado lo montaron a caballo y lo llevaron a Fuencaliente. Su aventura en Sierra Morena había terminado. La vida que le esperaba iba a ser aún más complicada.



Una de las experiencias que más le marcó fue cuando lo llevaron a la barbería poco después de cogerlo “me sentaron en un sillón que daba vueltas del que me tiraba encima de él porque me creía que iba a volar y a estrellarme”. Lo peor es cuando sacaron la navaja para pelarme y afeitarme “creía que me iban a decapitar”. Me tiré a por el barbero mientras que allí decían de “dónde han sacado al mono éste”. Tuvieron que sentar a un hombre a su lado y ver como lo pelaban para que si diera cuenta que no le iban a hacer nada También fue traumático para él cuando le pusieron los zapatos “era como si me pusieran unas esposas en los pies, no me movía”. Días después de ser localizado encontraron al padre de Marcos. “Lo único que me preguntó al verme fue que dónde estaba mi chaquetilla, como si todavía pudiese seguir usando la misma ropa que tenía cuando me fui”.

Marcos recuerda su regreso a la sociedad como el momento en que más miedo tuvo en su vida. “No sabía para dónde tirar, sólo quería escaparme al monte”. No lo logró. Su destino siguiente sería las monjas del Hospital de Convalecientes de la Fundación Vallejo de Madrid. Lo mimaron mucho y lo prepararon para hacer la primera comunión con 20 años. Le enseñaron cómo era la vida civilizada “me explicaron de que si uno se acostaba con una mujer salía un chiquillo”. Marcos dormía debajo de la cama porque era incapaz de estar encima sin pensar que algo le iba a pasar. Lo que siguió después fue un duro peregrinar de una ciudad a otra por diversos trabajos, más que nada de camarero en Palma de Mallorca y por tierras malagueñas. Sus peores días los pasó en el Servicio Militar “estuve poco, me echaron por peligroso, menos mal que nos daban balas de fogueo pues me liaba a tiros con medio cuartel”. De lo que más se arrepiente es de no saber leer “no sé por qué no me llevaron a un colegio para aprender, ahora eso lo echo en falta”. Para él adaptarse a la vida entre personas no fue fácil “dicen que contaba mucho mi historia pero es que yo no podía mantener una conversación, pues no sabía de fútbol, ni de política ni leer. Era un aburrimiento estar conmigo, ya sé un poco más de todo, no mucho”.



En Fuengirola conoció a Manuel, un policía retirado quien le propuso que se fuera a vivir con él a un pueblecito de Orense donde vive actualmente. Manuel era viudo y lo recogió por pena aunque desde siempre se llevó muy bien con el protagonista de esta historia que cuenta que “en Galicia llueve mucho y el cielo está más negro”.

Luego llegó el libro de su vida, la película ‘Entrelobos’ y la vida entre charlas contando lo que fue un cuento que comenzó en Los Pedroches y siguió en lo que hoy es el Parque Natural Cardeña-Montoro. Aunque esto sucedió hace muchos años, describe perfectamente como hemos sido siempre, una zona perdida en la nada donde uno se podía perder y estar 12 años sin que lo encontraran. Llegará el día donde nuestra tierra sea un lugar al que tengan en cuenta, del que se acuerden que existimos y del que disfruten pues tenemos tanto que tardarán mucho en descubrirnos cuando nos encuentren.


No hay comentarios :

Publicar un comentario en la entrada