Camino de la Arcadia

JUAN BOSCO CASTILLA


La división de los votantes entre izquierdas y derechas es, fundamentalmente, de intereses, mientras que la división de los votantes entre nacionalistas y no nacionalistas es, sobre todo, emocional. Que las emociones y los intereses son difícilmente compatibles es una obviedad que se puede observar sin esfuerzo en la división política existente en territorios como Cataluña y el País Vasco, en los que hay partidos nacionalistas y no nacionalistas de izquierdas y de derechas.

Donde se dan esas dos divisiones, los partidos políticos deben optar entre el interés y la emoción. Por ejemplo, en el País Vasco, los dirigentes del PNV primaron a la emoción (la patria, la soberanía propia) sobre el interés (el capital, el dinero) cuando gobernó Ibarretxe, y entendieron que debían primar el interés sobre la emoción después de perder el gobierno. Esto es, dedujeron finalmente que era mejor continuar gobernando y con sus acomodadas vidas burguesas dentro de España que asumir el riesgo de perder el gobierno dentro de España o su bienestar fuera de ella, en compañía de partidos anticapitalistas.

Esto último es lo que venían haciendo los partidos de derechas nacionalistas de Cataluña. En CyU primaba eso que llamaban seny (cordura), que no es sino una forma de mirar a lo que interesa antes que al corazón. Cómodamente instalados en el poder, la extensa burguesía catalana se dedicaba a sus empresas y a sus oficios al tiempo que le arrancaba poco a poco competencias al Estado y fomentaba el nacionalismo en las escuelas y en los medios de comunicación públicos.

No viene ahora a cuento explayarse con los detalles, el caso es que en un momento determinado de hace poco tiempo los líderes del nacionalismo catalán moderado cargaron las tintas sobre la emoción de la patria y alimentaron en las masas el deseo de ser “libres”. No era una tarea difícil, dado el brillo cegador que tiene la palabra “libertad” y lo realizados que los individuos se sienten cuando entregan la solución de sus problemas al grupo, sea este una secta o una nación.

Los individuos de la secta (con sus rezos) o de la nación (con sus banderas) necesitan de un líder carismático, que se ponga a la cabeza del conjunto y asuma los más ímprobos sacrificios, sacrificios que pueden acarrear la veneración o la gloria, especialmente cuando llegan a sus últimas consecuencias. De hecho, los líderes carismáticos prefieren en no pocas ocasiones inmolarse, con tal de alcanzar la gloria entre los suyos.

El líder del nacionalismo moderado de entonces (Artur Mas) estaba dispuesto a inmolarse con tal de alcanzar la gloria nacional y aleccionó a sus seguidores para que renunciaran al seny y se entregaran a la emoción de sentirse libres, aunque –y aquí está el meollo de la cuestión– no les dijo que para ello debían renunciar al interés, sino más bien lo contrario, les prometió que cuando fueran libres tendrían, además, un mayor bienestar, dado que podrían gestionar con mejor provecho una mayor cantidad de recursos.

Entusiasmados con la retórica y la pompa, los nacionalistas moderados se embarcaron en un proyecto emocionante, con unos compañeros con los que únicamente compartían el lugar de destino, pero ni sus intereses económicos ni su forma de vida. Allí es donde están ahora: caminando codo con codo con la izquierda de Esquerra Republicana (que les ha comido el terreno) y al lado del anarquismo moderno de la CUP. Van contentos, pero con la mosca detrás de la oreja, por lo que pueda pasar a sus espaldas y en sus bolsillos. Y lo peor para ellos aún está por venir.

¿Qué pasará cuando lleguen al destino que les prometieron?

¿Y si ese lugar resulta que no es la Arcadia feliz, sino un territorio donde gobierne Esquerra o, aún peor, donde gobierne la CUP?


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