El pellizco de los pozoalbenses ausentes que regresan a su pueblo cada Romería

EMILIO GÓMEZ
POZOBLANCO


Cada adulto que nació y creció en Pozoblanco, lleva en su corazón los lugares que fueron testigo de sus juegos infantiles y sus andanzas adolescentes. Este fin de semana será muy especial para los ‘tarugos ausentes’ con la Romería de la Virgen de Luna. Unos podrán venir y otros lo vivirán desde la distancia. Me manda Arturo muchas fotos de otras romerías y veo que se celebraba igual hace años y siglos que ahora. Es cierto que en el camino del tiempo, hemos perdido un mundo con artesanos, herreros que te atendían en el patio de la casa, fábricas de carpinteros, afiladores. Hay una cosa que llama mucho la atención y que ven los de fuera más que los que estamos dentro, son los cambios del pueblo. No siempre son para bien. Los sitios transforman la vida de la gente y cuando desparecen esos lugares solo queda espacio para la nostalgia.

Pozoalbenses haciendo el camino en la Romería de la Virgen de Luna. /JUAN BOSCO CASTILLA


La fiebre que hubo de construir, hizo que todo se transformara cuando teníamos un patrimonio arquitectónico excelente. El lema de la vivienda moderna era hacer de un viejo taller, carpintería o huerto; un loft de dos plantas, dúplex o local comercial. Ahora el local está sin alquilar y la vivienda de arriba sin utilizar. La modernidad se halla, en ocasiones, estrechamente ligada con la imbecilidad humana. No es buena señal que los pueblos pierdan su identidad por jugar a ser modernos y que sus representantes vayan a las capitales a copiar ideas.

Otro de los patrimonios que tenemos, es nuestra manera de ser que no podemos perder y eso se conserva manteniendo nuestras tradiciones como la de celebrar la fiesta de la Virgen de Luna. La gente transforma mejor los sitios que los planes de urbanismo.

Somos un pueblo y una comarca, de esto tan sencillo nunca nos podemos olvidar, pues tenemos nuestra forma de hablar y de vivir. No sé por qué, pero lo tarugos ausentes, añoran ese equilibrio perfecto que tenemos en los pueblos, un silencio tan tranquilo como la buena música. La gente se enamora de su pareja, de un equipo de fútbol y por supuesto del pueblo donde nació y quizás lo eche más en falta que nadie cuando está fuera. Mucho más quien se ha marchado sin más posesión que su sentimiento, sin dinero y con un porvenir por encontrar.

Niños en el suelo bailan al son del tambor de la Virgen de Luna y reciben caramelos que lanzan vecinas. /SÁNCHEZ RUIZ


Uno tiene la raíz de la tierra donde salió. Unos se fueron buscando salida a sus conocimientos profesionales y universitarios. Sin embargo, no olvidemos que otros se despidieron de los suyos y salieron del pueblo en busca de trabajo pasando lo suyo, viviendo en pisos de alquiler o compartidos, logrando un empleo en unas empresas donde trabajaba mucha gente y adaptándose a una vida que no era la suya, en un mar donde no habían nadado. Muchos se han sentido extraños y desubicados fuera de su tierra. El que viene de fuera, viene contando lo bueno que le ha pasado aunque no menciona ese pellizco que tiene al vivir tan lejos de la tierra que los vio nacer. Me contaba un buen amigo que irse del pueblo es sentirse al principio desvalido, inseguro, como esos niños a los que internan en un colegio y los apartan de la calle de su barrio donde salían cada tarde a jugar con la torta y la jícara de chocolate.

Casi todos los que se marcharon un día, prometieron volver cuando se estaban despidiendo. Unos regresaron rápido, otros nunca y algunos vivieron o tienen pensado vivir sus últimos años en su pueblo para seguir visitando los lugares de su infancia, aunque las cosas no sean lo que eran pues han desaparecido cafés y tiendas que estaban en alguna esquina y puede que ni esa esquina esté ya. Lo que los une a todos, es que mientras están fuera la mayoría tienen ese objetivo, volver.

En los pueblos hay muchos barrios de población envejecida quienes intentan una convivencia con la gente joven que no siempre es fácil. No obstante, Pozoblanco como los pueblos de la comarca, tienen ese aire acogedor que nos transporta a esas casas de nuestra infancia en el que vivimos, en un tiempo, junto a nuestros padres donde compartimos juegos con los vecinos de la calle o de la escuela. Todas las historias que uno tiene con su pueblo las cuenta cada Romería entre encinas, sentados en sillas plegables y con la merienda platos y vasos de plástico, tortillas de patatas, filetes de lomo, salchichones y chorizos.

La Virgen de Luna es portada por los Hermanos de la Cofradía. /ARTURO LUNA BRICEÑO


En este día, se recuperan viejas amistades que han quedado en suspenso durante la ausencia. Es por eso que es un día tan bonito para todos y en especial para los que no viven durante el año aquí, y acuden a la Romería para compartir un pedazo de tiempo verdadero.

Durante este fin de semana, cientos de pozoalbense ausentes toman las casas abandonadas que tienen, arrastrando sus equipajes frente a la puerta de la entrada. Muchas, de estas casas, son heredadas de sus padres y fueron en otro tiempo su hogar. Llegan para poco pero ese poco es reconfortante. Allí , entre esos muros, dejaron su juventud como reflejan las fotos que cuelgan en sus paredes que son la muestra de ello, de lo que fueron.

“Es estupendo para los que venimos de fuera ir al Arroyo Hondo cuando ya está cayendo la tarde, empezando a anochecer y ver las huertas que duermen junto al pueblo”. Eso me decía un paisano ausente. Y es que aunque parezca mentira en el camino de la Virgen es donde empieza todo y donde termina también todo. Es como si nada hubiera cambiado.


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