Entrevista a Vicente Cámara Rubias, fabricante de juguetes

EMILIO GÓMEZ 
POZOBLANCO

Al levantar el interruptor del diferencial de su pequeña fábrica de juguetes, se escucharon las señales horarias de las siete de la mañana en la radio. Su perrita Daniela salió a recibirlo moviendo como siempre mucho el rabito. Iniciaba un nuevo día entre juguetes y fantasías. Pero este día estaría marcado por una caída, la de una caja grande que llevaba años y años en una vieja estantería donde estaban los juguetes olvidados. La caída hizo que un payasete de madera saliera despedido. Cuando lo recogió pudo ver que el daño que tenía no era el de la caída sino el del paso del tiempo. Había estado tan encerrado entre cartones que había perdido el color de antaño. Además le faltaba su oreja derecha. Lo que aún conservaba era su nariz grande y roja y una gran pajarita que aunque arrugada aún le quedaba elegante a Don Curioso. Así se llamaba el payaso de fieltro que le transportó a Vicente a aquellos años felices de su juventud perdida.

Poco después llegué yo con grabadora en mano y en medio de la nostalgia que tenía repasó conmigo su aventura entre juguetes y una vida dura pero apasionante.

Cámara en plena faena con sus juguetes. /E.G.


– ¿Cuándo comenzaste a trabajar en el mundo de los juguetes? 
– Pues en 1977 en Vic. Yo estaba en Barcelona trabajando en un restaurante cuando un señor se acercó a mí y me invitó a que viera su fábrica. Allí empecé a trabajar la madera y los sueños por hacer cosas. Fue cuando di rienda suelta a mi imaginación porque son trabajos creativos donde siempre estás intentando hacer cosas nuevas y de fantasía.

– ¿Con qué edad te fuiste a tierras catalanas? 
– Con 16 años. Quería buscar mundo por mi cuenta. Un día me enamoré de una maleta que había en el antiguo supermercado de Olid. Al mirarla pensé que la tendría que llevar a Barcelona donde tendría la oportunidad de realizarme. Se lo dije a mi madre quien se negó en rotundo. Por mi insistencia y la ayuda de una vecina, logré convencerla.

– ¿Recuerdas con claridad ese día? 
– ¡Cómo no!, fue de los más felices de mi vida. Era una maleta marrón claro, la última que quedaba. Con ella yo subía la calle arriba con unas zancadas que parecía que iba a llegar a Barcelona en vez de a mi casa. Al pasar por la casa de mi vecina llame a su puerta y le dije “Rosalía, vengo con la maleta, me la acaba de comprar mi madre que me ha dado permiso para irme para Barcelona”. Me preguntó cuándo me iba y recuerdo que le dije que lo que tardara en hacer la maleta.

– ¿Y te fuiste? 
– Haciendo auto-stop. Me puse en el surtidor y me cogió un hombre con un Renault 4L blanco. Este señor venía comprando pájaros. Me preguntó que si me había escapado de casa. Me llevó a la estación donde estaba cerrada ya la ventanilla. Aún así me metí en el tren hasta llegar a Barcelona.

– ¿Cómo se sentía en el tren? 
– Como si fuera un actor de cine o un ejecutivo pues sólo tenía 16 años e iba en un tren solo pero con muchas ganas de comerme la vida.

– ¿Y al llegar a Barcelona? 
– Era una sensación como si Barcelona me estuviera esperando. En realidad nadie me esperaba pero parecía que esa gran ciudad me había estado esperando toda la vida. No se me olvidará ese viaje con ese olor de la estación de Sant, el movimiento de la gente y el sentirme como un adulto por primera vez.

– Fue a casa de sus tíos. 
– Sí, tenían un bar ‘El Cordobés’ allí me recibieron y comenzó mi aventura en Barcelona.

– Anteriormente trabajó en el campo. 
– Sí, en Santa Eufemia. Me apasionaba el mundo del campo, de los tratos. El olor mañanero del café. Ese ambiente del bar antes del amanecer entre los corredores de ganado y las conversaciones de los tratos que me hacían pensar que estaba entre la gente más importante del planeta. Y luego el trabajo en el campo que era duro pero que me enseñó a trabajar de verdad.

– ¿Siempre fue un manitas? 
– Con seis años había hecho mi primera cometa. La hacía volar por todo el pueblo. Siempre estaba haciendo cosas.

– Una de las imágenes que no olvidará jamás. 
– Fue una Navidad. Mi padre estaba enfermo de cáncer y estaba ingresado en Córdoba. Estaba en la explanada de la cruz cuando vi que mi padre iba cruzando la carretera. Venía con una bolsa de equipaje y un paso ligero. Le llamé con un grito y una pregunta. ¿Papá, dónde vas? Su contestación nunca se me olvidará: “a estar con vosotros, qué voy a hacer yo sólo allí”. Supe que venía a despedirse. Se había escapado del Hospital para decirnos adiós.

Vicente Cámara acompañado de Pinocho y sus Vespas monopatín. /E.G.

– Usted también lo ha pasado mal en ocasiones. 
– Sí, superé un cáncer y un infarto. Sigo aquí con ganas de vivir aunque a veces me sienta un poco solo.

– ¿Por qué le gusta tanto hacer juguetes? 
– No quiero que se quedé ningún niño sin juguetes. Para ellos son tan importantes como la vida misma.

– ¿Y para usted? 
– Mucho pues encuentro ese mundo de fantasía que nunca llegamos a perder. Somos niños con pantalones largos pero niños.

– ¿Qué juguetes tiene? 
– Trenes, coches de pedales, vespas tipo monopatín, payasos, príncipes, Pinochos, Cenicientas, barquitos de madera. Cada juguete es único pues está realizado según mi catálogo.

– ¿A qué horas hace los juguetes en su fábrica de los inventos? 
– Muchos a altas horas de la madrugada. Paso días sin dormir. Vivo cuando el mundo está dormido. Para mí un juguete es una ilusión.

– ¿A qué le tiene miedo? 
– A la soledad. Te lo digo porque estoy muy solo.

– ¿Qué piensa de Cataluña? 
– Una tierra estupenda. Gente buena y trabajadora. No comprendo cómo unos pocos están dando una imagen de lo que no es Cataluña con la independencia.

– ¿Un país para vivir? 
– España, pero yo me he recorrido casi todo el mundo. También me gusta Alemania porque son serios a la hora de trabajar.

– ¿El juguete que más te gusta? 
– La cometa y los tractores. Siempre llevaba un tractor en mi zurrón de material cuando estaba guardando vacas en Santa Eufemia.


Vicente cámara en su fábrica de juguetes. /E.G.
EL PERFIL
Vicente Cámara Rubias nació en Santa Eufemia, vivió muchos años en Barcelona y reside en Pozoblanco. Quiere hacer un museo comarcal de juguetes. Para él, la vida es como el café, amarga pero donde siempre encuentras un sobre de azúcar para endulzarla.
Haciendo juguetes endulza su vida y la de los niños.
En su fábrica reúne a personajes de fantasía que él mismo moldea con sus propias manos.

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