La increíble historia del enterrador al que le daban miedo los muertos

ARTURO LUNA BRICEÑO


La historia ocurrió coincidiendo con la emigración que a mediados del siglo pasado ocurrió en España, donde la población rural cogió su petate y como Lola la Cantaora se fue para otros lares en busca de pan, cobijo y a veces dignidad.

En Pozoblanco, fuimos muchos los que emprendimos caminos en busca de cumplir ilusiones o mejorar de vida, entre ellos el enterrador, que con su familia vivía dentro del cementerio. Y ocurrió que nadie quiso hacerse cargo de la plaza que dejó vacante y mucho menos ocupar la vivienda vacía. Así que fue el Ayuntamiento el que designó a uno de sus asalariados para que cumpliera su jornada laboral en el Campo Santo.

Y sucedió que un día, en que el funcionario municipal andaba en su tajo retocando un nicho en el que el día anterior habían enterrado a un difunto, oyó que en el interior de la tumba se producían ruidos. Eran unas respiraciones profundas. Un jadeo que bien pudiera ser que el muerto que ocupaba el hueco hubiera resucitado y tratase de apurar el poco aire que debía de haber en el habitáculo. El forzado enterrador no se lo pensó, tiró las herramientas y salió del recinto como alma que lleva el diablo.

Avisadas las fuerzas vivas se presentaron con todo el protocolo que exigía un acontecimiento como el que les había narrado el enterrador. Tras tomar las medidas legales se procedió a romper los ladrillos que cegaban el nicho. No se habían quitado muchos de ellos cuando del fondo de la hornacina apareció volando una lechuza de gran tamaño. Así se explicaron las aparentes respiraciones y se dio la versión oficial de que la rapaz estaba dentro del nicho y al meter el ataúd se le tapó la salida y no pudo huir.

Caso zanjado para todo el mundo, menos para el enterrador, que desde entonces su miedo al oficio se convirtió en pánico y cuando se encontraba solo en el Campo Santo se salía del recinto y se sentaba en la puerta. Enterado el alcalde le mandó al jefe de personal para que fuera a comprobarlo y efectivamente, el asustado funcionario estaba allí sentado en el batidor de la capilla. Nada más verlo el emisario municipal le dijo:
¿Tú qué de portero? 
A lo que el enterrador le contestó:
¡Qué va, de defensa! 
Y el vigilante mandado por el alcalde molesto le replicó:
Pues te voy a sacar la media y te voy a dar la delantera. 
Y el aludido, con ese zumbe tarugo en que se mezcla la rapidez mental y la ironía contestó:
A mí me da lo mismo –y, encogiéndose de hombros y sin inmutarse, le espetó— ¡Mientras juegue en el equipo!


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