Pozoblanco: ¿ciudad de compras?

ARTURO LUNA BRICEÑO 

Cuando los Gobernadores del Estado de los Pedroches, nombrados por el Rey, decidieron a finales del Siglo XVIII trasladar la capitalidad de las Siete Villas de los Pedroches de Torremilano a Pozoblanco, nuestro pueblo hacía más de un siglo que era el corazón comercial de la comarca. Su historia y fama de ciudad bien abastecida y en la que se podía comerciar legalmente con todos los productos que existían en el mercado nacional, ya fueran autóctonos o de ultramar, se encontraban en las tiendas de Pozoblanco. El Catastro de Ensenada, las Actas Capitulares y el Archivo de Protocolos dan fe de ello.

Los artífices de esa historia comercial fueron los vecinos. Y como detalle una muestra: en 1754, Pozoblanco tenía 57 tahonas. Las tahonas eran molinos de cereales movidos por animales y dedicados durante los meses de sequía a obtener harina. La Villa de Vallecas, secularmente, hasta la introducción del motor, era una de las grandes abastecedoras de harina de Madrid, y en ese tiempo tenía cinco tahonas menos que Pozoblanco.

Para vender las moliendas, los tejidos y los curtidos existían 113 arrieros que llevaban, por caminos de herradura, la producción al Puerto de Sevilla, desde donde traían, sal, salazones, especias y otros productos de ultramar que eran vendidos en las buenas tiendas que estaban ubicadas en la Plaza de la Alhóndiga, la Calle Real y la Plaza Pública, hoy conocida como de la Constitución. Tras ellos vinieron buenos trajinantes que abrieron comercio en nuestra ciudad. Unos procedían de Galicia, otros de Ávila, muchos de Sevilla y hasta de Cataluña. Todo ese mosaico cultural grabó en la memoria de la Villas vecinas un eslogan secular: Pozoblanco, ciudad de compras.

Desde el siglo XVIII al XXI, las tiendas se han ido moviendo al mismo ritmo que el pueblo y adaptando sus ubicaciones de acuerdo a como el casco urbano crecía. Siempre hubo libertad para vender y para comprar. Cualquiera, viniera de donde viniera, tenía facilidades para establecerse y comerciar.

Hasta que a principios de este siglo alguien, que sin tener en cuenta la tradición, la historia y diría que el sentido común, se le ocurrió peatonalizar la Calle Mayor, que era la arteria que daba vida al centro de la ciudad. Los que venían a comprar no encontraban facilidades para aparcar o dejar a los compradores en el centro para luego recogerlos. Caro lo han pagado. Y todo porque no tuvieron en cuenta una de las máximas del comercio: Lo que funciona no se toca.

Ahora hay que recuperar el prestigio perdido. Hay que devolver a Pozoblanco a su antigua realidad de Ciudad de compras, y para ello hay que crear un gran espacio comercial que tenga fácil acceso, buenos aparcamientos, tiendas y lugares de ocio, gastronomía y entretenimiento. Tratar de adaptar el casco urbano a esa necesidad es imposible, porque el parque automovilístico del pueblo ya es mayor que los espacios para aparcar que existen.

Tenemos que ir con los tiempos, como fueron nuestros antepasados. Seguir ofreciendo todo lo que un comprador necesita. Ir contra la libertad del vendedor y tratar de encorsetar a comprador no funciona y tiene graves consecuencias. Llorar por la leche derramada es un ejercicio inútil y señalar a una empresa de distribución, de la que COVAP es una de sus accionistas y abastecedora, da la impresión qué lo que se pretende es dar coces en el aguijón.

A mí me gusta ir de compras a mi pueblo cuatro veces al año. Compro el aceite en Los Llanos, los bollos de aceite en San Gregorio, las tortas y el queso en el Mercado Municipal, las tajadillas en El Lejío y el chorizo en la Carretera. Y así seguiré haciéndolo mientras las tiendas estén abiertas y los gustos de los productos de mi tierra permanezcan en mi memoria… y espero que nadie por intereses políticos me impida hacerlo.


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