Hamburgo

JUAN BOSCO CASTILLA

A finales de julio de 1943, la aviación aliada llevó a cabo una serie de bombardeos sobre la ciudad alemana de Hamburgo, cuyo resultado fue la muerte de varias decenas de miles de personas, la completa destrucción de la ciudad y el realojo de casi un millón de habitantes en otras ciudades. La operación Gomorra, que así es como se llamó a aquella serie de bombadeos, es una página más del libro negro de la Segunda Guerra Mundial, en cuyo inicio jugó un papel determinante la falta de sentido de una sociedad, la alemana de aquel momento, aborregada por el nacionalismo y pastoreada por un loco genocida.

El resultado de la contienda fue tremendamente desastroso para todos los participantes, pero lo fue especialmente para Alemania, cuyo territorio quedó destruido, cuya población quedó diezmada y cuya sociedad quedó aturdida por el trauma gigantesco de haber sido corresponsable de la guerra y cómplice de los inhumanos horrores que se asociaron a ella. Alemania, con la ayuda de parte de los que habían sido sus enemigos y la habían ocupado tras la contienda, salió del lance creando una sociedad nueva, democrática, laboriosa y eficiente, que ahora lidera el devenir de Europa.

Ya sé que en ningún sitio atan a los perros con longaniza, pero también sé que el viajero debe estar atento a los lugares que visita, no solo para disfrutar de sus monumentos y de su gastronomía, sino también para observar a sus gentes y aprender de ellas, al igual que el buen conversador debe estar más atento a lo que oye que a lo que dice, por si algún comentario de otros pudiera serle de provecho. El caso es que las circunstancias han hecho que en los últimos tiempos haya viajado varias veces a Alemania, y de esos viajes he sacado algunas conclusiones, muchas de ellas positivas, que podríamos aprovechar los españoles.

Una de ellas es esta de la creación de una sociedad nueva y superadora del trauma colectivo creado al final de la guerra. Para superar el trauma, los alemanes no olvidan lo que ocurrió. Lo estudian concienzudamente en la clases de Historia de la escuela, lo evocan con multitud de monumentos a las víctimas y el mantenimiento de edificios emblemáticos sin rehabilitar, lo rememoran manteniendo como museos los campos de concentración y lo invocan con iniciativas privadas como la de los llamados Stolpersteine, del artista alemán Gunter Demnig, que son pequeñas placas de cobre incrustadas en el pavimento con las que se recuerda el nombre de las víctimas del genocidio junto al lugar donde vivieron o donde trabajaron. Las placas, que se construyen manualmente y se financian con donaciones particulares, son ya varias decenas de miles y, en palabras de su autor, se insertan en el suelo de cualquier ciudad para que el transeunte “tropiece, mire y recuerde a sus vecinos”.

Cuando el joven catalán que hacía las visita guiada por Hamburgo nos habló de esas placas, yo pensé en la diferencia con que recuerdan los alemanes y los españoles el trauma de su última guerra y pensé en la diferente forma con que ambas sociedades se han enfrentado a su destino. Los alemanes recuerdan lo ocurrido y, sin embargo, han cerrado una puerta y han abierto otra a una sociedad totalmente distinta, con un proyecto común al que han incorporado a la antigua Alemania del Este y con un modelo de convivencia en paz que se dispone a digerir (con voces en contra y con mucho esfuerzo, sin duda) a los 800.000 refugiados que han cruzado las fronteras de Europa y buscan convivir con ellos. En España, en cambio, le tenemos pánico a recordar lo que pasó en la guerra, porque los recuerdos van cargados de rencor, y la sociedad actual es incapaz de urdir un proyecto común, condicionada por las fronteras entre las ideologías y los territorios.

Mientras en Alemania el Gobierno está formado por el mayor partido de izquierdas y el mayor partido de derechas, en España esos dos partidos son incapaces de ponerse de acuerdo para lo más básico, como es la aprobación de una ley de la educación, y mientras Alemania aguantó estoicamente la división de su territorio en dos partes y asumió la reunificación con encomiable entereza (y un coste enorme para los occidentales, más ricos, que fueron los principales pagadores del impuesto llamado “Recargo de la solidaridad”), en España no somos capaces de sustraernos a las miserias de los intereses territoriales, especialmente de los territorios más ricos, hasta el punto de que se está cuestionando permanentemente la misma esencia del Estado.


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