Desde mi ventana en Southampton... Tirar después de leer

MIGUEL CARDADOR MANSO
(Ingeniero Superior Industrial)

El estado de suciedad en el que quedaron los alrededores de la caseta municipal tras la cata del pasado fin de semana suscitó en las redes sociales denuncias al respecto. Las pruebas visuales adjuntadas reflejaban el impacto que botellas, vasos y bolsas producen en la vista. Así que sería un necio si no me lamentara por tal hecho y lo condenara para que no se volviera a repetir.

No obstante, al profundizar en la queja me encontré ante un linchamiento cibernético. Acusaciones de todo lo ocurrido allí dirigidas directamente a los jóvenes –parece que nadie más asistió al evento— y al botellón. Atónito observaba sugerencias de vigilar con cámaras el segundo a segundo de los movimientos nocturnos de los zagales, castigando posteriormente a los rebeldes. Viéndolo así, la televisión local podría montar un Gran Hermano de la noche pozoalbense, con la opción de mandar un SMS para salvar de la penitencia al favorito de la audiencia. Ya me estoy imaginando al bueno de Antonio Arévalo haciendo de Mercedes Milá, menudo filón. Tal como se estaba encaminando el coloquio, en cualquier momento esperaba leer un “que les suelten los perros” o incluso solicitudes de rescatar esas escenas de Cuéntame en la que los grises dispersaban y detenían a los participantes a base de porra. Sinceramente, no creo que esto sea la solución al lastre del botellón y menos todavía el objeto de este artículo: la suciedad que afecta a nuestro pueblo.

Empezaré entonando el mea culpa. Yo he sido el primero que en alguna ocasión a lo largo de mis años –con o sin justificación— no he recogido la “caquita” de mi perro, he tirado algún objeto al suelo o he participado en algún botellón dejando atrás la suciedad que éste provoca. Y, como joven, soy el primero que me avergüenzo del comportamiento de ciertos congéneres. Nunca he entendido el deporte de lanzamiento de botella vacía al pavimento que algunos practican cuando están de fiesta. Como si el que consiguiera mejor marca fuera a tener pase directo, gratuito y con consumición a la discoteca.

Sí, los jóvenes tenemos mucho que cambiar, pero no somos los únicos. La abundancia de canas o la ausencia de pelo en las cabezas de mozuelos/as, los cuales de forma deliberada y continua dejan que su perrito dispare sus deposiciones líquidas sobre esquinas y fachadas y las sólidas tanto en aceras como en jardines, indican que no estamos solos. Los mismos individuos son los que arrojan papeles, colillas y otros elementos varios en el primer lugar que pillan a mano. Y seguramente, algunos miembros de estos jóvenes bastante crecidos, son los que han tirado un televisor en el camino que conduce al pantano. El verdadero cambio es con el ejemplo de los adultos hacia los más pequeños. Y es cierto que, como adultos que ya somos todos, no lo estamos haciendo muy bien de cara a las generaciones venideras.

Todos podemos y debemos mejorar. El ayuntamiento con una optimización en la planificación de la recogida y colocación de papeleras/contenedores, eliminando así escenas de recipientes llenos hasta rebosar. Y por supuesto los que tenemos la verdadera culpa: los ciudadanos. Alojando los residuos en el emplazamiento oportuno, evitando las continuas apariciones de estos fuera de los contenedores, recogiendo las dichosas caquitas y ejercitando buenas prácticas de civismo en general. Por último, aprovecho para recordar la existencia del punto limpio. Allí debemos de llevar aquellos residuos domésticos que no pertenecen a los contenedores convencionales por su tamaño o su peligrosidad. Para aquellos desconfiados que aún se resisten a visitarlo, os aseguro que la entrada es gratuita.

Y, ya saben, después de leer este periódico o incluso estas líneas, puede que decidan deshacerse del mismo. Si es así, adelante. Solamente pediría que lo depositen en el sitio correcto: en el contenedor azul.


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