El aroma del fútbol caníbal

EMILIO GÓMEZ
POZOBLANCO


Hubo un tiempo en Pozoblanco en el que el fútbol fue más que una leyenda. Antes los domingos de fútbol eran tremendos. Por la tarde jugaba el Pozoblanco. Todos al campo. Media pueblo allí. Primero en el desparecido Virgen de Luna y luego en el Polideportivo Municipal. Era el fútbol de verdad, el del fútbol modesto cargado de pasión. La gente esperaba el partido toda la semana y hablaba en los bares del equipo que venía, de los goles que iba a hacer Coco y de la clasificación. Servilletas de papel llenas de puntos y positivos. Los sorteos del Fernando ‘El Bacalao’ y luego “‘El Mariano’, quienes aprovechaban los descansos para vender papelillas de tiras y el final del encuentro para sortear.

Hubo un momento en nuestras vidas, en el que la tarde de los domingos era un partido del Pozoblanco. Esa vida se nos alejó, igual que lo hicieron nuestros tebeos Tintín y al Capitán Trueno. Hubo un momento en el que se separó la locura del fútbol de nuestras vidas. Ese fútbol de ahora no tiene consistencia porque hay cada vez menos aficionado de verdad. La gente va al campo porque juega el vecino, el amigo o el primo. Cuando estos dejan de estar en el equipo, no van al campo. La afición que iba antes era real. Defendían al club estuviera quien estuviera. Daba igual que el jugador fuera de Pozoblanco, de Córdoba o de Hinojosa. Solo bastaba con que este vistiera la camiseta blanca de lino del Pozoblanco. Llevaban el escudo al pecho nada más vestir esa camisola. Hoy la afición es afectiva. Acuden al campo por lazos afectivos y duran los años que esté jugando el futbolista familiar suyo. Luego desaparecen y no vuelven más. El tiempo que están parece que han parido el club. Muchas veces se dice que hay que recuperar el fútbol. Le echan la culpa a los directivos, entrenadores y hasta la prensa. No se echan la culpa a ellos. Lo que se tiene que recuperar es a la afición. La gran diferencia está ahí. Los equipos son lo que sus aficionados quieren que sean. Ni más ni menos. Pozoblanco debe de empezar por aquí.

El aroma de aquel Pozoblanco sigue guardado en el tarrito de las esencias de aquella afición pasional. Era un fútbol caníbal. Se presentaban a los partidos con aire de velada. La filosofía de Juan Ríos de gritos y bayoneta con un guión muy definido. Los tres primeros balones que los controlen ellos, falta nuestra y a meter mucho miedo. Hay que comerse al árbitro. La filosofía de Ríos y del fútbol de antes con los zurdos a un lado y los diestros a otro, tantos guardaespaldas como contrarios haya acompañándolos hasta cuando vayan al servicio, una defensa de hierro y un gran delantero centro. Arreglado, listo y gol. No era el fútbol, era la pasión que despertaba. Con ello bastaba.


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