Recordando al Farrago con sus helados y chucherías

EMILIO GÓMEZ 
POZOBLANCO


Avanza a paso lento con su andador, se detiene en un retrato, levanta la mirada y apunta al centro de la imagen, como si estuviera acariciando la foto.

- ¿Le conoce?, pregunta.
- Mi marido. ¡El Farrago!, dice Luna Cabrera a sus 89 años.

Sin duda, hablar de él es volver a la infancia. Los domingos después de la catequesis íbamos a comprarle chuches. Nos endulzaba la vida. Pero detrás de un puesto de chucherías está un hombre que estaba todo el día imaginando lo que podía hacer. El ‘helao rico’ que escuchábamos cuando pasaba Elías Sánchez por nuestras calles. Un carro lleno no solo de helados sino de patatas, cortezas, altramuces que él elaboraba de forma artesanal en su casa donde se mezclaban cientos de sabores. Sus arropías, barquillos, avellanas. Tenía de todo y en un carro.


Muchas veces, el carro llevaba a una corte de chavales, que cuando la calle se empinaba le ayudaban a subir al Farrago quien le obsequiaba con un polo. Su carrillo de mano era pesado. ¿Cómo podría tener de todo? El helado que él hacía todavía lo recuerdan muchos. Maravillosas las barricas de helado. Era tan fino que estaba delicioso. Leche natural, azúcar y vainilla. Los polos de todos los sabores. Limón (el más pedido), fresa, vainilla, chocolate.

En todas las fiestas estaba puesto. En feria siempre donde estaba el arco de antes justo por ‘El Verdura’ donde acababa la calle la Feria. También los buscaban los niños y mayores en las Verbenas de San Bartolomé, San Gregorio o San Antonio. Sus arropías eran deliciosas y cuando las hacía, no solo colaboraba su casa sino toda la vecindad. Eran otros tiempos dice su hijo Elías quien recuerda que “todo el mundo conocía el carro de su padre, el cual se entregó en cuerpo y alma a su trabajo”. Todavía guardan antiguos moldes, frigoríficos, carros y tanques de esa época donde los domingos eran tardes de paseo y de ir a comprar al Farrago. Los tesoros de los niños del pueblo los tenía en su puesto. Un montón de pipas. Los garbanzos tostados que ponía en cartuchitos. Los caramelos de papel celofán, redondos y amarillos. El tracto Zara envuelto en celofán que lo trajo de Zaragoza. Los chicles Bazooka. Las pipas de Los Curros. Las galletas de Nelia. Y los cromos que los niños juntábamos ya en su kiosko.


Los niños se gastaban las pesetas-antes los reales- en El Farrago. Pero no solo los más pequeños, sino los más grandes pues de Ayamonte traía la gamba blanca de Huelva, vía tren.

Arreglaba divinamente los cangrejos y todo lo que se ponía a hacer. También con su cesta o canasto iba a los bares vendiendo. Era otra forma de vida. Su hija Mari Carmen, recuerda también que aparte de su destreza estaba su ojo para adquirir cosas que luego se venderían bien. Recuerda las maquinistas de fotos donde salía el muñequito e insiste en que aquél helado que hacía su padre era delicioso.

Todo muy trabajoso, apunta Luna Cabrera, “no quise que mis hijos siguieren con el negocio pues era un oficio que no tenía horas”. Desde primera hora de la mañana, los escolares iban al Callejón de las Monjas donde vivía El Farrago. Los niños se llegaban antes de ir a la escuela aunque no como ahora. Antes las chucherías eran para los domingos. Los niños no tenían o no se les daba tanto como ahora, recuerda Luna aunque indica que disfrutaban más los niños con las chucherías que eran también más sanas que antes.

En el mundo maravilloso en el que vivíamos los chavales de aquella época estaba el puesto, la cesta y el Kiosko del Farrago. No se nos olvidará las cosas que llevaba y vendía. Los chupetes de caramelo, los martillos, las garrapiñadas. Era un momento mágico cuando te acercabas donde estaba para que te despachara un helado de aquella barra de helado artesanal, los caramelos Sugus que se pegaban al papel y los sobres sorpresa.


Recordar a Elías Sánchez, conocido como ‘El Farrago’ es recordar la infancia y juventud de unos años de traje de domingo y romerías donde siempre íbamos a comprar a su puesto, esas cosas que nos hacían tan felices.

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