España invertebrada

PEDRO JESÚS ARÉVALO FRUTOS
(Ldo. en Medicina y Cirugía)


En este país si llevas a cabo una muestra de patriotismo, como por ejemplo portar una pulsera con la bandera nacional, algo frecuente y común en todos y cada uno de los países de este planeta, automáticamente eres catalogado como facha.

Se presupondrá que eres defensor de la tauromaquia, tenderás a ir a caballo hasta a comprar el pan y tu tendencia natural será a lucir patillas y cabello engominado. Devoto de misa dominical, tu hilo musical oscilará entre el dial de Radio María y las canciones de Bertín Osborne.

Tu fuente de información será el diario El Mundo y tus lecturas estarán pobladas de las obras de César Vidal. Es decir, políticamente hablando quedarás a la derecha del Capitán Trueno. O serás partícipe de esa mentira tan Popular hoy día, de “centro”.

Si por el contrario no eres proclive a la expresión patriótica, de cara a la galería eres un rojo en toda regla. O yendo más allá, el vecino se disfrazará de inquisidor y te etiqueta como comunista. Vade retro Karl Marx. Se presupondrá de ti que eres antitaurino, ateo y proabortista. Simpatizarás con el independentismo aunque nunca te hayas pronunciado al respecto.

Y pobre de ti si llevas pelo largo, rastas o tatuajes; pues entrarás en esa tribu denominada perroflauta, y tu mayor aspiración en la vida será vivir del cuento, consumir sustancias estupefacientes, jugar al diábolo y opositar a okupa. En otras palabras, estarás a la izquierda de Vládimir Uliánov y tu cruz será una hoz y un martillo.

En tiempos pasados pequé de esta visión simplista del ser humano, cuando a tierna edad la política entra en tu vida cual estampida de Jumanji . Fui imbécil, como todo adolescente que se precie. Y aún hoy día, como humano que soy, a menudo yerro y vuelvo a tropezar con una piedra que pensaba haber dejado atrás. Quien esté libre de pecado, que tire dicha piedra.

Si te prestas a conversar con los miembros de uno y otro supuesto “bando”, práctica en desuso en los tiempos que corren donde caemos en la crítica primero y la pregunta pretérita, vislumbras que la mayoría de nuestros congéneres se encuentran a caballo entre una postura y otra. Ni tanto ni tan calvo.

Lejos de manidos clichés y términos peyorativos, la mayoría de los ciudadanos en realidad valoran la política como algo repudiable y simplemente quieren un trabajo digno y poder llevar un plato a su mesa. Esa postura no sabría catalogarla ni como de izquierdas ni como de derechas; sino más bien de llano sentido común.

Ojalá esta sea la última generación que crece con la visión sesgada que produjo lo que hicieron en la Guerra Civil sus antepasados. Guerra donde no hubo ni buenos ni malos. Donde no hubo vencedores, solo vencidos, dolor y muerte. Donde la mayoría no eligió un bando por convicciones políticas sino movido por la franja territorial en la que le tocó vivir.

Invito a la lectura de “Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie” de Juan Eslava Galán, muy ilustrativa al respecto.

Creo que creceremos como país y nos ganaremos el respeto ajeno cuando empecemos a respetarnos a nosotros mismos y al que tenemos al lado.

O como resume una de las películas que mejor ilustra mi infancia: “Hakuna Matata, vive y deja vivir”.


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