Los héroes silenciosos

EMILIO GÓMEZ
Periodista

"Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong". Así comienza el libro de Memorias de África. Muchas de nuestras historias comienzan de la misma manera.

Esa entradilla también se podría utilizar para cualquiera de las vidas de muchos vallesanos, quienes tuvieron una vida fuerte desde su niñez. Posiblemente vivieron la infancia más pobre que pueda imaginarse, pero estaban dotados de las armas más poderosas del ser humano, la honradez, el optimismo y la tranquilidad del espíritu. La posteridad no les importaba pero la ganaron, pues una vida digna esta siempre limpia para los que vengan después y quieran consultarla en los archivos sentimentales de los corazones futuros.

Por desgracia, nuestros mayores envejecen o se van sin el reconocimiento a una vida ejemplar. Se ve a la vejez desde una pérdida de facultades, no desde la sabiduría. Se tiende a pensar que la vejez es una cosa horrorosa y no un ejemplo de vida. Se les ve como personas torpes olvidando el tesoro de su conocimiento y de su experiencia.

Nunca se quejaron, solo se esforzaron. Les tocó en suerte otro tiempo, donde muchos no tuvieron oportunidades asistiendo atónitos a multitud de casos donde jóvenes desaprovechan las que ellos no tuvieron. Es por eso que no comprenden que ahora se descuiden los estudios que ellos no tuvieron o se desdeñen trabajos porque no gustan demasiado.


No le entra en la cabeza que se estén en la escuela por estar cuando ellos tenían que abandonarla de manera prematura por las necesidades familiares.

Llevan razón cuando ven que queremos proteger a los niños de tantas cosas que ellos tenían y no los protegemos de la tele, de los aparatos tecnológicos a los cuales se enganchan y de tantas cosas que llevan al consumismo infantil y juvenil del nuevo siglo. Hemos creado una sociedad caprichosa. Tenemos un amplio catálogo de caprichos inimaginables en otro tiempo. Comenzamos la vida al revés. Antes la gente se ganaba las cosas con los años y su esfuerzo. Ahora tienen esas cosas sin pedirlas.

La gente antes nacía en el lugar donde posiblemente también se moría, se heredaba el oficio familiar. El trabajo y el matrimonio eran para siempre. No había trabajos indignos. Era una vida pobre donde todo lo que se tenía, cabía en un pañuelo. Eso no lo queremos pero debemos saber, valorar y aprender de sus vidas pobres pero dignas.

Los que nos precedieron hicieron bien en buscar unas vidas mejores para los que llegaron o llegamos después. No obstante, hay que agradecer de alguna manera a esos que se pegaron el ‘panzón de trabajar’ con una economía de subsistencia luchando para que los que llegamos detrás pudiéramos disfrutar de lo que ellos no disfrutaron cuando la libertad era un sueño por conseguir.

Un amigo mío siempre me comenta “nos bastaba un cantero de pan y un avemaría para salir adelante”. Ellos no exigieron tanto, sufrieron.

Esa ilusión o proyecto de salir adelante los empujaba. Contando la infancia de ellos, distinguimos lo significante de lo insignificante de la vida.

No sé por qué seguimos separando las generaciones perdiendo tantas cosas y conocimientos que poseen nuestros mayores, no solo de sus vidas propias, sino de los antepasados de ellos.

Son libros a los que le estamos arrancando páginas de nuestra historia.


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