¡Quedamos en Añora!

EMILIO GÓMEZ

Las olimpiadas de Añora, una explosión de color, magia y sentimiento


Les sonará esta historia. Añora. Todo empezó como un juego de los de antes. Jugar a los que se ha jugado toda la vida. Era del verano del 2008. Había que ponerle un nombre y alguien dijo “olimpiadas rurales de Añora”. Nadie pensó que años después ese nombre y esta actividad fuera conocida internacionalmente. Hay actores que son un personaje y Al Pacino es Michael Corleone. Otros son una película pues Robin Williams es el Club de los poetas muertos.


Añora son las Cruces y las Olimpiadas Rurales. Nadie entiende como un pueblo tan pequeño puede obrar un milagro tan grande. Parte de la fascinación que suponen estas actividades se deben a sus gentes. Los noriegos son unos enamorados de sus cosas y las transmiten. Lejos quedan esos primeros años donde se iba llamando a las puertas de las casas para participar. Ahora hay 1000 participantes y podría haber 2000 si se quisiera. Las Olimpiadas son un pasada. En ellas ha habido de todo, el sí quiero de unos novios participantes, las lágrimas de una chica orgullosa de jugar a los juegos que les enseñó su abuelo, el beso del triunfo, el abrazo del amigo. Deporte cargado de sentimientos. Eso son las Olimpiadas de Añora.

A mí me gustan las carreras de sacos y verlos como morlacos gigantescos que salen de los corrales saltando sin cadena. Colosos juveniles jugando a cosas viejas. La pasión está muy presente en estas Olimpiadas donde los participantes entrenan meses antes del evento aunque los días de las pruebas son diferentes. Conectan sus piernas y sus cuerpos al corazón movilizando a un pueblo entero y a una comarca. Horas bajo el fuego pues el calor en el mes de julio puede con todo menos con estos juegos. Galgos corredores, portadores de cántaros, saltadores, lanzadores. Abrir estos juegos de siempre es como abrir un armario lleno de murciélagos. Vuelan y muerden. Es lo que tiene la juventud. Pueden con todo. Es la magia de lo imposible. Añora es color en estos días. Ver a jóvenes porteando cántaros bajo la mirada de ancianos que se ven reflejados en ellos. Gente de 70 y 80 años que se van a su infancia viendo que lo que hoy es un juego fue un trabajo en el pasado. Participantes que se preparan para la cucaña como si fueran a escalar el Everest. Recuerdo a un señor mayor viendo todos estos juegos envuelto en lágrimas y diciéndome ¡Qué tiempos, oiga usted! Si parece que fue ayer cuando jugaba yo a eso.

El colorido de la Quedada de ayer fue mágico. Explosión de júbilo, estallido colectivo. Camisetas de colores que cubren el corazón de las emociones de un fin de semana juvenil y tradicional. Casi 5.000 personas. Hoy, pantalón corto, camisetas sudadas, puestos de helados, botijos, buscadores de sombra, bailecitos de triunfo, el marketing tradicional de toda la vida. Nada es inventado, todo es verdad. Añora es como la vida era antes. Fiestas sencillas, gentes de las de toda la vida, tenderos que todos quisiéramos tener en nuestras esquinas, mujeres tomando el fresco a las puertas de las casas. Y la orquesta que hoy interpretará esas piezas que tanto nos gustan y que se bailaban en las plazas de los pueblos como si fuera una verbena. ¡Quedamos en Añora hoy otra vez!


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