Tradiciones y costumbres

ARTURO LUNA BRICEÑO 

Leo estos días, aquí junto a la Torre que vigila el mar donde pasos los estíos, como en mi pueblo, Pozoblanco, se quejan y abren un debate sobre la decadencia, la falta de saltadores de fuegos y las, más o menos, llamas que desprenden al arder los corchos que se queman en las veladas de los barrios. Ni que decir tiene que a mí me emociona y me conmueve que las nuevas generaciones se preocupen e inquieten por mantener, animar y dar vida a estos residuos culturales del acervo popular de mi pueblo.

Pero hay que saber distinguir la diferencia que existe entre tradición y costumbre.

Tradición es la exposición de una cultura que está escrita en el viento. Se conoce porque generaciones a generaciones la han dejado como un legado de la identidad de un pueblo, un barrio o una familia.

Costumbre suele ser una actuación o forma de ejecutar un acto reiterándolo en un mismo lugar o en el tiempo. La tradición no es una costumbre pero cuando se celebran sus rituales suelen tener es sus celebraciones varias costumbres. Por ejemplo, en las veladas, que es el caso que nos ocupa, la quema del corcho es el primer acto del ritual tradicional y cuando se prende y se elevan las llamas se acostumbra a que los más osados, más atléticos o competitivos salten sobre las llamas. La quema del corcho es una tradición, saltar por encima de él es una costumbre.

Vecinos del barrio de San Gregorio de Pozoblanco, en el año 1905. /ARTURO LUNA

Durante siglos, hasta que mediado el XIX se comenzó a utilizar el gas, el principal carburante para producir una luz de calidad era la cera virgen de abeja. En Pozoblanco en 1754 declararon que existían en el término seiscientas una colmenas, pero fuera de él, en la sierra, más de dos mil. Todas ellas agrupadas en corrales a los que se les denominaba: Posadas de colmenas. Cada una estaba confeccionada con un corcho cilíndrico de alcornoque.

Las veladas a los santos eran fiestas de primavera y verano, existían muchas a lo largo de los meses que van de mayo a septiembre, siendo las más conocidas las de San Gregorio, San Isidro, San Antonio, Santa Marta, San Cayetano y San Bartolomé. Unas eran organizadas por las Cofradías y otras por la Obra y Fábrica de las ermitas. Su objeto era el preludio de la festividad, por eso se celebraban al anochecer del día anterior a la fiesta del santo. Su fin primordial era social: Celebrar una convivencia entre los cofrades y sus familias o con los vecinos a la ermita.

Para iluminar el compás de la ermita o la calle donde se celebraba se quemaba una colmena o corcho lleno de cera.

En torno al fuego se colocaban las mesas con los pasteles hechos para la fiesta. Todos ellos confeccionados con masas fritas y miel: Hojuelas, sopaipas, buñuelos, piñonates, bartolos y arropías. Dulces que se degustaban mientras la cera ardía. El corcho era muy difícil, al estar curado, que prendiera.

Mientras la corteza de alcornoque ardía los mozos, para lucir sus habilidades y llamar la atención de las mozas, saltaban el fuego pasando por encima de las llamas de la manera más arriesgada posible. Cuando la cera estaba casi agotada le daban una patada al corcho y lo descuartizaban. Era el momento que la chiquillería aprovechaba para coger un trozo de la colmena chamuscada y tiznar la cara a todo el que se pusiera a tiro.

Las veladas servían a su vez para entregar las ofrendas, en forma de exvotos, para agradecer al santo los favores e intermediaciones recibidas. Los exvotos se colgaban junto al santo. La mayoría eran figuras de cera, una mano, un pecho, un pie una cabeza, la figura de un niño, una trenza o un cuadro contando un milagro.

Hoy las veladas no tienen el sentido religioso de antaño, pero son una buena razón para promover la convivencia de los barrios. Sólo por esto no se debían de perder.


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