El correo electrónico terminó con las cartas escritas a mano

EMILIO GÓMEZ 
POZOBLANCO


El otro día organizando mi escritorio encontré unas cartas escritas a mano. No era de propaganda ni tampoco de cuestiones administrativas. Eran cartas escritas a boli. Ya no quedan cartas de ese tipo. No existen cartas que cuenten historias escritas a mano. Hubo una época, no tan lejana, en que las personas se contaban por carta lo que le ocurría en sus vidas.

Rousseau dijo que las cartas de amor “se escriben sin saber lo que se va a decir y se terminan sin saber lo que se ha dicho”.

El mensaje electrónico ha sustituido a la carta privada. No hace falta pegar sellos, comprar sobres ni buscar un buzón de correos. No hay que esperar mucho para tener una respuesta. Puede ser inmediata. El mensaje electrónico llega en segundos, rapidísimo y efímero. Símbolo apropiado de nuestro tiempo, instalado en el presente, sin pasado y con poca voluntad de perdurar en el futuro. Estamos en la era de lo instantáneo. No se tiene tiempo para escribirlas ni paciencia para esperarlas.

No nos imaginamos la vida sin correo electrónico. Recibimos cada día centenares de correos. Pero no todo son ganancias con la sustitución. Echamos de menos esas cartas en papel escrito que todos recibimos alguna vez. Hubo un tiempo en el que había un cajón para las cartas y hasta un mueble. Hoy las cartas que se reciben son agresivas. Una multa, una citación administrativa. Antes queríamos que llegara el cartero. Hoy cuando lo vemos, tememos que nos traiga la carta de alguna sanción.

Manolo García hablaba de sus cartas en sus canciones; A veces escribo cartas/ cartas que me dijesen cosas bonitas como que vendrás a maullarme de contraseña en la madrugada, bajo mi ventana/ y pinto de colores los sobres en el remite soy un enigma, espero siempre una respuesta para sentirme querido como los niños chicos.

La carta siempre ha ido unida al secreto, cerrada en el sobre. Se escribían de noche y en soledad. También ha sido siempre una invitación al amor y el desamor.

Antes había amores por correspondencia cuenta Juan Serrano. Él repartía cartas por el pueblo. Las recogía también de esos llamativos buzones de correos que se multiplicaban en las esquinas del pueblo. Ahora sólo queda la boca del león del Ayuntamiento. Su boca se abre cada vez menos y su estómago está casi vacío.

Servicio de Correos de Pozoblanco en los años 80.

Cuenta Serrano que muchas de las cartas que se mandaban venían incluso con el apodo y a lo mejor sin la calle pero como dice él “el cartero de antes siempre conocía a todos”. También conocían indirectamente y al ser los mensajeros, la actividad de las personas, el cariño que recibían y hasta los amores que tenían.

Un viejo cantautor decía “escribí para ella cada día, como no me respondía ya le dije lo que me sentía; todavía no sé si las recibía pero yo sueño que el cartero me traiga noticias suyas un día”. Medio mundo se ha escrito cartas.

Era bonito el ritual. Escribir de noche, firmarla cuando la terminabas, comprar los sellos, cortarlos, mojarlo, estamparlos en el sobre que se cerraba y mandaba al buzón más próximo. Y esperar a que te contestaran. Había besos escritos, abrazos entre letras y perfumes en los folios. Uno de los lugares que la gente se sabía de memoria es donde estaba Correos. Primero en la calle Santa Ana, luego en la Jacinto Benavente y ahorra en la Avenida Villanueva de Córdoba. Cada uno tenía su cartero pues estos se repartían el pueblo por zonas.

Mi médico y también mi cartero, todo muy personal. Todos tenían su cartero. Hace unos años el oficio del cartero era mejor considerado por la gente, ya que era el sistema de comunicación más efectivo que había, además de ser el único, ya que en ese tiempo ni teléfonos había. Móviles tampoco y los fijos se los permitía poca gente.

Antiguamente eran los mensajeros de las buenas nuevas. Antes la gente esperaba al cartero, ahora quieren que pase de largo porque la mayor parte de lo que entregan son cuentas impagadas, notificaciones de deudas, multas.






“El oficio de cartero era
el más bonito del mundo”


Juan Serrano, fue toda su vida cartero. Recuerda que cada día llevaba su bolsa de cuero llena de cartas. Cada día repartía unas mil cartas. Las palabras pesan y esas cartas también pesaban lo suyo. Escritas a puño y letra. Cada mañana en Correos, Juan clasificaba las cartas que se sacaban de la saca. Pasaban muchas manos por cada una de ellas.

Los carteros cogían las palabras y las emociones que llevaban escritas esas cartas. Luego en el reparto hacía kilómetros y kilómetros para ir repartiéndolas una a una. Hubo un tiempo donde en los bloques de los pisos no había porteros electrónicos. El cartero iba con el silbato anunciando su llegada. Todo el mundo esperaba la llegada de los carteros. Recuerda que las madres preguntaban ansiosamente cuando tenían el hijo en la mili, aunque las que más esperaban los sobres blancos eran los enamorados que le tenían controlada la hora de llegada a Juan por si traía una carta de amor.

Para él, fue el trabajo más bonito del mundo “no habrá un oficio igual”. Era el de repartir cartas, que a veces tenían más valor que el dinero. Todavía se acuerda de las alegrías que repartió llevando cartas. Volvería a ser cartero si naciera otra vez dice al ser “los amigos de la gente”.



No hay comentarios :

Publicar un comentario en la entrada