Compartir la ilusión de Reyes

RAFAEL MUDU
(Psicólogo Sanitario ASNC)


Como otros años, acabamos de pasar el día de los Reyes Magos.

Un día en el que muchas personas hablan de creer o no, de disfrutarlo o no, de tradiciones, de materialismo o de religion.

Para mí vuelve a ser uno de esos dias del año en los que tenemos la oportunidad vital de escoger algo positivo de la vida o de quedarnos con la parte menos agradable de esto.

El día de Reyes puede ser un día en el que influyan todas aquellas cosas que hemos nombrado, pero que también podemos decidir aprovechar la oportunidad que la vida nos ofrece para vivir un día tan especial como nosotros queramos.

La ilusión no es sólo exclusiva de los niños y niñas, todos nosotros y nosotras podemos vivir este, como un día ilusionante. Lleno de vida y de sentimientos de agradecimiento por poder compartirlo con nuestros pequeños y pequeñas.

Que nosotros tengamos claro qué nos van a echar los Reyes, no significa que no podamos disfrutarlo con la misma ilusión que un menor. Cualquiera que tenga hijos o hijas y vea como viven ellos este día, verá que no todo depende del regalo, sino de como se vive la experiencia.

En los días previos la ilusión se va creando a base de expectativa de algo maravilloso aunque no se sepa que. Sólo es expectativa de que algo será chulo, bonito, grande, único, especial. Esta expectativa ayudada por las palabras ilusionantes de padres, madres, titos y titas, el ambiente especial. Incluso las cabalgatas de Reyes que, estemos o no de acuerdo con el gasto que puedan suponer, lo que está claro es que en los pequeños y en los mayores que miramos con sus ojos produce un especial incremento de esta ilusión debido a que son la antesala del momento especial de los regalos.

Luego, el jugar, el compartir, el montaje, los primos y primas. Todo se convierte en un guirigay que puede ser muy especial. O latoso, claro. Según decidamos vivirlo.

Es cierto que algunos lectores me dicen que ellos o ellas no pueden vivir las emociones como yo digo en mis artículos. Ellos no deciden sus emociones, me dicen.

Sin embargo, si observamos lo que hacemos los días previos. Las cosas en las que pensamos los días previos, aunque no seamos conscientes de ello, nos llevan a vivirlo de una u otra forma. Y creedme cuesta tanto esfuerzo vivirlo con tristeza o enfado como esforzarnos por ilusionarnos. En ambos casos debemos tener unos pensamientos, emociones, ideas, acciones y mantenerlos en nuestra mente. Debemos ser congruentes con ello. De eso se encarga nuestro cerebro. De mostrarnos una realidad congruente con los pensamientos que tenemos y con lo que le hacemos ver como importante. Si para nosotros la ilusión de estos días es lo importante en ellos, nuestro cerebro buscara hechos, ideas, emociones etc., que refuercen y sean congruentes con ello. Si le decimos que lo importante es el despilfarro, el gasto innecesario, la no creencia en la ilusión, etc. También se en cargará de mostrarnos razones para ello.

Claro que la mayoría no hacemos esto de forma consciente, lo hemos aprendido de pequeños o en según que circunstancias de la vida.

Pero ahí es donde viene la decisión a la que me refiero antes. Yo decido si mantengo las creencias, ideas, actitudes, aprendidas o heredadas; o, como en otras cosas de la vida, decido cambiarlas por otras nuevas, más emocionantes, más vivas, mas ilusionantes y que me harán más feliz en estos momentos.

Todos y todas tomamos decisiones de este tipo a lo largo de la vida. Dejamos de creer en una religión, nos cambiamos de equipo de fútbol, dejamos las aficiones de nuestros mayores o las cambiamos por otras. Y tras cada una de estas decisiones, nuestro cerebro se encarga de hacer congruente con ellas lo que sigue en nuestra realidad. Incluso, si no cambiamos, si no decidimos... Ya lo estamos haciendo: ¿decides, o te dejas llevar? Tú dispones.

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