Que vienen los cómicos

ARTURO LUNA BRICEÑO


Durante años, ésta palabra, era el aviso desesperado que invitaba a recoger el gallinero, cerrar las casas y apretar la cincha de la cartera. En Pozoblanco la llegada de los comediantes, con sus carros cargados de miseria y fantasía, más de lo primero que de lo segundo, era celebrada. Cuentan los viejos del lugar que existía un teatro en la Calle de la Iglesia, en la que actuaban las compañías de la legua. Algunas las formaban familias. Conocidos eran los Arriola, los Sabatini, los Segura…, unas sagas que mareaban el hambre en un constante nomadeo, por pajares, corralas y tablaos. Yo recuerdo, cómo una de ellas se quedó a invernar con su carpa en el Cine Avenida, que era un solar junto a “Ca el Rana”.

Estas compañías tenían un repertorio paralelo al hambre. No se sabía con certeza cuál de los dos era mayor. Actuaban a diario, y a veces preferían que se les pagase con un cuartillo de harina o una porción de habichuelas. Algo que se convirtiera en proteínas para seguir manteniendo la afición.

Cuentan las crónicas jocosas del “solar de los tarugos” que un día, en el primer tercio del siglo pasado, llegó al pueblo una compañía de teatro, de aquellas que solía traer tres o cuatro cómicos, era según el orden del Marques de Heliche, algo más que un “bululú” que tenía un solo actor, un “ñaque” que se componía de dos. Estaba esta reunión de cómicos entre la “gangarilla” (que eran tres actores y uno más que hacía de dama) y el “cambaleo” (que eran más de cuatro y una dama), y se dispuso a representar “Don Juan Tenorio”.

Hete aquí que, poco antes de alzar el telón, se indispuso o se desmayó de hambre el galán, y para “reponer” al burlador, eligieron a un buen aficionado del pueblo. Un zapatero que se sabía de memoria un sin fin de comedias clásicas y representaba bastante bien. Le colocaron el traje del cómico, y como era de esperar, le venía algo estrecho. Se sentó en el sofá, y la Doña Inés, que era guapa y cómica, se acercó al Don Juan remendón, hasta casi fundir su aliento. El menestral de la suela vio cómo la naturaleza le animaba los instintos, y un bulto crecía entre su entrepierna. La estrechez del pantalón, que lo mostraba como lomo embuchado, y el estar sentado de frente al público en el diván, exhibiendo ostensiblemente “la hinchazón”, lo que le obligaba a intentar mermar el efecto presionándolo con sus manos, a lo que un compañero, del cabo, el cerote y las puñetas, que estaba de espectador en uno de los palcos de la corbata, que eran habitáculos que casi formaban parte del escenario, le espetó: ¡No le “jhurgues” que es peor!


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