Libros viejos, aunque nuevos

FRANCISCO JAVIER MUÑOZ MACHADO

Estos días de septiembre he removido, por obras, alguna librería de mi casa. Con el reajuste han vuelto a mis manos libros que no utilizo hace tiempo. Vistos en conjunto, y sin entrar en materia, mis libros podían clasificarse en dos grupos: los que llevan mi nombre, como signo de propiedad, y los que no especifican propietario alguno. El grupo primero pertenece a mi juventud.

Me pregunto si la afición a poner mi nombre en los libros tendrá algo de frustración infantil o juvenil. España hace 50 ó 60 años, era una nación muy pobre, y la ropa, libros, zapatos, carteras, etc. se heredaban entre hermanos, siempre que hubiera algo que heredar. En el caso de los “libros de texto”, los primogénitos ponían su nombre en ellos como si fueran suyos. Es decir, que como segundo de familia, casi siempre anduve con libros prestados. De vez en cuando, para consolarme, mi padre me compraba alguna novela de Emilio Salgari o de Julio Verne. Lo primero que hacía era ponerle mi nombre. Supongo que si alguien quisiera contar mi vida, a través de estos documentos, sacaría la conclusión de que dediqué mi puericia y mi juventud a leer novelas y no estudié nada. Y que el que estudió, en realidad, fue mi hermano mayor, presunto propietario de todos los libros.

Entre los libros que digo hay uno al que, sin duda, presté mucha atención en mis años jóvenes: “El miedo a la libertad” de Erich Fromm. El libro explica que la costumbre de personalizar camisas, maletas, libros… está bastante generalizada como deseo de remarcar la noción de individualidad que tanto tememos perder. También dice el libro otras cosas más sustanciosas, aplicables a tiempos de reflexión política: “El derecho a expresar nuestros pensamientos tiene algún significado tan solo si somos capaces de tener pensamientos propios”. (Capítulo VII. Libertad y Democracia. La ilusión de la individualidad). Nadie me acusará de pejiguera si afirmo que uno debe evitar ser comparsa y luchar por la tenencia de criterios propios. Esta palabra, pejiguera, también andaba para mí dormida, como el libro que cito, y este verano la escuché hasta dos veces.

Ya sé que no ser comparsa es difícil. Todo nuestro entorno nos invita a serlo. Acostumbran los políticos a tratarnos como estultos, en el sentido de necios o ignorantes. Y nos agrupan en castas. Nos hablan de libertad, progreso, bienestar sin precisar el contenido de estas palabras. Ni su medida. Y a los que se rebelan contra esta situación también les llaman pejigueras.

Otro libro de mi biblioteca, de estos que recupero en septiembre, y que también lleva mi nombre, es el “Elogio de la Locura”, que otros traducen como “Elogio de la Estulticia”, de Erasmo de Rotterdam. La comparsa política de hoy es comparable a la comparsa religiosa de la que hablaba Erasmo. Aquellos líderes religiosos del siglo XV y XVI predicaban la ignorancia del rebaño como medio más adecuado para alcanzar el cielo. Y relataba Erasmo cómo, en algunos encuentros teológicos, se defendía la matanza de herejes, capitulo LXIV, con el mismo ardor que hoy algunos grupos políticos intentan exterminar a sus contrarios. Sobre el nivel educativo conseguido en casi cuarenta años de democracia basta leer la posición que ocupan nuestras universidades en el ranking mundial. Deplorable. No creo ser pejiguera si señalo que la ignorancia de la masa facilita su manejo y propicia su engaño.

Carecemos, me temo, de una “Visión” clara sobre nuestro futuro. De una “Visión” compartida por todas las fuerzas del elenco político. Uso la palabra “Visión” en sentido empresarial. Durante algún tiempo, tras asentar cuales eran la Visión y Misión posibles para cada empresa, yo empezaba mis cursos para postgraduados y ejecutivos recordando aquel adagio oriental: “Si uno no sabe a dónde va ningún camino merece la pena ser recorrido”. Y de ahí seguía mi discurso sobre la necesidad de fijar objetivos y construir estructuras que permitieran su logro, recordando, a poco, lo que decía Lord Kelvin, el descubridor del cero absoluto: “Lo que no se mide no se mejora”. Ignoro por qué estas prácticas empresariales, de indudable eficacia y eficiencia, no han llegado al mundo político. Así nos va.

En esto de medir siempre me hicieron caso mis alumnos que, seguramente, tenían mentalidad de controladores. Para animarlos, y que no tuvieran complejos, les contaba aquello de Juan de Mairena, el apócrifo de don Antonio Machado:
¨Lo específicamente humano –decía Mairena a sus discípulos— más que la medida, es el afán de medir”. 

Y les prevenía, también siguiendo a Mairena, contra aquellos que lo saben todo, incluso antes de medir:
– Los hombres que están siempre de vuelta en todas las cosas son los que no han ido a ninguna parte. Porque ya es mucho ir; volver, ¡nadie ha vuelto! 

El libro de Juan de Mairena, el de mi biblioteca, también es de los que lleva puesto mi nombre. A ese le tuve siempre un afecto muy especial. Como a don Antonio, un poeta extraordinario y nada pejiguera.


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