El niño del tiempo

EMILIO GÓMEZ
(Periodista)


Con la suela de la zapatilla blanca de cordones con nudos mal hechos, el niño rubio con pronunciados mofletes pisaba l atas d e cerveza y refrescos que había en el suelo. Corría cuando veía una botella negra de cristal para hacerla rodar sobre su pie. Se subía en ella. Sus padres lo llamaban cuando se apartaba demasiado de ellos aunque no le hacían demasiado caso. Él seguía con sus juegos. No paraba quieto. Aplastaba los vasos de plástico que estaban bajo la cartelera del Teatro Eslava donde su padre miraba la comedia que el sábado de feria iban a representar.

Al lado, de la cartelera, se abrió la puerta de una furgoneta de feriantes. Iba una mujer con una palangana en la mano llena de agua que vació al lado de la rueda delantera de un Citroen AX que estaba aparcado junto a una caseta de cañizo junto a la Olivarera, donde a esa hora de la mañana sólo había un camarero colocando cajas.

Él lo observaba todo, no tenía otra cosa que hacer. Vio como al lado de la lona trasera del circo, había unos platillos de Coca-Cola. Fue cogiendo los que menos estaban doblados y los metió en su pantalón, haciéndolos sonar con la mano derecha metida en el bolsillo. Con la otra cogió un botellín al que le iba quitando la tira roja de Coca- Cola dejando el blanco de la pega en el envase. Eran los restos de una mañana de feria donde la gente vive la noche y duerme por el día.

– Recoges más que mierda, botellas que ya se han bebido otros— le decía su madre, mientras le sacaba también los platillos de su bolsillo.

Casi sin darse cuenta, el niño era ahora el que miraba la cartelera del mismo teatro ubicado ahora a la salida de la feria. Su hijo recogía los tapones y anillas de refrescos que se encontraba por allí. El tiempo no se puede retrasar como la muerte, no para nunca.


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