Por Santa Catalina, mata la gorrina

MIGUEL CARDADOR LÓPEZ
(Presidente-Editor)


En estos días que el frío empieza a calar en los huesos y los árboles presentan desnudez de hojas, vienen a mis recuerdos aromas de infancia y adolescencia relacionados con la matanza.

En estas fechas era cuando mi madre hacía la relación de los enseres y condimentos alimentarios para la misma. Como hermano pequeño acompañaba a mi hermana Cati a la tienda de ultramarinos de casa Cantador, en la esquina de la Avenida Villanueva de Córdoba con la calle Santa Ana. Tripa de distintas medidas, matalahúva, pimentón, cominos, orégano, sal, etc. Aún conservo la mezcla de olores de aquel comercio. Hasta que por normas sanitarias se prohibió el sacrificio de animales en viviendas, a finales de los años setenta en mi casa todos los años se celebró la típica matanza de dos cerdos, aproximadamente de unas 15 arrobas. A primeros de marzo era cuando mi padre compraba los lechones de poco más de media arroba.

Durante décadas el cerdo era la base de la alimentación de los habitantes de Los Pedroches, siendo animales que convivían en cada casa, por ello todas las viviendas disponían de zahúrda. Mis padres elegían normalmente la fecha de la festividad de la Purísima, para de esta manera tener dos días para realizar el laborioso trabajo de la misma. En tan sólo ocho meses los cerdos habían pasado de media arroba a quince arrobas, teniendo como base de alimentación harina de cebada, bellotas, cebada en remojo, verdolagas, habas, cáscaras de melón y sandía, y algún otro.

El día de la matanza era uno de los días más felices para mí del año, ya que yo soy el menor de los cuatro hermanos y también el de menos edad de todos mis primos por parte paterna.

A las cinco de la mañana se levantaban mis padres, que preparaban la gran caldera de cobre llena de agua junto a la candela, y mi madre preparaba el café, las perrunas que había hecho unos días antes en la panadería de la Agrupansa en el campo chico, las botellas de anís dulce, seco y coñac y también el guiso de patatas con espinazo que se comería al mediodía, y de postre melón de los que aún quedaban colgados en la cámara.

El olor del café de puchero nos hacía despertar, y cuando aún no había amanecido mis dos hermanas mayores, Cati e Isabel, estaban preparadas y empezaban a llegar los familiares que ayudarían: mis primos Teodoro, Honorio, Manolo, Francisco, mi tío Manuel, mis primas Catalina, Modesta, etc., también los entonces novios de mis hermanas, Miguel y Nemesio, el matador, que recuerdo a varios, mi tío “Púa”, Juan García y el “Tanancho”, también mi padre, que tenía una habilidad especial, hizo más de una vez de matarife.

Mi hermana Elisa y yo éramos los que mejor escapábamos, ya que al ser los más pequeños, disfrutábamos de todo aquel espectáculo a nuestro aire, sin tener que doblar el lomo.

Esos chupitos de anís dulce, la crujiente perruna, las “tajaíllas”, el hígado asado, el disfrute balompédico con la vejiga del marrano y, sobre todo, la magnificencia que te transmitían las personas y familiares que allí se concentraban, en nuestra edad infantil nos producían una alegría y un confort indescriptibles. Ese era un día que además servía para fortalecer las relaciones familiares, ayudando y compartiendo viandas típicas.

Mi madre Luciana, que era la que se levantaba la primera y se acostaba la última, ese día me decía: “anda niño, acuéstate con tu padre, que a mí me queda tajo”. Así que no podía terminar mejor la jornada que acostándome con mi padre en la cama de matrimonio, que no sé por qué dormía como los propios ángeles.

Ahora, por Santa Catalina, no matamos la gorrina, el tiempo y nuestro desarrollo la han aniquilado, pero lo que jamás podrán quitarme como a la mayoría de mi generación de nuestra comarca, son los recuerdos de amistad, familiaridad y convivencia, acompañados de aquella mezcla de olores peculiares y característicos, del que para mí era uno de los días más felices del año: “La matanza casera”.


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