Historia del comercio en Pozoblanco. El Rey Melchor de ca el catalán

Hoy quiero rendir homenaje a un protagonista excepcional del comercio en Pozoblanco. Su nombre es Melchor, uno de los reyes oferentes que acudieron a Belén para agasajar al Niño Dios. Pero este Melchor de mi niñez era un rey catalán fabricado en cartoné y decorado con colores vivos. Y como si tuviera el espíritu de una perruna o un polvorón, todos los meses de diciembre aparecía puntual en el escaparate de La Casa de Bosch que estaba en uno de los esquinazos que hacía la Plaza de Abastos con la Calle Ayuntamiento.

El Rey de Casa de Bosch estaba rodeado de un mundo de juguetes de hojalata, pepones y peponas de cartón, pistolas, escopetas y otros juguetes, que era lo que se llevaba en los años del hambre, que es cuando yo trabé conocimiento con este soberano acartonado. Años duros en que solían traerle los reyes a los muchachos un poco de ropa, los más afortunados, y a otros algún que otro dulce, caramelo o chocolate: que podía ser de Valeriano Herrero o de Hipólito Cabrera, que los dos estaban “mu güenos”.

“Pa la Purísima” se veía a una procesión de muchachos y muchachas que iban a “Ca el catalán” a ver los juguetes. Allí pegábamos las narices a los cristales del escaparate y le pasábamos revista a la exposición de juguetes que estaban perfectamente colocados en la pared del negocio. Permanecíamos mirando la oferta hasta que nos salían sabañones en las orejas. Cada uno hacía su elección. Tomábamos nota de lo que queríamos y nos íbamos a casa a escribir la carta para el Rey Melchor:


“Querido Rey Melchor, he sido un niño “mu güeno” y buen estudiante. He obedecido a mis padres y no me he peleado con mis hermanos, por ello quiero que me traigas una escopeta de dos cañones, un avión, un camión y un lagarto de mazapán. Espero que te acuerdes muy bien de la calle en la que vivo. Mis señas las pongo en el remite con letras grandes para que la puedas leer hasta por la noche”.

Carta en mano, de nuevo “pa Ca el Catalán”, entraba en la tienda lleno de emoción y esperanza y me dirigía al Rey Melchor, con la misma solemnidad que lo pudiera hacer a la más alta autoridad, y depositaba la carta en el cofre buzón que portaba el Mago de cartón. Son recuerdos que me vienen a la mente y me evocan los olores y los sonidos del Pozoblanco de mi niñez, que poco tiene que ver con el actual.

Pero como siempre ocurre, no todos tenían el respeto que yo le daba al Rey Mago. Los había descreídos o avisados que pidieran lo que pidieran le iban a regalar lo mismo. Otros más atravesaos o cachondos le escribían: “Rey Melchor quiero que me traigas una muñeca, pero que no se parezca a la hija de Bosch”.

Siguiendo mi costumbre de no dar motes ni citar defectos físicos, le he pasado la censura a esta última petición. Ya que el pedidor de la muñeca lo que quería es que el juguete tuviera la mirada derecha y limpia. Y no un ojo para San Gregorio y el otro para San Bartolomé. No sé si me he explicado.

Ya le había perdido yo la pista a este gran personaje del comercio de Pozoblanco, que debió de aparecer en el pueblo a primeros del siglo XX, pero debo agradecerle a Bartolomé Moreno que me dejara fotografiarlo. Gracias. Así que a todos aquellos que aplastaron su nariz en el escaparate de Casa de Bosch. Que aguantaron el frio de diciembre hasta coger sabañones y que llevaron sus ilusiones, de manera epistolar al cofre real, le dedico este recuerdo.




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